El miedo, la soledad, condena injusta de las sombras que se aferran 

al hierro.

Verdad inconsciente de la demente naturaleza humana, repugnante 

fe de la esperanza inexistente. Meta del dolor terrorífico de la 

consecuencia de los actos.


Desierto del Sáhara

21.34

Mónica le abrazó con tanta fuerza que creía perderle entre sus brazos.

Algo dentro de ella siempre supo que John seguía vivo, pero tenerlo tan cerca después de haber luchado tanto, era demasiado para ella. Era una mujer fuerte pero aquello la había superado, el miedo había tendido una trampa a su razón y aún temblaba por ello.

Había sufrido mucho, hasta casi perder sus esperanzas, pero todo aquello se vio recompensado en un único abrazo.

 

John se imaginaba lo que podía haber pasado a juzgar por sus lágrimas, pero sabía que su rostro cambiaría cuando le contara lo sucedido.

Había visto mucho en aquellas horas, demasiado, y ahora sólo esperaba encontrar el momento para hacérselo saber a ella.

Tenían muchos asuntos de los que hablar, aunque en su interior los dos sabían que por mucho que hablaran quedarían cosas que aún no estaban preparados para afrontar.

 Urbanización New Hampside

  8.44

William abrió los ojos lentamente. Sentía su cuerpo muy pesado, tal y como si la gravedad tirara de él con inmensa fuerza.

Cuando enfocó su visión quedó perplejo, no sabía dónde estaba ni cómo había llegado hasta allí. Su camisa había desaparecido, dejándole a torso descubierto. Hizo un movimiento para levantarse de la cama y sintió una intensa punzada en el hombro. Dirigió su vista hasta él y pudo comprobar cómo le habían realizado un perfecto vendaje. De pronto, todo empezó a esclarecerse y su mente comenzó a recordar... Su negligencia, el disparo... y su huida hasta la boca de metro. Aún así se le presentaban algunas lagunas, sobretodo las referentes a cómo había llegado a tal lugar.

Observó la habitación minuciosamente, era grande y luminosa, de decoración moderna con sábanas negras y un gran espejo en la pared.

William tragó saliva y sintió su paladar seco, miró hacia la mesilla de cristal y pudo alzar su brazo hasta alcanzar el vaso de agua.

Antes de que tragara el primer sorbo reparó en la nota.

 

“He salido a hacer un par de recados, volveré pronto.

Hay comida en la nevera, siéntete como en tu casa. Michelle”

 

Michelle... así que así es cómo se llamaba...

William sentía un vacío en su estómago y una inmensa curiosidad.

Se levantó de la cama, y antes de saciar sus instintos, se quitó el vendaje para comprobar el estado de su lesión. Le habían extraído la bala, y le habían cerrado la herida con unos puntos ejemplares. Había sido algo más que un rasguño, pero el plomo no había impactado en el hueso, se recuperaría.

Según bajaba por la escalera pudo toparse con dos Picassos. La decoración era minimalista, pero con toques de glamour. Sintió como se le erizaba el vello, era su parte de artista la que le recordaba cuánto le agradaba aquella visión.

Le llamó la atención el gran ventanal de la escalera que dejaba ver la piscina, nada modesta, por cierto.

Era una casa con encanto, de arquitectura moderna. La planta baja decorada a base de muebles metálicos y tecnología punta escondía su mayor virtud en la cocina.

Por supuesto todo el suelo era de parqué, con alguna alfombra sutilmente colocada. Nada ostentoso no obstante.

El marcador del frigorífico indicaba el cien por cien de las reservas, y a juzgar por su capacidad, debía haber comida en abundancia. Parecía ser su día de suerte.

El reloj digital de la pared avisaba de dos citas importantes, William estuvo tentado de investigar sobre qué, pero la comida se hallaba ante él como inminente prioridad, podía esperar un poco más hasta obtener respuestas.

En el frigorífico había pegadas un par de fotos, en ninguna de ellas salía Michelle y tampoco pudo reconocer a nadie de los que aparecían en la imagen.

Cogió dos porciones de ensaimada y se sentó a ver la tele.

 Apartamentos TheLight

 2.15

 

Frank estaba al borde del colapso, la lista del reproductor se había terminado hacía varios minutos y ni siquiera había reparado en ello, estaba saturado de información, llevaba veintidós horas seguidas delante de la pantalla buscando datos sobre Michelle y el proyecto Swan. Y no había encontrado nada, también probó con Carla, el nombre que le dio William, por si sonaba la flauta, pero aquello no tenía nada que ver. Estaba pálido, ya no recordaba la última vez que había comido, quizás fue el pollo que le trajo William, después de la crisis de las aves, uno ya no podía estar tranquilo.

Sentía como alguien le observaba, cómo le clavaban la mirada en la nuca, desde detrás de la pared, en alguna parte. Hizo el intento de mirar por su habitación, buscar dispositivos espías, una cámara, alguna escucha, alguna fuga en su sistema de seguridad... Sabía que Slevin le estaba monitorizando de alguna manera.

Había usado todos sus recursos, se había puesto en contacto con todos sus compañeros, incluso con los que no conocía. En treinta horas había llenado la red de escuchas sobre el proyecto Swan, miles de Bots buscaban por la red las palabras clave. Michelle, Swan, proyecto secreto, señor Slevin, tulipanes, centro nacional de control de plagas ...

Las coincidencias eran tan desproporcionadas como inútiles, aquello no tenía sentido, era una búsqueda baldía. Había desperdiciado muchísimo tiempo siguiendo fantasmas, era imposible. Lo que Slevin le pedía era una locura, necesitaba más información, más tiempo, más recursos, estaba jodido.

¿Pero por qué él? No tenía sentido. Era un aficionado, se había pasado años buscando a su padre, ¡pero como un hobby, no como algo de lo que su vida pendiera! Esto le sobrepasaba, había roto innumerables leyes sobre la privacidad de datos en la red, y aunque había empezado con cautela, como siempre, debido a su necesidad de obtener progresos, había sido descuidado, había dejado rastros, había entrado en sitios en los que jamás debiera haberse metido, y ahora, su servidor de seguridad había detectado al menos setecientos intentos de penetración. Salvo los ataques erráticos e inútiles de servidores piratas de Spam, todos los demás no iban dirigidos por mentes de silicio.

Había estado hurgando en los sistemas del gobierno, había descubierto algunas tapaderas, había removido gran cantidad de basura y ésta empezaba a oler. Ya era la tercera vez que había tendido que desenchufar su hardware por temor a ser descubierto.

Desde luego se había subestimado a sí mismo. Viendo todo lo que había hecho en tan sólo tres días podía considerarse una hazaña, sin embargo los resultados eran escasos, nulos o insuficientes.

Su sistema de seguridad le alertó de un nuevo ataque, esta vez era distinto, muy agresivo. Frank apenas tenía fuerzas, estaba cansado, agotado, exhausto, necesitaba dormir.

Le estaban nuqueando, el ataque consistía en mandarle tanta información a su receptor que no pudiera procesarla y éste terminara por quedarse colgado.

Está bien, le habían ganado, algún estúpido hacker le habría detectado haciendo demasiadas cosas y habría tenido celos de él, ellos eran así, prepotentes y sin mucha lógica.

Pero ya le daba igual, si no dormía pronto y comía algo moriría. Arrancó el cable de su conexión, se levantó de la silla y se desplomó en su cama. Miró el reloj, las 2:22. El sueño le atacó por sorpresa, pero no descansó demasiado.

Se despertó, las 10:03, sus sueños habían sido de lo peor, se sentía rendido, no tenía ganas de retomar su búsqueda inútil.

Miró a la pantalla, aún permanecía encendida. Alguien le había enviado un archivo, eso no sería raro, pues normalmente son cosas pasan todos los días, pero era consciente de que cuando lo desconectó de la red no tenia ningún aviso de mensaje nuevo. Y ahora no estaba conectado. ¿Cómo había llegado allí?

Era un archivo de texto plano, nada de virus, nada de códigos extraños, sólo era un mensaje.

 

"Nadie caza Cisnes a cañonazos."

 

Miró al remitente, "Shirley Manson", la fecha de ese día a las 3:14.

Parecía que había dado con algo, o más bien, que algo había dado con él...

 Apartamento de William

  9.15

 

Natalie estaba preocupada, desde su discusión con William, éste había desaparecido. Fue a buscarle al hospital, y allí se encontró con Foreman, quién le habló del incidente en el quirófano. Se mostró preocupado por él y eso no la tranquilizó en absoluto. Llevaba más de doce horas desaparecido, y teniendo en cuenta las circunstancias, Natalie sabía que no se encontraría nada bien. Él se tomaba muy en serio las cosas del trabajo, y por un error de ese tipo, debía estar martirizándose. Estaba muy intranquila, realmente alarmada, y no tenía a nadie a quién recurrir. Llamó a Frank, pero no contestaba, hacía un par de días que no sabía nada de él, aunque de todas formas Frank siempre había sido muy reservado. Pensó en ir a verle, pero probablemente no supiera nada. Siempre en su mundo, sólo salía si había algo que mereciera la pena ver en el exterior, y no era el caso últimamente.

Estaba sola, y era demasiado pronto para alertar a la familia de él, su madre se preocupaba mucho, no era necesario, pero entonces, ¿qué es lo que ella podía hacer? Se había pasado la mañana yendo a sitios a los que William solía ir cuando estaba deprimido, y no había encontrado ni rastro de él.

En realidad, estaba muy dolida, antes, si a alguno de los dos le pasaba algo, siempre se tenían el uno al otro para consolarse, incluso cuando se enfadaban. Pero ahora las cosas habían tomado un nuevo rumbo que no le gustaba nada.

¿Es que acaso William ya no confiaba en ella?

Una idea dentro de su cabeza fue tomando cada vez más y más fuerza, sólo le quedaba una persona a la que podía recurrir, ya la había ayudado una vez y esperaba tener la misma suerte ahora.

