Velocidad, aceleración, colisión entre dos cuerpos de masas ingentes a
gran velocidad.
El tiempo transcurría de forma frenética, acelerándose en sus
pupilas y
deteniéndose en su cerebro.
No podía creer lo que estaba sucediendo. Toda su ropa teñida
de rojo. Inmensas manchas de coloraciones agrias atravesaban
su espectro
dejándole un
sabor amargo en la garganta.
Ya no
distinguía la sangre del sudor.
Los coches de
la autovía casi rozando su jadeo,
teñían de inseguridad
cada instante.
Aquella
representación vulgar se duplicaba como un espejismo.
Imágenes
entrecortadas y superpuestas intercalaban la presión de sus
arterias.
Su
corazón palpitaba a la velocidad de la luz, mientras las
sombras les
acechaban expectantes.
Su aliento
yacía a la altura de su rodilla.
La contemplaba
mientras la muerte la arrebataba de entre sus brazos.
Justo, cuando
robaba el último soplo de vida.
Gritaba pero su
voz se oía lejana.
Permanecía
inmóvil mientras sus palabras se perdían por el
asfalto.
Era un hombre
valiente, pero aquella situación nublaba su juicio.
En el silencio
de la penumbra, lloraba resignado por perder el pulso
entre el comienzo y el fin.
¡Dichosa
paradoja.!
Exposición
de Arte Moderno
New
York Gallery.
Hacía
tiempo que había dejado de nevar en Nueva York. Era una
noche
fría pero despejada, mostrando un cielo desnudo lleno de
estrellas.
El skyline de Nueva York
recortaba la vista de la periferia, escondiendo los suburbios, dando la
sensación de total aislamiento.
Se encontraban
dentro de una caja de música en
un mundo totalmente aséptico y limpio de la suciedad que los
asediaba cada día.
Justo en el
centro, dentro de uno de los gigantes de cristal, se encontraba
un ajetreado pasillo con
personas por todas partes.
Muchas
comentaban los cuadros expuestos en la pared, otras se limitaban
a hablar entre ellas, ajenas a otra cosa que no fuera el sonido de sus
propias
palabras por encima de las voces chillonas.
Había
personas que miraban sin entender y otras que simplemente estaban
allí porque creían que era su deber.
Todo el
conjunto formaba un barullo demasiado grande para poder
disfrutar del momento íntimo de encontrase solo ante la
belleza de la reciente
creación.
Aquellos
cuadros aún se estaban secando y rezumaban vida por cada uno
de sus pigmentos todavía brillantes.
Si uno se
acercaba lo suficiente, podía
mancharse las manos del jugo primigenio de la vida
que desprendía el
óleo aún fresco, o percibir el
olor intenso de la trementina. Aquellos cuadros
derramaban vida sobre todo aquel que estuviera dispuesto a mancharse. A
dejarse
atrapar.
Aquellos
cuadros estaban vivos.
Y
sólo una mujer parecía darse cuenta.
Ella miraba
intensamente cada lienzo, cada pincelada, queriendo
descubrir la vida oculta en este arte moderno que embaucaba sus ojos.
Algunos eran
sólo brochazos, otros, puro sentimiento.
Caminaba
deteniéndose en cada una de aquellas obras de arte y una vez
frente a ellas, las examinaba hasta la extenuación.
Parecía
ajena al ruido, sola entre la multitud.
Sus ojos,
extasiados, le permitían alejarse de todo lo
demás. Tan sólo
un mundo de sensaciones colgado en la pared.
Cada paso que
daba era diferente al anterior, e impredecible el
siguiente.
Algún
tiempo después, se abrió camino hacia la terraza
solitaria de
aquel rascacielos.
Abrió
la puerta sin meditaciones.
Un soplo de
aire fresco y silencio la cautivó el mismo instante que un
escalofrío recorrió su espalda. Había
algo más allí.
Él
estaba apoyado en la pared, de cara a las impresionantes vistas. De
espaldas a ella. Su figura parecía esculpida por las propias
manos de un
artista obsesionado con la perfección. Su pose, hasta el
milímetro estudiada,
parecía sin embargo del todo descuidada, pero igualmente
atrayente. Su ropa,
sus manos, sus ojos ocultos. todo en él gritaba a cualquiera
que quisiera
escuchar que se encontraba ante la mismísima
perfección.