 

 Urbanización New Hampside

  11.21

 

William se había quedado dormido delante de la tele, seguramente aún estaría bajo los efectos de los calmantes que le habían dado para su herida. No sabía exactamente cuánto tiempo había estado dormido, pero no había sido demasiado. Michelle aún no había vuelto, eso le inquietó. ¿Le habría pasado algo? Al fin y al cabo se encontraba en casa de una desconocida quien le había salvado la vida, pero, ¿qué es lo que sabía de ella, que le gustaba el arte?, eso no era suficiente, ¿podía confiar en ella?  ¿En quién podía confiar?

De pronto sus respuestas tomaron  forma humana. Natalie.

¿Cómo había sido tan estúpido?, después de su pelea... ¿cuánto tiempo había pasado? Y si había pasado por el hospital y le habían contado lo ocurrido, por Dios, debía estar muy preocupada. No le extrañaría que hubiera llamado ya a la policía para denunciar su desaparición.

Lo cual, tampoco sonaba realmente bien, teniendo en cuenta que acababa de sufrir un intento de asesinato...

Tenía que hablar con ella.

Junto al sofá había un teléfono, marcó su numero. Pobrecilla, las cosas no iban bien últimamente, pero eso no significara que la quisiera menos.

 

- ¿Natalie?

 

No tardó ni un tono en contestar.

 

- ¿William? gracias a Dios, yo .... yo ...

 

- Nat, estoy bien, es muy importante que –ella le interrumpió-

 

- William, me tenías tan preocupada... En el Hospital... ¿por qué no me has llamado antes?

 

- Me ha sido materialmente imposible, sólo quiero que sepas que estoy bien, ya te explicaré más adelante.

 

- William, ¿qué te pasa?, ¿por qué estás así conmigo?

 

- Natalie, tienes que confiar en mi, ¿vale?

 

- ¿A qué viene eso? ¿A qué te refieres?

 

- Lo siento cariño, no puedo hablarte de ello ahora, por favor, tienes que confiar en mí ¿de acuerdo?

 

-¿Por qué no me dejas ayudarte? –dijo ella en un sollozo-

 

- Es más complicado de lo que parece, escúchame, tienes que mantenerte alejada de mi casa, podría ser peligroso.

 

- ¿Peligroso por qué? ¿En qué estas metido?

 

- Confía en mi, por favor. Te quiero. –le dijo William mientras colgaba el teléfono-

 

Folmer se levantó de su silla y le tendió un pañuelo a Natalie, todo saldría bien quiso decirle, pero sabía que ella no encontraría consuelo en aquellas palabras.

Su plan se desarrollaba a la perfección. Salió del despacho, allí le esperaba su secretaria, que le tendió un papel con la dirección del número que había llamado. Estaba a las afueras, lo cual era una gran ventaja ya que el FBI se jactaba de ser discreto en sus operaciones.

Mientras, Natalie lloraba en aquella oficina oscura. Lloraba de impotencia, de miedo y de dolor. No podía creer lo que había escuchado, ¿por qué William la había apartado? ¿Correría peligro?

 Polígono industrial La Toscana

  11. 40

 

El Don no estaba contento, de hecho estaba furioso, al parecer las cosas no habían ido bien para la Familia en las últimas horas. Se habían perdido intereses, parecía que se habían aliado en el bando perdedor, y eso le tenía muy molesto, sin embargo, había una buena noticia. Habían pinchado el teléfono móvil de la joven novia del doctor, y ahora sabían dónde él se encontraba.

El Don era un hombre decidido, con las ideas claras y la cabeza bien amueblada, Adam le admiraba por ello, y se odiaba así mismo por haberle defraudado.

 

- No me fallarás dos veces.

 

- Eso no ocurrirá, señor.

 

-Espero por tu bien que así sea. Y esta vez, llévate a un par de chicos, quiero ver a ese doctor muerto, y no aceptaré excusas.

 

Lo había dejado muy claro, nada de errores. La intromisión de aquella mujer, le había costado muy cara, demasiado cara. Y totalmente inoportuna, teniendo en cuenta los tiempos que corrían. Se llevó a seis de sus mejores hombres, fáciles de gatillo y sedientos de un ascenso. Ideales para llevar a cabo cualquier encargo. Aquello no iba a ser nada discreto, pero ya nada lo era.

La dirección era de una casa a las afueras de la ciudad, pertenecía a un diplomático de las naciones unidas. Los sistemas de seguridad eran pasivos, el tiempo de respuesta de la policía de veinte minutos. Tiempo más que suficiente. Cogió armamento pesado y miró su imagen en el espejo. Hoy iba a ser un gran día.

 

Urbanización New Hampside

11.41

William estaba intranquilo después de la llamada a Natalie, parecía muy afectada, lo cual le dolía, ella no se merecía nada de eso, pero él tampoco a fin de cuentas. Y era mejor tener un novio que no confía en ti, que no uno muerto.

Fue al cuarto de baño, rebuscó entre los armarios hasta encontrar lo que necesitaba. Se cambió el vendaje y se tomó unos calmantes.

Michelle seguía sin volver, ¿qué diablos estaría haciendo aquella mujer? Decidió que ya era hora de investigar un poco y se dispuso a empezar por las notas del reloj. Hacían referencias a un hombre llamado Arch P. Stennon. William no tenía ni idea de quién era ese tipo, así que siguió fisgoneando por toda la casa, pero no descubrió nada interesante. Fuera lo que fuera, tendría que esperar a Michelle.

Siguió dando vueltas por la mansión, pero la carencia de información sólo consiguió ponerle más nervioso. ¿Dónde estaban los días en que era un medico respetable y esperaba a Natalie a la salida del ballet?

De pronto escuchó el sonido de la puerta que se abría bruscamente. Michelle irrumpió en la habitación.

 

- Tenemos que salir de aquí, ¡ahora!

 

Su tono era tenso, de preocupación.

 

- Es la segunda vez que me dices eso...

 

Al principio fue como el comienzo de un espectáculo de fuegos artificiales, pero sin luces y sin diversión. Los cristales de la habitación empezaron a saltar en mil pedazos, algo pasó muy cerca de él y se estrelló en la pared de mármol que estaba a su espalda. Michelle se abalanzó sobre él y le derribó como un león derriba a su presa.

Una imagen absurda le vino a la cabeza, lo había visto en las antiguas películas de gángsters pero lo cierto es que les estaban acribillando a la antigua usanza.

Ella tenía razón, había que salir de allí.

 Alrededores de New Hampside

  11.50

El señor Slevin se jactaba de llegar siempre puntual a sus citas, pero a ésta iba con retraso. Afortunadamente, había hecho los deberes, y sabía lo que tenía que hacer. Pisó a fondo el acelerador y subió la colina a toda velocidad, antes le encantaba la sensación de velocidad que le producía aquello, ahora aunque su cuerpo fuera insensible, recordaba cómo le hacían sentir aquellas cosas.

Llegó a la curva y echó el freno de mano, el coche derrapó y chocó levemente contra las protecciones laterales de la carretera, una nube de polvo se deslizó colina abajo.

Desde aquella curva tenía una visión perfecta de la casa. Se bajó del coche dejando la puerta abierta y las luces encendidas, se fue al maletero y lo abrió de una patada. Allí dentro estaba el mejor rifle de largo alcance jamás creado por el hombre. Mirilla con aumento digital, con corrección de disparo incluido. Medía la distancia y la velocidad del viento hasta el objetivo, en modo ráfaga y disparo individual, con cargadores de diez disparos. Aquello era una maravilla, si tuviera un collar sería sin duda mucho mejor que un perro. Aunque Slevin sería capaz de tumbar a un elefante con un tirachinas, ahora no tenía tiempo de filigranas.

La fiesta había empezado sin él. Abrió el maletín y arrancó el arma de su funda. La conectó, ésta le dio los buenos días y comenzó la rutina de encendido. Slevin se apoyó en el quitamiedos de la carretera y buscó una postura cómoda y firme. Seis objetivos, aquello iba a ser divertido.

Tres por la entrada principal, dos por la derecha y uno por detrás. Cambió el modo de visión de la mirilla a infrarrojos. Una sonrisa asomó en su cara, disfrutaría con esto.

Los ocupantes de la vivienda estaban tumbados en el suelo, pero se movían. Aquello no le gusto nada, si permanecían dentro de la casa desde su posición no podría hacer demasiado, por un momento vaciló, quizás debería ... no, sería una pena desperdiciar la oportunidad de usar aquel arma.

El hombre de la parte de atrás era el que más cerca estaba del interior. En la entrada principal se había provocado un pequeño desastre y los dispositivos anti incendio lo habían llenado todo de espuma, por allí no podrían entrar, de momento.

Éste tenía dos granadas en la mano, había roto una ventana y se disponía a abrir una nueva puerta de garaje a la casa, sutil no era la palabra con la que describiría a ese equipo de asalto. Slevin esperó a que les quitara las anillas, y luego realizó dos disparos, uno a la palma de la mano, con lo que las granadas se le cayeron al suelo, y otro a la rodilla derecha, con lo que el tipo se cayó encima de las granadas. Slevin contó mentalmente hasta tres. Luego vino la explosión, el zoom digital era maravilloso.

La puerta principal y la trasera ahora eran inaccesibles,  al fin Michelle y William se levantaron del suelo y corrieron a la derecha, hacia la ventana de la piscina. Una mala elección. Slevin tuvo pocos segundos para acertar en la cabeza a uno de los que iban por allí, el otro al ver el fallecimiento repentino de su compañero se puso a cubierto. Las cosas empezaban a complicarse, ya que éste alertó a los demás de que los del interior estaban armados. Aquellos tipos no eran muy listos.

Michelle y William se habían percatado de que estaban siendo rodeados, así que se dirigieron hacia arriba. A menos que tuvieran un helicóptero y no era el caso, Slevin no llegaba a entender el  porqué de tal decisión.

Mientras tanto, los cuatro que quedaban se habían reagrupado a la derecha de la casa, Slevin podía verlos por el infrarrojo, pero no estaba seguro de si las balas atravesarían la casa.

Apretó suavemente el gatillo y por el visor pudo ver que se activaba una nueva opción, notó un ligero zumbido en su arma. No se lo podía creer, se había activado el modo de balas de alta velocidad. Agarró con fuerza el rifle y fijó más su posición. Apretó el gatillo. El retroceso del arma casi le hizo perder el equilibrio, miró estupefacto su rifle, si fuera una mujer, la besaría.

Aquello no fue lo que se dice precisamente silencioso. La bala impactó en el techo haciendo un agujero del tamaño de una pelota de béisbol, atravesó el suelo de la primera planta y la pared hasta incrustarse en el pecho, junto con algunos restos de techo suelo y pared, de un de los asaltantes. Eso es lo que no le gustaba de las construcciones americanas, todo era de madera, en una casa europea de ladrillos aquello nunca hubiera pasado.

Los asaltantes debieron pensar que un tanque les estaba atacando, porque los tres restantes salieron despavoridos, a uno de ellos le alcanzó mientras trataba de huir por la piscina. Slevin siempre despreció a los cobardes. Otro se quedó inmóvil junto al cadáver de su compañero. Disfrutó con el retroceso del arma al apretar el gatillo. El tercero, sin duda el jefe de los anteriores, demostró tener más sangre fría que todos los demás y ya estaba subiendo las escaleras cuando el último de sus compañeros descubría que es lo que había al otro lado del túnel.

Michelle y William se habían descolgado por una ventana e intentaban llegar al garaje. Al parecer no se habían enterado de nada aunque el rostro incrédulo del joven doctor hablaba por sí solo.

Slevin respiró hondo, apuntó al último de los matones y apretó el gatillo. Por un momento casi se sintió desilusionado de que todo acabase así. Tan fácil. Pero lo cierto es que las cosas no estaban de su parte, en el visor apareció el siguiente mensaje "Sobrecalentamiento del sistema, por favor espere". Slevin miró con desprecio a lo que antes era la mejor arma del mundo. Sin dudar un sólo instante, saltó el quitamiedos y corrió terraplén abajo hacia la casa. Nunca confíes demasiado en la tecnología.

 

William y Michelle estaban desconcertados, habían oído gritos y disparos, y la parte trasera de la vivienda había desaparecido en una gran explosión ¿qué clase de armamento estaban usando contra ellos??

Parecía que ahora empezaba a calmarse todo, William, con su cara perpleja aún, decidió que era el momento de encajar alguna verdad.

 

- Michelle, ¿te llamas así verdad?, ¿¿qué esta pasando aquí??, ¡¿por qué quieren matarnos?!

 

- No creo que sea el mejor momento para discutir eso.

 

Como para confirmar sus palabras se oyó un nuevo disparo seguido de un grito ahogado. Estaban en mitad de una guerra desconcertante ¿qué es lo que estaba pasando allí?!

Tenían que huir como fuera, William agarró a Michelle del brazo y corrió hacia la salida más cercana, pero para su sorpresa ya había alguien esperándoles allí. Apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando el tipo que había visto se desplomó tal y como fulminado por un rayo.

Intervención divina o no, aún sus penurias no habían tocado fin. Otro hombre gritaba desde dentro que había más tipos armados. William no supo descifrar si se trataba de una advertencia o una amenaza.

Michelle corrió a toda prisa hacia la escalera y William le siguió sin pensar.

 

- ¿Cómo vamos a salir de aquí??, ¿¡y quien es esa gente!?

 

Michelle le miró como pidiendo su silencio.

De pronto un agujero se abrió en el techo, y un grito que sonaba a sorpresa desagradable irrumpió en el vacío. Mejor dejar las explicaciones para después.

Alguien estaba subiendo por las escaleras y no pensaban quedarse allí para saludarle.

Se descolgaron por la ventana y corrieron hacia el garaje. La puerta estaba cerrada, y William con tanto nerviosismo, no pudo abrirla, alguien se asomó por la ventana y comenzó a disparar. Michelle tiró de él y volvió a salvarle de un disparo, los dos corrieron a esconderse.

Ella se asomó y volvió la cara con terror, nerviosa agarró a William del brazo. Éste comprendió que algo no iba bien.

 

Slevin saltó la valla de acceso a la casa y vio cómo el garaje explotaba.

Aquello no le gustó nada en absoluto. Corrió dentro de la casa y se topó con Adam, sacó su arma y la descargó sobre su estela mientras huía. Así que recargó el artefacto y fue en busca de él, a lo lejos oyó como un coche arrancaba y salía a toda prisa.

Miró hacia abajo contrariado, tendría que esperar otro día más para matarle.

El sonido de las sirenas empezó a inundar el ambiente, era hora de irse a casa.

Cuando llegó al coche se percató de que estaba sangrando, le habían herido en la pierna, era sólo un rasguño. Nada importante, pero debía recordar mirársela de vez en cuando.

 

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Cuando el garaje explotó, a William se le calló el mundo encima, no sabía cómo pero Michelle se había llevado la peor parte de la explosión, algo le había golpeado la cabeza y sangraba por más de una herida.

Tenía poco tiempo, la cogió por lo hombros y se sorprendió de lo que pesaba, o quizás fuera que él estaba muy débil. La explosión había abierto un agujero en la pared y al otro lado de la calle vio entre el polvo de los escombros los faros encendidos de un coche. Era su única oportunidad. Era uno de los coches de los que habían venido a matarle, y estaban vacíos, ironías del destino. Si había alguien allí se había largado cuando la cosa se puso fea. Escuchó disparos en el interior de la casa y no lo dudó mas, metió a Michelle en el asiento del copiloto y pisó el acelerador hasta el fondo. El coche dio un par de bandazos y salió disparado. Por el espejo retrovisor vio horrorizado como el mismo hombre que le había disparado en el hospital corría detrás de ellos disparando su arma.

Las balas pasaron de largo silbando hasta estrellarse contra las paredes de las urbanizaciones colindantes.

Jamás olvidaría aquella cara.

Pronto doblaron una esquina y el hombre desapareció. Estaban a salvo, pero, ¿Por cuánto tiempo?. William aflojó un poco el pie del acelerador, no merecía la pena morir en un accidente de trafico después de haber escapado de una encerrona de la mafia.

 

- Coge el primer desvío a la interestatal, nos vamos a Orlando.

 

Parecía increíble que en aquel estado de semi-inconsciencia aquella mujer tuviera fuerza para dar órdenes y más aún ordenes con algún sentido.

 

- Michelle, necesitas que te lleve a un hospital, ¡aquí no puedo hacer mucho por ti!

 

- Tu sólo conduce William, y no llames la atención de la policía.

 

William decidió acatar sus órdenes sin preguntar, desde luego su vida se había alejado de la monotonía.

 

Estuvo al volante unas horas. Tuvo tiempo para parar y echarle un vistazo a las heridas de Michelle, quien sabe, tal vez fuera la última vez que ejerciera de médico...

Ella durmió casi todo el camino, y le vino bien, pues se recuperaba con facilidad.

Por fin, pudo divisar los primeros carteles de bienvenida. Estaban llegando, pero. ¿A dónde?

 Desierto del Sáhara

  21.35

Cuando Mónica abrazó a Doggett, no tenía la menor idea de lo que le esperaba.

Pero se sentía tan feliz por haberle encontrado y de poder abrazarle que afrontaría cualquier cosa sin pestañear.

Él la miraba como el que guarda un secreto. Había un brillo intenso en sus ojos, aquel hombre también se alegraba de verla, pero su naturaleza le impedía expresar abiertamente sus sentimientos. De modo que se limitó a acompañarla al interior de la cabaña.

Mónica avanzó hasta la entrada con el ceño fruncido. Podía reconocer perfectamente aquella mirada de secretismo de John, lo cual, la inquietaba profundamente.

¿Qué habría pasado? ¿Qué secreto escondía su fiel amigo?

Antes de cruzar la puerta, Doggett la agarró del brazo.

 

-Sé que esto complica las cosas pero...

 

Mónica no lograba descifrar el tono de la conversación.

 

-¿De qué hablas, John?

 

-Lo que he visto y lo que he encontrado...

 

Miró hacia el suelo mientras Mónica le observaba extrañada.

 

-Significa mucho para mí...

 

-¿Quieres decir que lo que hay ahí dentro es importante...? ¿...que te afecta personalmente?

 

-Será mejor que lo averigües por ti misma...

 

De todos los presentimientos que habían cruzado su vida, éste era el más confuso que había tenido.

Sentía una sensación incomparable a las que acostumbraba a percibir.

Una mezcla de incertidumbre y nostalgia...

Pero decidió no esperar ni un segundo más para ver su secreto.

Y cuando lo hizo, no pudo volver a cerrar los ojos...

 

Carretera estatal

   14.00

 

El cielo cada vez más oscuro, presagiaba una tormenta. Las luces de señalización de la vía rápida iluminaban su cara, su piel emanaba un tenue resplandor, como si de un hechizo se tratara. William no podía dejar de mirarla. Poco a poco Michelle fue regresando de las profundidades del sueño del que se había visto sumida los últimos cuatrocientos kilómetros. William no se había atrevido a despertarla, no sólo porque era consciente de que necesitaba reposo, sino porque no quería librarla de aquel estado celestial, por no hablar, de que mientras ella siguiera dormida, no tendría que comenzar a tomar decisiones importantes.

Su voz sonó a recién levantada y a William se le erizaron el vello recordando momentos mejores. Ella le indicó hacia un motel de carretera que estaba a pocas millas de allí. Se detuvo en el aparcamiento, y la miró muy seriamente.

William tragó saliva y reflexionó un instante. Después de todo lo que había pasado, era el momento de las respuestas.

 

- ¿Quién eres y qué quieres de mí?

 

Su tono sonaba grave y sin embargo flexible, era evidente que ella no era su enemiga, pero todo aquello le estaba costando muy caro y quería rellenar las lagunas que amenazaban con ahogarle.

 

Michelle respiró hondo, se estiró como lo haría un felino y me mesó el cabello con las manos.

 

-¿Y dónde queda lo de ‘gracias por salvarme la vida’?

 

Le dijo en un tono aún somnoliento.

 

- Michelle…

 

Ella le devolvió la mirada y comprendió que su acompañante necesitaba algunos datos después de todo.

 

-Trabajo para el servicio de inteligencia, me han encomendado protegerte.

 

-¿A mí? ¿Por qué?

 

-Creo que es obvio.

 

-Ya sé que quieren matarme, pero ¿por qué tanto despliegue? ¿Quiénes eran aquellos hombres? ¿Y por qué han destrozado tu casa?

 

-Ellos no se detendrán ante nada ni nadie, William.

 

-Eso ya lo he visto.

 

-Quieren matarte por lo que sabes, igual que mataron al forense de tu hospital.

 

William reflexionó un durante un par de segundos, aquello parecía tener sentido, pero ¿el gobierno? Parecía metido de lleno en una película de espías.

 

-Pero... si yo no se nada! ¿qué es lo que sé?

 

-Lo suficiente para que quieran matarte.

 

Aquellas frases obvias sin contenido empezaban a cansarle.

 

-No estoy para bromas.

 

-Saber de la existencia de esa cápsula ya es razón para que quieran matarte,

además eres la única persona viva que vio lo que había en su interior.

 

-No, eso no es cierto, ¿qué me dices de aquel agente del FBI?.

 

-Quizás este muerto.

 

-Vamos no me vengas con esas, era el director del FBI, sería un escándalo público.

 

-Ya te dije que no se detendrían ante nadie.

 

-Entonces todo esto se debe a esa maldita cápsula que guardaba aquella chica... todo se debe a un acto de caridad por ayudar a el señor Doggett en la calle...

 

-William

 

Dijo Michelle intentando cortarle sin éxito. Él seguía reflexionando impotente sobre todo lo que se le había venido encima.

 

-Debe ser el castigo en vida por todos mis errores del pasado...

 

-¡William!

 

Dijo por fin captando la atención del doctor.

 

-No creo que sea el momento para fustigarse...

 

Él asintió sin demasiado convencimiento, y volvió a enfocar su mirada al infinito. Pensativo.

 

-Por lo que veo, nuestros encuentros no han ido de la mano de la casualidad...

 

Michelle sonrió.

 

-No, te he estado vigilando de cerca, aunque eso no significa que si me ves un día por tu hospital sea una verdadera coincidencia.

 

-No lo creo

 

Dijo William llevándose las manos a la cara, frunció el ceño e hizo un intento por aclarar el torrente de preguntas que le asaltaban todas a la vez y sin ningún orden en particular.

 

Michelle inclinó su cabeza a modo de duda.

 

-Me han echado. Ahora soy otro pobre mortal más... sin trabajo, pésimo novio... y con un séquito de personas que intenta asesinarme...Todo se ha ido al traste desde que atendí a aquella mujer.

 

-No lo creo.

 

-¿El qué? los hechos son innegables.

 

-Que seas un simple mortal más.

 

Ella estaba sonriendo, y él no pudo evitar una sonrisa de complicidad, por un momento olvidó todas sus preocupaciones, aunque por poco tiempo.

 

-Me sobrestimas.

 

Dijo William clavando sus profundos ojos azules en ella.

 

-Tal vez, o tal vez no.

 

Respondió ella esquivando su mirada, había secretos con los que mejor no jugar... todavía.

 

-Dime una cosa, Michelle, ¿cómo voy a salir de ésta?

 

Ella observó su mirada, a pesar de todo lo que le había sucedido aún creía en la esperanza, no se rendía y eso le gustaba.

 

-Tengo un plan.

 

Ahora fue él quien la miró sonriente, y ella le respondió con una mirada de tranquilidad que hubiera convencido a cualquiera. Menos a él.

 

-Pero estoy cansado, ¿sabes? Quiero recuperar mi vida, volver a levantarme por las mañanas con la única preocupación de no llegar tarde al trabajo...-miró hacia arriba- mi trabajo...

 

-Todo a su tiempo.

 

Aquello era demasiado para él, suponer que al final todo se arreglaría como si nada hubiera pasado, era como esperar ver a Nat sonriente y con los brazos abiertos...

 

-No, esta vez no. Si sigo haciendo las cosas así, voy a perder lo único que me queda. Así que... voy a coger todo lo que tengo y lo que sé, y voy a ir a la policía a denunciar todo esto.

 

La expresión de Michelle cambió por completo.

 

-No puedes.

 

-¿Por qué no?

 

-Vamos William, piensa un poco... Ellos, son la policía.

 Desierto del Sáhara

  21.37

Mónica no daba crédito a lo que veía. De entre todas las cosas que hubiera imaginado, ésta era la más remota de todas.

¡Parecía imposible!

Volvió a pestañear por si se trataba de una alucinación, pero no, era tan real como la vida misma y ahora estaba enfrente de ella observándola como si nada.

 

-¡No puedo creerlo!

 

Dijo conmocionada

 

-¡Walter Skinner!

 

Apuntó ella sin creerse sus propias palabras. Pero era él, de eso no cabía la menor duda, y estaba allí, con Doggett, desde luego era algo de lo más inesperado. Aquel hombre mayor pero fuerte, que en el pasado había demostrado ser un poderoso aliado y amigo se acercó a ella y la saludó emotivamente.

Mónica cerró sus ojos y una ola de buenos recuerdos la inundaron. Ya sólo faltaban ellos y ningún misterio se les resistiría, aunque quizás, debería dejar de soñar y atender a cosas mucho más urgentes.

 

-Me alegro mucho de verte, Mónica.

 

Su voz sonaba cascada, estaba tremendamente cansado y lejos de recuperarse, pero podía mantenerse en pie.

John les observaba sonriente, como quien hubiera encontrado un tesoro, que ahora compartía con sus amigos.

 

Después del conmovedor abrazo Mónica intentó encajar las piezas y sólo pudo llegar a la conclusión de que no entendía absolutamente nada, y no era de extrañar, las cosas cada vez encajaban menos.

Aún así estaba contenta, de algún modo, parecía que todo empezaría a arreglarse, o en caso contrario, no había nada mejor que afrontar los malos tiempos con buenos amigos.

 

-Bueno, ¿y ahora vais a explicarme qué es lo que ha pasado?

 

Doggett y Skinner se miraron, había demasiado que contar, y aún estaban agotados, había muchas lagunas y cabos sueltos que necesitarían de toda su atención y capacidad, así que  decidieron esperar a la mañana.

 

Motel Charlotes

  22.30

 

William estuvo un buen rato pensando, sólo sumido en la incertidumbre.

No podía creer lo que estaba sucediendo con su vida. Se había convertido en una víctima invisible de las tramas más oscuras de la sociedad.

Yacía en una cama vieja de un motel mugriento. Michelle le había dado una pistola, por si acaso, y luego se había marchado prometiéndole ayuda y un lugar seguro en el que refugiarse hasta que pasara la tormenta.

La tormenta de su vida, que inundaba sus sentidos y enturbiaba la claridad con agua espesa y sucia.

Ni si quiera sabía qué había sido de John y Mónica, ni si quiera sabía si podía confiar en ellos. En nadie.

Se reincorporó para mirar por la ventana. Era de noche, pero no como otra cualquiera, era una noche más oscura que las demás. Negra y solitaria. Confusa tal y como su mirada. William pensó en su familia, en sus padres, y el disgusto que éstos se llevarían al enterarse de lo del hospital. Nunca habían escatimado en gastos para sus estudios, siempre todo lo mejor, y él, un día por que sí, lo echaba todo a perder.

Aunque no era eso lo que pensaba. Estaba furioso porque le habían echado por la borda. Y ahora nadaba entre la tempestad en busca de una buena madera a la que aferrarse.

Sentir que tu vida va a la deriva no era precisamente una gran emoción, y aún incapaz de hacer nada, seguía viendo como cada vez se alejaba más y más de la orilla.

Se levantó y miró su imagen reflejada en el espejo. Aquello no le gustó nada. Un rostro con pronunciadas ojeras, ojos rojizos y barba de más de dos días.

Su pelo carecía de brillo, al igual que su mirada, su sonrisa inerte y su expresión cansada, hablaban por él. Y no bien, precisamente.

Estuvo pensando frente a sí mismo largo rato, el suficiente para decidir que en aquel país su futuro tenía fecha de caducidad. Una demasiado próxima al día de mañana.

Sus pensamientos navegaron entre Natalie, Frank y su hospital. La cirugía, el arte contemporáneo, y la muerte representada con capa y guadaña. Sinceramente, era menos terrorífica que sus últimos verdugos. Aún recordaba con claridad las cicatrices del rostro de aquel hombre. Estaba claro que cada una de aquellas heridas tenía nombre, apellidos e incontables gritos de agonía y dolor. Sus pensamientos se tornaron tan desagradables como la monstruosidad personificada.

En cierto sentido se sentía importante por ser el centro de tantos asesinos, pero para ser justos, prefería mil veces su reconocimiento como artista o cirujano antes que la gloria de una bala en la espalda.

 

Apartamentos TheLight

10.15

Había algo más en aquel mensaje, la hora tenía una longitud mucho mayor de lo normal, como de trescientos dígitos más de lo corriente. Estaba claro que habían penetrado su sistema, por un momento pensó en ponerse los zapatos, una chaqueta, los ahorros que tenía escondidos en el cajón de los calcetines y huir.

Pero Frank no era de ese tipo de personas impulsivas, además estaba seguro de que le cogerían.

Había algo raro en ese número, parecía el numero PI, pero había algunas cifras cambiadas de orden, cogió un lápiz y un papel y copió los primeros 20 dígitos, todos coincidían con las cifras decimales del numero PI salvo ocho números. Los cuales ocupaban las posiciones primas, siendo dos para el primer numero cambiado, tres para el segundo, cinco para el tercero, etc.

Aquello empezaba a ponerse interesante. Nunca había prestado mucha atención a criptografía o a la teoría de números, pero esto le recordaba a cuando era pequeño y codificaba sus mensajes usando el método RSA.

Después de una hora y tres hojas llenas de números había descubierto cosas muy interesantes. Los números permutados parecían ser una serie de dígitos en conjuntos de tres, siempre superiores a 30 y menores de 240. Aquello le sonaba horriblemente. Empezó a recordar las formas que había de codificar letras con números, iban desde las más fáciles que era asignar a cada letra un números, siendo la a el 1 y la z el 27, o sumando una cantidad finita, por ejemplo la a el 5 y la z el uno... Pero esto era un rango mucho mayor, también cabía la posibilidad  de que una letra tuviera muchos números asignados, y simplemente hallando el modulo 27 a cada número tendría la respuesta. Lo había intentado pero no conocía muchas palabras que tuvieran más de cuatro letras iguales seguidas. Empezaba a dolerle la cabeza, pero era la mejor pista que tenía. Lo intentó con un alfabeto ampliado, 37, incluyendo números, pero también resultó ser un fracaso, pensó en ampliarle el rango, y poner mayúsculas, letras acentuadas y cosas así, ya puestos podía incluir el código ASCII entero.

Frank se golpeó la frente con la palma de la mano, el código ASCII era un estándar por el cual se codificaban todas las letras y símbolos que se pudieran escribir con el teclado y era un rango entre 0 y 256, los primeros 25 eran comandos y entre los números 75 y 105 se encontraban los números y las letras. Uno a uno fue escribiendo todos los símbolos en un trocito virgen de su maraña de anotaciones. El resultado "73r(3r4(0n£4qµ174(4ƒ3 " Era un genio, salvo que de su serie de tres números sólo había cuatro que pertenecieran al rango de las letras, otro par de ellos a los números y los demás a símbolos. Pensó en más estándares, pero el nuevo era de 1024 bits y le faltaban secuencias.

Luego cambiando radicalmente pensó en el sistema qwerty. Es decir, numerando las teclas del teclado siendo el 0 el ESC, hasta la última de la esquina inferior derecha, que sería la 102.

Pero aquello tampoco le valía porque había varios números que superaban el 102, entonces pensó en teclados más grandes, quizás un teclado chino, pero ellos usaban los mismos que el resto del mundo.

Estaba perdido, totalmente perdido.

Motel Charlotes

 23.00

William estuvo meditando largo rato, pensó y reflexionó sobre todas las variantes de su destino sin llegar a ninguna buena conclusión. Aún estaba muy pesimista después del bajón de la adrenalina, y todas sus soluciones parecían salidas del guión de serie b barata.

Decidió bajar a la cafetería a comer algo, no tenía hambre pero se sentía débil, sin fuerzas, y el contacto humano le vendría bien.

 

Aquel sitio era deprimente, la cafetería, mugrienta y mal oliente estaba vacía y muerta. La única camarera dedicaba su tiempo a despegarse sus chillonas uñas postizas. William empezaba a imaginarse las sorpresas que escondería su café... pero de alguna manera, aquella vulgaridad le devolvió al mundo normal en el que la mafia no quería matarle, tenía trabajo y todas esas cosas que ahora parecían tan lejanas.

Volvió a echar un vistazo a su alrededor, aquel sitio tenía ese estilo de bar cutre de carretera con todo lujo de detalles, y a falta de moteros, el cocinero lustroso con delantal que no conocía el agua, bien valía por todos ellos.

Pensó sentarse en una de las mesas del fondo y esconderse tras un periódico que reposaba en solitario, pero su plan cambió tan pronto como se abrió la puerta.

Era una mujer castaña, de profundos ojos marrones y piernas infinitas.

Parecía venir directamente de la marcha de la noche anterior, maquillada, ropa ajustada, llamativa y sexy hasta el agotamiento de la imaginación del hombre.

El cocinero tardaría días en dormir después de aquella aparición y a  William sólo se le aclararon las prioridades.

Pensó que tal vez un poco de distracción no le vendría mal, y acto seguido estaba plantado en la barra con su mejor mirada. No estaba en su mejor momento, pero dadas las circunstancias era el único hombre decente en miles de kilómetros a la redonda.

Era difícil no sonreír a un hombre así, atractivo, atrayente y muy tentador. Desde luego era lo mejor que había pasado por aquella cafetería en mucho tiempo, su noche había ido entre muy mal y desastre absoluto, pero ahora, de repente, prometía bastante.

Él tardó un par de segundos en conseguir su atención, pero como por arte de magia, aquella mujer le habló.

 

-¿No vienes mucho por aquí, verdad?

 

Él sabía que aquella conversación sólo conduciría a un sitio, y lo conocía muy bien.

 

-No, he pasado de casualidad. Y dime, ¿qué hace una mujer así en un sitio como este?

 

Ella sonrió, no sólo por lo típico de su frase, sino por la mirada intensa de él. Casi podía sentir el movimiento de aquella mirada por su cuerpo, como si de sus manos se tratase.

 

-No sé por qué te sorprende...

 

William era un experto en seguir el juego, y regalar el oído era su especialidad.

 

-Vamos, no te hagas la ingenua, eres perfectamente consciente de que las mujeres como tú no abundan...

 

Su mirada de interesante estaba surtiendo efecto...

 

-¿Y cómo soy yo?

 

Esa era justo la pregunta que él estaba esperando...

 

-¿Por qué no vienes a mi habitación y te lo explico en privado?

 

Desde luego tal vez no era su mejor día, pero algunas de sus facultades seguían estando en forma. Muy en forma según comprobó al levantarse de la silla.

El camarero les vendió una botella de champán barato, estaba claro que aquel lugar era un motel muy acostumbrado a aquel tipo de citas, intentó venderles hielo y la cubitera, pero la lengua de aquella mujer era demasiado impaciente.

Después de la cuarta copa, su conquista entró en acción.

Aquella escultura de mujer parecía tener prisa, había algo en sus ojos, en la ansiedad de sus manos, en la rapidez, en la falta de sensibilidad que no sabía por qué, pero no le gustaba.

Ésta era la parte que mejor se le daba, pero sin embargo, algo le impedía seguir. Tenía la cabeza en otra parte, y ella no tardó en darse cuenta. Su mente se dividía entre el disfrute del momento y el cúmulo de problemas personales, estos últimos demasiado evidentes como para concentrarse en lo demás.

Empezó a pensar en Natalie y en su familia y de pronto se dio cuenta de que su cita a ciegas no acabaría tal y como había imaginado...

Ella le miró secamente, se puso su ropa y se largó dando un portazo que hizo temblar las ventanas de aquella cochambrosa habitación.

William se sentó en la cama y cubrió su rostro con las manos. Esto era demasiado, incluso para él.

Llamaron suavemente a la puerta, quizás ella había olvidado algo, o quería darle una segunda oportunidad, o quizás fuera Michelle o la guardia pretoriana que venía a arrestarle por haber echado de su cama a semejante semidiosa.

Abrió la puerta y no encontró a ninguna de aquellas personas, aunque habría preferido encontrar a cualquiera de ellas menos a la que se alzaba ante él...

 

  Apartamentos TheLight

 

Frank sentía cómo su cabeza, de un momento a otro, le iba a estallar. Llevaba demasiado tiempo para hacer nada y decidió parar.

Pero de pronto, se giró bruscamente hacia su secuencia de números, había algo familiar en ella que no había tenido en cuenta. Quizás la clave estaba en los mismos números, las letras estaban relacionadas con los números de su alrededor, y los paréntesis abiertos querían decir algo.

Después de dos horas haciendo números, sólo consiguió un dolor de cabeza más agudo.

Decidió meter la secuencia tal cual en su buscador, y como era de esperar no encontró ninguna coincidencia, lo cual no dejaba de ser curioso.

Volvió a escribir la secuencia en un papel en blanco. Quizás aquello era más de una sola palabra, así que introdujo un nuevo parámetro en su buscador, que buscara cualquier secuencia de números letras y símbolos por toda la red.

Y cual fue su sorpresa que encontró un millón de coincidencias con la secuencia "(4ƒ3" .

Frank no podía salir de su asombro, aún siendo una casualidad, era lo mejor que había tenido hasta ahora. Todas aquellas coincidencias hacían referencia a la palabra "café". Frank escribió "(4ƒ3" y justo debajo "café". Entonces lo vio claro, aquello estaba escrito en l33t.

El mensaje decía así. "Cuarta con la quinta café". Cinco horas devanándose los sesos para que un maldito freaky le mandara un mensaje cifrado usando un lenguaje inventado. Bueno, al menos no estaba en élfico. Aquello parecía una cita, pero no decía ni la hora ni nada de referencia, así que Frank decidió simplemente ir hasta allí. Le vendría bien tomar el aire.

 

Motel Charlotes

 24.03

William intentó cerrar la puerta inmediatamente, pero un puño con demasiada fuerza le impactó directamente en la cara empujándole un par de metros hasta aterrizar con todo su peso sobre la mesilla de noche. Intentó levantarse, pero estaba en K.O. técnico, así que sólo consiguió tambalearse un poco hasta volver a caer sobre lo poco que quedaba de esa débil construcción.

Adam estaba radiante, aquel doctor le había costado la lealtad con su familia, y eso era irremediable, ni siquiera llevándole su cabeza al Don conseguiría su perdón, pero aquello era ahora personal.

Disfrutaría haciéndole sufrir. Fue al cuarto de baño a por un vaso de agua, no quería que el doctor se perdiera el espectáculo.

William se despertó, tenía la cara y la camisa mojada, abrió los ojos y su visión se fue enfocando poco a poco hasta descubrir a una corpulenta figura sonriente que se inclinaba ante él. Intentó incorporarse, arrastrarse y huir todo al mismo tiempo y sólo consiguió otro brutal puñetazo que le hizo rozar la inconsciencia de nuevo.

Tenía la cara entumecida, y sentía como algo caliente le recorría la frente. Había perdido la fuerza en las manos y sus ojos vagaban inquietos en sus cuencas aún asustados y apretados por la inminente presión que le causaban los hematomas.

Aún así volvió a intentar incorporarse. Apenas era consciente de sus actos, pero sabía lo que implicaba quedarse quieto...

 

- Yo que tú, no lo haría.

 

Le sugirió Adam.

 

William tenía miedo. Mucho miedo, y ahora no había nadie que pudiera librarle de su destino. Estaba cara a cara con el verdugo de su vida, y su mente trabajaba a tal velocidad que no podía concentrarse en cómo actuar.

Esto se le escapada de las manos, nunca había estado en una situación así. Sólo, tremendamente sólo ante su condena.

 

-  Eres peor que un grano en el culo doctor. Me has costado muy caro, y lo vas a pagar con todos los intereses.

 

William no podía emitir sonido alguno. Intentó hablar, pero le era completamente imposible. Con la lengua comprobó si le faltaba algún diente y detectó que sus labios eran aproximadamente el doble de lo normal. Las astillas comenzaban a clavarse en el cóccix pero había algo más... estaba sentado sobre algún objeto el cual no era capaz de descifrar.

 

Adam le observaba atento, pensaba en dejarle levantarse, un rival tan débil empezaba a ser aburrido.

 

- Curioso que un tipo como tú, resulte ser el trabajo más difícil de los que he tenido.

 

La voz de Adam sonaba altiva y relajada. Estaba disfrutando y eso no podía ocultarlo.

 

-¡Vamos, relájate! Ya sabes lo que va a pasar, no sé por qué tanta tensión...

 

Dijo mientras soltaba una desagradable carcajada. Empezó a andar por la habitación interesándose por los objetos que había en ella. Una botella de champán y dos copas, era evidente que alguien se había estado divirtiendo.

 

- Vaya, parece que me he perdido la fiesta. Vamos, no te pongas melodramático ¿Te apetece una copa? ¿no? Vaya, no soy tu tipo.

 

Declaró Adam mientras se inclinaba sobre el minibar.

 

-Desde luego lo habéis pasado en grande. ¿No me habéis dejado nada de fresas con nata?

 

Preguntó mientras llenaba dos vasos. William se relajó, intentó encontrar una posición más cómoda, porque si antes no sentía su cuerpo, ahora lo sentía demasiado. Su mano estaba adormecida, atontada, quizás fue por eso por lo que tardó tanto en darse cuenta de que estaba sentado sobre ella y que ésta aprisionaba el arma que guardaba en la mesilla de noche.

Adam vació de un sólo trago su vaso.

 

- ¿Quieres?

 

William tardó en contestar, tenía un arma y una única oportunidad, parecía que ahora era el momento, Adam estaba lo suficientemente lejos y confiado, ni se imaginaba lo que él se traía entre manos, por primera vez desde que se encontró con aquel hombre, él tenía la sartén por el mango. Ahora sólo quedaba sacar la pistola y acabar de una vez por todas con aquella situación.

 

- ¡Eh! ¡te he hecho una pregunta!

 

Adam le tiró el vaso que se estrelló a pocos centímetros de su cara, el licor le cayó en los ojos y le quemaba como si de algún tipo de ácido se tratara. Intentó incorporarse para sacar el arma pero debido a lo lento de sus movimientos no pudo inclinarse todo lo que debiera. Estaba nervioso, cansado, herido y con miedo. Demasiadas cosas como para actuar a la perfección.

Pero era ahora o nunca. Probó a desplazarse un poco más, casi lo había conseguido y de pronto, algo le retuvo. Adam había saltado por encima de la cama y le aferraba con ambos brazos, lo levantó del suelo, sus dedos eran como tenazas hidráulicas que intentaran condensar a un coche en una chatarrería. Y sus ojos, aterradores, eran un presagio de lo que le esperaba.

 Desierto del Sáhara

  6.35

Mónica había podido descansar toda la tensión y el cansancio acumulado.

John la despertó con arroz para comer, y un poco de agua de dudoso color.

Sin embargo le supo al mejor desayuno en varios años, se sentía viva de nuevo en medio del desierto y con un gran misterio por delante.

Doggett apenas había dormido, sólo se interrogaba una y otra vez con las mismas cuestiones.

Mónica pudo leer en sus ojos aquella angustia.

 

-¿No has dormido nada, eh?

 

Le dijo Mónica con una mirada compasiva.

 

-Llevo toda la noche pensando que todo lo que he ascendido, todo lo que he llegado a conseguir sólo me ha servido para caer con más fuerza y llevarme un golpe aún mayor.

 

-¿Por qué dices eso, John?

 

-Creo que me han utilizado.

 

Doggett le miró con seriedad.

 

-¿Quién?

 

Preguntó Mónica sin dar crédito a sus palabras.

 

-Aún no he logrado averiguarlo, sólo sé que todo esto ha sido

 

-Una trampa –dijo Mónica acabando la frase por él -

 

-Una trampa para acabar con mi vida y con la de Skinner.

 

-John ¿pero qué pasó en aquella cabaña? Cuando llegamos estaba todo destruido, había cadáveres por todas partes...

 

-Fue muy extraño. Estaba en medio de una tormenta de arena y esta cesó inesperadamente dejándome al descubierto, había cuatro guardianes rodeando la casa, iban desarmados, y vestían ropa de camuflaje. Me indicaron que les siguiera, y así lo hice. Me condujeron al interior de la cabaña, y allí, entre la penumbra encontré a Skinner maniatado y malherido.

 

Mónica empezaba a reorganizar sus ideas en base a lo que hallaron.

 

-Pero había alguien más, alguien a quien jamás desearías cruzarte.

 

Al decir aquellas palabras, John no pudo evitar revivir la escena. Mónica pudo sentir el miedo en sus ojos y uno de sus peores presentimientos se materializó.

 

Motel Charlotes

  24.55

William podía sentir cómo se asfixiaba lentamente. Su rostro había empezado a tomar una coloración añil. Intentaba respirar y sólo conseguía producir sonidos tales a los de un asmático sin su medicina.

Adam, despreocupado de todo aquello le miraba ofendido.

 

- Vamos doctor, no esta en posición de rechazar regalos.

 

William observó durante una fracción de segundo como la cabeza de Adam adoptaba la forma de una sólida piedra y le impactaba en la frente. Sintió como el golpe le recorría cada una de las vértebras de su columna hasta terminar en sus talones que impactaron en el suelo. La convulsión se repartió en partes iguales entre sus pies y sus brazos pero de alguna manera, consiguió conservar el arma.

 

- ¿Tiene algo que decir, doctor?

 

William había perdido totalmente la visión en su ojo izquierdo, y sentía como la sangre recorría su espalda camino del suelo. Su cuerpo sufría convulsiones en parte por el miedo, en parte por el shock causado por los golpes. Su mente divagaba en un mundo tenebroso donde las luces iban desapareciendo a una velocidad alarmante.

Lejos de todo lo que habría pensado , William no había perdido la cabeza, su vida no pasaba corriendo delante de sus sentidos, sus palabras no se dirigían a Dios ni había un ruego de perdón en sus labios, lo único a lo que se aferraba su mente era una ilusión vacía, a una posibilidad entre un millón. El deseo imperioso y primario de la supervivencia.

Adam llevó una mano a su chaqueta, y con la otra le agarró del cuello. Acto seguido sacó un martillo de la casaca, un martillo de herrero, su mango estaba negro al igual que la sangre reseca que ilustraba sus grabados. La sonrisa de Adam era como un abismo obsceno y descarado que no tenía fin.

 

- Ni te imaginas lo que he llegado a desear este momento doctor.

 

Adam le miraba con sadismo. Con una sonrisa que dejaba entrever una boca sedienta de sangre.

 

Desierto del Sáhara

John no pudo esperar más para revelarselo.

 

-Billy Miles

 

Mónica no daba crédito.

 

-¿Qué?? ¡¿Cómo es posible?!

 

-No lo sé, hace unos 5 años recibí un informe de un comando rebelde que había exterminado a un grupo de supersoldados con ayuda de una vacuna a base de compuestos de hierro. Según aquel informe, Billy Miles había sido el primero en morir.

 

-Pero estaba allí...

 

-Sí, y lo peor de todo, es que no sé dónde se encuentra ahora...

 

Mónica se tornó pensativa y miró a John en espera de la continuación de su relato.

 

- Me dejó inconsciente de un solo golpe. No sé cuanto tiempo estuve así, pero me desperté en la misma situación que Skinner. Billy Miles empezó a torturarme, no me hizo ninguna pregunta, no tenía interés en obtener ninguna información de mí. Era todo una trampa.

 

-Pero no lo entiendo, entonces... ¿qué pretendía Billy Miles?

 

Skinner intervino.

 

-Chantajearme para obtener información, sabía que no toleraría dejarle morir.

 

Mónica escuchaba atenta.

 

-¿ Y qué quería exactamente?

 

-Información sobre el paradero de William.

 

Dijo Skinner con un leve tono de inquietud.

 

-¿ Y dónde está William?

 

Preguntó Mónica.

 

-No lo sé, pero conozco a alguien que nos lo diría.

 

-¿Quién?

 

Preguntó ella.

 

-Gibson Praice.

 

Respondió Doggett.

 

-Se ha abierto una guerra que no se detendrá ante nadie. Una guerra llevada a cabo por personas muy poderosas que conocen la verdad. Se ha forjado un nuevo sindicato cuyo interés más próximo es acabar con William Mulder.

 

Aclaró Skinner.

 

-¿Pero por qué?

 

La confusión no lograba alejarse de la mirada de Mónica.

 

-Porque él puede acabar con ellos.

 

Respondió Doggett.

 

- ¿Qué me dices del otro bando?

 

-Creemos que está encabezado por Billy Miles.

 

-¿Y a dónde nos lleva todo esto?

 

- Al señor Griffit. -dijo Skinner-

 

-¿Alfred Griffit? -dijo Mónica a modo de adivinanza-¿el delegado de asuntos internos del gobierno?

 

-Exacto -respondió Doggett-

 

-Es una de las pocas personas que podría guiarnos hasta Gibson.

 

Skinner observó a John y a Mónica, y éstos comprendieron cuál era el siguiente paso.

 Motel Charlotes

   1.10

Adam observó fijamente a William e hizo el gesto de una cruz con sus manos mientras pronunciaba su pagana oración.

 

-Púdrete en el infierno.

 

William le miró con odio, apenas pudo articular bien las palabras debido a la creciente presión en su cuello y mandíbula pero finalmente lo consiguió.

 

- Es allí donde te esperaré.

 

La visión de su ojo sano se tornó en blanco y negro, dejó de sentir, dejó de percibir los sonidos y el mundo empezó a antojarse como algo muy lejano y doloroso.

Entonces su instinto se apoderó de él, era como un animal enardecido que veía el portón de su jaula abierta.

Aún le quedaba un último aliento de vida, y como un acto reflejo sacó el arma.

No sintió nada, no se alarmó ni se asustó por el sonido de los disparos, tampoco percibió el olor a pólvora ni el leve pero desagradable olor a carne quemada.

La presión sobre su cuello se fue aflojando a la vez que el mundo reclamaba la vuelta de los sentidos de William, dolor, nauseas y más sufrimiento le esperaban a su regreso gozosos de poder asediarle por al menos un par de días.

Había sido más de un disparo a bocajarro el que Adam había recibido, sin embargo tuvo fuerzas para gritar y alzar el martillo por encima de su cabeza y descargarlo con todo su ímpetu sobre el hombro de su oponente.

William sintió como si un rayo le atravesara el hombro y se abriera camino a dentelladas hasta su cerebro. Esto actuó como un reconstituyente devolviéndole toda la fuerza que nunca había tenido, clavó su arma en el pecho de Adam y disparó con toda su ira.

Adam se desplomo por su propio peso y cayendo bajo sus pies.

William no tardó demasiado en acompañarle en el suelo. No podía mantenerse en pie, el dolor era insoportable. Le había astillado el hombro y la cabeza le zumbaba al ritmo de su corazón, que era diez miel veces más rápido que la velocidad de la luz.

A sus pies Adam se retorcía sin que su boca emitiera sonido alguno de dolor o protesta. El silencio era mucho más insoportable que la ausencia de él.

William le observó confuso. Era la primera ocasión que mataba y la última que desearía hacerlo.

 Esquina cuarta con la quinta

  17.45

 Frank caminaba a toda prisa, sabía que no iba a encontrar a nadie, pero aún así el cosquilleo de la duda le acariciaba sin cesar. Cogió un taxi hasta Manhatan y luego cogió la línea tres del metro que le dejó en la cuarta con quinta.

A pesar de ser aún de día, hacía frío, se arrepintió de no haber cogido nada de abrigo, pero ya era demasiado tarde, o temprano, no tenía ni idea del tiempo que tendría que pasar en aquel café hasta que se diera cuenta de que todo aquello había sido una farsa, una broma de algún tipo, o un delirio. Sus últimas 72 horas habían sido un caos. Desde que conoció a Slevin, toda su vida había sufrido cambios que aún le costaba asimilar.

Casi sin darse cuenta llegó a la cafetería, era uno de esos cafés normales, tenían asientos cómodos, cafeína transgénica y buena conexión a la red.

No era ningún antro nerd como había estado temiendo, de hecho era un sitio de lo más normal. Dudó en si era el lugar correcto, pero en esa dirección sólo estaba aquel café, un banco y un par de tiendas de licores.

Echó un vistazo desde fuera, no había mucha gente, más bien no había nadie, o al menos no que se vieran desde las ventanas de fuera.

Si iba a hacerlo, este era el momento de salir corriendo. El caso es que le apetecía un café. Últimamente no había podido disfrutar de los pequeños placeres de la vida, y no vio razón alguna de por qué aquel no iba a ser el momento oportuno.

Entró y se dirigió a la barra, la camarera, una joven de unos dieciocho años le dedico una tímida sonrisa.

 

- Un capuchino.

 

Mientras esperaba el capuchino, miró de reojo a los que clientes del bar, había un hombre de unos setenta años, bien vestido y una chica de unos veintisiete mucho mejor vestida, al menos a su gusto.

Pelo rubio, esbelta figura, un gran busto, si aquello era una broma sería una de esas en las que al final se ríen todos.

El hombre se levantó de su asiento y se dirigió hacia Frank, que por segunda vez en su vida rezó al mismísimo dios cristiano para que éste pasara de largo y se fuera. Y por primera vez, y sin que sirviera de precedente, Dios pareció escucharle y aquel hombre no sólo no le dirigió ni una sola mirada sino que además se fue directamente a la puerta.

Frank aprovechó la ocasión para resolver sus dudas con la camarera.

 

- Perdone, aquella chica, ¿cuánto tiempo lleva aquí?

 

- Pues no sabría decirle, mi turno empezó hace media hora y ya estaba allí, lo que si puedo decirle es que espera a alguien.

 

La camarera le hizo un guiño al terminar la frase, ¿qué era aquello, una especie de contraseña? ¿algo así como un tic?¿ o una forma increíblemente eficaz de que los clientes le dejaran propina?

Frank se dirigió hacia la chica e hizo algo que nunca habría soñado que haría, quizá debido a que ahora tenía la certeza de que no viviría eternamente o tal vez por un exceso de autoestima, pero la misma persona que no había tenido una cita desde que le dejara su novia del instituto por su antiguo mejor amigo, se sentó en la mesa de aquella mujer en un bar vacío, la miro a los ojos y le dijo la mejor frase que se le había ocurrido mientras recorría el trayecto que le separaba de la barra a la mesa.

 

- Así que eres una experta en Cisnes.

 

La chica le miró con una expresión entre desconcertada y absolutamente confusa. Tardó varios segundos en responder, segundos en los que Frank deseó que se le tragara la tierra, pero al parecer, la tierra tenía otros planes para él.

 

- Me gusta verlos cuando paseo por Central Park.

 

Parecía que aquella mujer había intentado dar la mejor respuesta a la pregunta de Frank, y ahora estaba interesada en saber cómo continuaría aquello, había dejado su taza a un lado y le estaba dedicando toda su atención, además parecía mirarle como si le conociera, o más bien, como intentando que se pareciera a alguien que ella ya conocía.

Volvieron a correr esos segundos tensos, eternos y tremendamente incómodos que rodean a las conversaciones entre desconocidos. Había que romper el hielo.

 

- Bueno, tienes que disculparme, en tu mensaje no me concretaste muy bien cuando tenía que venir.

 

Tardó menos de un segundo en responder, Frank incluso pensó que ella había adivinado su pregunta y ya la estaba respondiendo antes de él soltar su última palabra.

 

- Mira, me da igual lo que digas, te lo dejé muy clarito ¿sabes? Llevo aquí más de dos horas esperándote y teniendo en cuenta que la primera vez ni te dignaste a venir creo que he aguantado mucho más de lo que nadie lo hubiera hecho, pero ¿¡quién te crees que eres para jugar conmigo de esta forma!? anoche eras tan atento conmigo, y ahora... Eres una persona realmente despreciable. ¡Y no quiero volver a verte nunca más!

 

Se levantó precipitadamente de su silla y le dio una bofetada que le dolió hasta un rato después de que ella se hubiera ido.

Frank no entendía nada de nada, aparte de que no tenía ni idea de lo que aquella mujer le estaba contando, él nunca en su vida le haría conscientemente daño a una mujer como aquella.

 

- Y como vuelvas a escribirme un poema pidiéndome perdón, o vea tu ventanilla en el AOL de nuevo, es que te juro que te mando un virus.

 

Ahora si que no entendía nada, aunque una vaga idea le estaba rondando la cabeza, o todo aquello era una cámara oculta, la cual hace ya días que debería haber terminado, o aquella chica le había confundido con su cita a ciegas.

El caso es que abatido, y dolorido, y regañándose a sí mismo por creerse Robert Langdon descrifrando mensajes encriptados, se terminó el capuchino de un sorbo y se dispuso a abandonar el lugar lo más rápidamente posible.

 

Motel Charlotes

  1.20

William yacía en el suelo. Sentado. Cubierto de sangre. Sangre envenenada por la muerte, condenada por su propia mano.

Asesinar a alguien no era nada parecido a lo que había visto en las películas, ni lo que había vivido en el hospital.

Había arrancado una vida del mundo, y a pesar de ser en defensa propia, el peso del acto no disminuía.

Podía contemplar como el rigor mortis comenzaba a hacer efecto. Su cuerpo inerte le observaba desde el suelo. Su piel, su rostro... su sangre cubriéndolo todo. Era como si de pronto, en una sola acción, se hubiera deshumanizado. Su alma, arrinconada dentro de algún lugar de su cuerpo sollozaba desconsolada por no reconocerse a si misma.

El cadáver que ahora contemplaba, era una vida arrebatada. Y a pesar de ser un nauseabundo asesino ¿quién era él para juzgar a nadie? ¿Quién era él para matar a alguien?

No pudo evitarlo, lloró. Lloró de furia y desaprensión. De miedo de sí mismo, de no conocer el límite de sus acciones. Toda su vida salvando vidas no llenaba el vacío de matar intencionadamente a una.

Empezó a sentir asco de sí mismo, le repugnaba todo lo que tuviera que ver con él. Su ropa, su olor...

El hedor era claramente lo peor. La carne inerte desprendía un aroma a muerte que le invadía y le atrapaba como una soga alrededor del cuello.

Se sentía asfixiado, apenas podía respirar. Tal y como un ataque de pánico, su cuerpo se revolucionaba y se volvía contra sí mismo.

Llevó sus manos a la cara, y sólo consiguió cubrirla de sangre.

Sintió deseos irrefrenables de vomitar, y lo hizo allí mismo. Se espantaba tanto que ya no le importaba lo que le pasara. Había llegado al límite de la extenuación, justo al abismo del vacío inmenso de la demencia.

Café Akira

La camarera ya no le sonreía, seguramente estaba disgustada con él por haber hecho sufrir a aquella chica, aunque sabía que por dentro estaba muy contenta al comprobar que a las guapas, también las dejan plantadas.

Sin embargo algo le retuvo, al principio pensó que se había enganchado el pantalón con una silla, así que su sorpresa fue mayúscula cuando descubrió que era una mano lo que le retenía. Reprimió un grito de niño asustado e intento serenarse.

 

- ¿A que ha venido eso Frank?

 

Era una chica, de una edad comprendida entre veinticuatro y veintisiete años, tenía dos aros en la ceja y uno en la nariz, su pelo era rubio, al menos antes de que se lo tiñera de varios colores entre los que destacaban el violeta, el cyan y el verde. Vestía la ropa que debieron llevar sus padres antes de conocerse y tenía unas botas que en su conjunto debían de pesar como el doble que ella. No la había visto porque estaba recostada en un sillón de espaldas a la puerta. Bueno, por eso y porque el café se había convertido en un pasillo que solo conducía a la mujer que ahora le odiaba incomprensiblemente.

Llevaba unas gafas de secretaria de los 70 de pasta negra y un portátil construido a base de trozos de otros artefactos electrónicos que él ni siquiera conocía.

A sus pies al menos descansaban dos tazones de chocolate y unas cuantas bolsas de pipas de girasol.

 

- Tú eres la del mensaje, espero.

 

Su cansancio, y su estrés habían echado a perder toda la sutileza de Frank.

 

- ¿A que ha venido lo de esa mujer?

 

- Yo estoy tan sorprendido como tú, te lo aseguro.

 

- Bueno, ha sido gracioso.

 

Dijo ella con una sonrisa que a Frank empezaba a molestarle.

 

- Espera, ¿tú eres la que me ha citado aquí verdad? ¿la que me mando el mensaje cifrado en leet? No quiero llevarme otra bofetada que no me corresponda.

 

Ella omitió su carcajada.

 

- Sí, he sido yo.

 

- ¿Y cómo sabes mi nombre?

 

- Lo que me sorprenda es que no lo sepan ellos.

 

- ¿Ellos? ¿Quiénes?

 

- No me hagas hablar de ese tema.

 

Le respondió ella esquivando su pregunta.

 

- ¿A qué tema te refieres?

 

Pero Frank no había pasado todo esto para quedarse sin su premio.

 

- ¿No eres muy listo verdad?

 

- Mira,no quiero ser maleducado, he tenido unos días horribles, estoy en completa desventaja, tú pareces saber mucho sobre mi, pero yo no tengo ni idea de quién eres.

 

- Gracias por el halago.

 

- Mira, no estoy para bromas ¿eh?, ¡¿qué quieres de mi?!

 

Dijo Frank alzando la voz y consiguiendo que todo el mundo les observara.

 

- Lo cierto es que  eso mismo iba a preguntarte a ti.

 

Respondió ella.

 

- ¿A qué te refieres?

 

- ¿¿No eres tú el que me ha estado buscando a los cuatro vientos por toda la red?

 

- ¿Qué?, ¿yo te he buscado a ti? O empiezas a decir cosas que tengan sentido o me largo fan de Courtney Love.

 

Frank ya no daba crédito.

 

- Si tengo que explicártelo entonces la que se larga soy yo. Pensé que con tus antecedentes...

 

- ¿Antecedentes....?

 

- Sí, pero me equivoque, así que esto es un error y un adiós.

 

La mujer se levantó a toda prisa.

 

- Espera, por favor. ¿Tú eres del proyecto Swan?

 

- ¿Es que ni siquiera sabes que es lo que buscabas?

 

La chica empezaba a perder la paciencia.

 

- Sí, pero pensé que sería otra cosa.

 

Dijo Frank aturdido.

 

- No sabes nada, y entonces... esto no tiene sentido.

 

Ella empezaba a creer que la perdida de paciencia resultaba insignificante a la del tiempo.

 

- Bienvenida a mi mundo.

 

La chica le observó, se desperezó y puso en orden sus pensamientos, Frank echó un vistazo a su ordenador y ella instintivamente lo desconectó. Hay secretos que de momento no serían desvelados. Pero había algo en aquella chica que le decía a gritos que se acercaba a su objetivo. Así que Frank decidió no perder su tiempo e intentar sonsacarle toda la información posible.

 

- Mira, lo que realmente me interesa es una chica, se llama Michelle, y está  relacionada con el proyecto Swan, es rubia, y parece influyente.

 

- Si querías una chica ¿por qué no te fuiste con la otra?

 

Su tono empezaba a sonar hiriente, pero Frank parecía no darse por vencido.

 

- No me estás entendiendo, necesito saber quién es, mi vida depende de ello. Estoy en un gran lio.

 

- ¿Y quién no?

 

Le dijo ella con voz altiva.

 

- ¿Sabes algo de ella si o no?

 

- No conozco a ninguna Michelle, o al menos no con ese nombre.

 

- ¿Qué quieres decir? Te rogaría que no te andaras con rodeos.

 

- Entonces creo que te interesará saber lo que te voy a contar. Juraría que no tienes ni idea de donde estas metido.

 

Por fin un poco de ayuda, pensó Frank.

 

- Oh, genial, ilústreme.

 

- El proyecto Swan es un informe sobre los acontecimientos del 7 de mayo de 2012, el informe original cuenta la versión no oficial y más cercana a los hechos que causaron la muerte de más de 500 viajeros del tren expreso Bern Copenague. Quizás recuerdes algo de eso.

 

- En absoluto.

 

Frank empezaba a creerse realmente ignorante.

 

- Oficialmente fue un atentado terrorista, que más adelante desencadenaría la guerra de las patentes con china.

 

Frank sabía pocas cosas, pero las pocas que conocía se las sabía muy bien.

 

- Nunca hemos estado en guerra con china.

 

- Claro, jamas se le informó al pueblo americano de esa derrota.

 

Aquello sonaba cada vez más surrealista.

 

- Mira, empiezas a hablar en un idioma que no entiendo.

 

- El proyecto Swan, es la corrección de este informe. Se basa en las declaraciones de un soldado, el único superviviente de la tragedia, fueron tomadas como declaración en una comisaría en Bermond, Francia, dos semanas después del incidente, el 23 de mayo de 2012, el día del fin del mundo.

 

- Eso es lo más absurdo que he oído jamás.

 

Ella acostumbrada a aquella reacción decidió no tomarla en cuenta.

 

- En este informe se asegura que el incidente fue el encubrimiento del secuestro al líder supremo de la resistencia a la invasión y el inicio de la plaga que asolaría Europa.

 

- ¿Qué dices?? invasiones, plagas... amiga, esta claro que tienes mucha imaginación.

 

- El proyecto Swan fue desechado por el gobierno Alemán y robado de las dependencias francesas ese mismo día. Quince años después un grupo de seis personas asaltaron la sede nacional de control de plagas en Toronto, con la misión de robar ese informe.

 

- Vale, y suponiendo que todo eso fuera cierto y tuviera algún sentido ¿por qué me lo cuentas a mí?

 

Una sombra cruzó sus ojos, su mirada se volvió turbia, alejada, ella se llevó la mano al pecho y empezó a buscar algo, su mano se tornaba inquieta, hasta que pareció encontrar lo que estaba buscando.

Control de plagas.... Sólo tres palabras resonaban en la mente de Frank, tres palabras que por ahora eran las únicas que parecían encajar, aunque no tenía ni idea de cómo. Pero por supuesto intentó ocultar toda reacción al oírlas, no tenía muy buenos recuerdos de esos lugares.

 

- El informe resultó gravemente dañado en su extracción y cinco miembros del grupo fueron apresados. Dos semanas después se les encontró entre las victimas de un accidente aéreo en Noruega, junto con otras 300 personas más, fueron acusados de terrorismo y sedición. Sus familiares, sus amigos, todos fueron despojados de sus derechos, encarcelados y expuestos a la opinión pública.

 

- ¿Dónde está ese informe?

 

Preguntó Frank.

 

Ella sacó un trozo de metal quemado, lo llevaba en una cadena de plata, y era bastante insólito, había sido muy deformado y su forma original era todo un misterio.

 

- Esto es todo lo que queda de él.

 

Los ojos de Frank se abrieron aún más, aquello había pasado de surrealista a tremendamente inquietante...

Motel Charlotes

William había perdido la noción del tiempo. Seguía tirado en el la cama castigándose por lo que acaba de hacer. Estaba atrapado en un estado al borde de la inconsciencia pero lo suficientemente cuerdo como para repugnarse a sí mismo. Tenía los dedos de manos separados unos con otros, para evitar el contacto entre ellos, pues estaban impregnados de sangre. Tenía una vaga visión del techo, pero en su mente estaban los ojos de Adam, esos ojos fríos y muertos que miraban al infinito.

Desde la distancia le llegaban sonidos confusos a los que no prestaba la menor atención.

No podía quitar de su mente el olor, el olor a muerte. Intentó moverse, pero no pudo. Intentó incorporarse pero no consiguió agarrarse a ningún sitio, se vio en el espejo y casi volvió a vomitar allí mismo.

La habitación se llenó de luces, había voces que reclamaban su atención inútilmente. Se imaginó a si mismo mirándose desde el techo. Su cuerpo tendido y deformado por los golpes le era totalmente irreconocible, su visión de si mismo ahora distorsionada por la de un asesino le estaba desangrando el alma.

La puerta se vino a abajo y a penas pudo distinguir si era su imaginación o la realidad hasta que le pusieron las esposas.

 

- Queda arrestado por asesinato. Tiene derecho a permanecer en silencio. Todo lo que diga podrá ser y será utilizado en su contra ante un tribunal. Tiene derecho a consultar a un abogado y a que éste esté presente durante el interrogatorio. Si no puede pagar un abogado se le asignará uno de oficio.

 

Sus ojos volvieron a la realidad sólo un instante, el mismo en que era encarcelado por el acto más atroz de toda su vida. Y era culpable.

 

Escrito por:

illanos y Diana_xfiles

 

Editado por:

Scu

Idea Original:

Equipo FH:

Maitote,

Alhana,

Cassttao,

Scu,

illanos

y Diana_xfiles.

Agradecimientos:

            A Lady Dedlock, Clarice S, Fley, casttao y maitote por el magnifico casting.

Disclaimer: 

Muchos de los personajes aquí utilizados pertenecen a Chris Carter y/o la Fox. Este relato es sin ánimo de lucro, y sólo con el afán de entretener.