Ajeno a estas
reflexiones, él parecía inmerso en su labor,
creando,
pensando, o simplemente descansando su creatividad al borde de un
acantilado de
cristal sobre una selva negra, metálica y hostil que le
contemplaba amenazante.
Ella no
dudó en colocarse a su lado, observando lo que
él. Su sola
presencia ya llenaba toda la terraza.
Abajo,
sólo coches diminutos en grandes atascos, que cobraban
interés y
belleza bajo su mirada. Personas con prisa yendo por la gran avenida.
Árboles
del parque bailando al son del viento. En definitiva, la vida en
esencia. Esa
gran desconocida que aún cuando nos golpea, seguimos amando.
Él
tardó unos segundos en percatarse de su presencia y
empleó otros
tantos en contemplarla. Su pelo largo y dorado se agitaba pausadamente,
y sus
ojos, azules profundos, no tardaron demasiado en vislumbrarle. Bajo su
mirada
se abrieron, como si de una flor se tratara, todos sus encantos ocultos
reservados sólo para algunos.
Ella
necesitó un poco de tiempo para encontrar las palabras y
él le
agradeció en silencio la oportunidad de contemplarla un poco
más.
-
¿En busca de
un poco de paz.? –preguntó
ella.
- No me gustan
las multitudes –responde en tono
tajantemente.
- Y menos cuando
hablan de ti… –y deja
entrever una sonrisa.
- Veo que no
te resulto del todo desconocido –dijo
sonriendo.
- Es
difícil
no reconocerte siendo tu exposición.
-
Debí
suponerlo –respondió
quitándose parte
del mérito.
Un silencio
incómodo les separa y él aprovecha para
contemplarla a su
antojo. El color dorado de su piel hacía juego con sus
cabellos rubios.
Pero su ego
llamaba gritos a la puerta de sus dudas.
-
¿Te gustó? –preguntó,
decidido.
Ella
asintió con la cabeza
- He de
felicitarte –dijo
mirándole
intensamente.
- Gracias
–respondió sin
apartar la mirada.
Parecía
una mujer decidida.
- Si te soy
sincera, no esperaba tanta profundidad. Tus cuadros dicen mucho.
- Eres la
primera que lo piensa –dijo sonriéndole
con sorpresa.
Ella
esbozó
una mirada cómplice.
- Estoy
convencida de que tú también estás de
acuerdo.
Aquella inyección de autoestima
provocó
cierta inquietud en él.
La
miró confundido. En cierto sentido violento, pues
parecía haber
desvelado parte de su intimidad,
algo que nunca antes nadie había visto. Como si de un
mensaje oculto en sus
lienzos se tratara y ella parecía haberlo descifrado.
- Tú
-su pregunta no pudo ser formulada.
Un hombre de
unos 35 años irrumpe en la terraza.
-
¡William,
por fin! ¡Llevo una hora buscándote! -hay
verdadero alivio en su tono de voz.
A veces resulta
imposible eludir responsabilidades y mucho menos si
éstas vienen a buscarte en forma de amigo enfadado.
William
preguntó en tono seco.
-
¿Qué quieres
Frank?.
- Te buscan
abajo. ¡¿Nadie te ha dicho que el pintor no debe
irse el día de su exposición?!
–dijo con una mirada firme y tono
severo.
Él
miraba a la mujer, contrariado, casi suplicando que ella ignorase al
visitante y siguiera en el punto exacto donde estaban antes de que les
interrumpiera. Pero no dijo nada de eso. Ya había recobrado
la compostura a
pesar de seguir ocultando cierto misterio en su mirada.
Arrastrando las
palabras, se dirigió a ella.
- Lo siento,
he de irme.
- Ha sido un
placer –concluyó ella, proyectando fijamente hacia
ella el azul de su mirada. Se
alejó con pasos pesados en busca de sus
compromisos.
La mujer lo vio
desaparecen por la puerta acristalada. De pronto la
terraza le pareció enorme.
Por el pasillo,
Frank le miraba con intención de sonsacarle. Pero en
vista del poco éxito, decidió preguntar.
-
¿De vuelta a
las andadas? –Pero fue como si le hablara a la pared. No se
sorprendió, no era ni mucho
menos la primera vez.
-
¿Qué?
–Preguntó volviendo en si.
- No
sé por
qué me molesto –resopló Frank.
Aceleraron el
paso hacia la sala de exposiciones.
11.21 de la
noche
Una mujer de
pelo castaño entró corriendo en el edificio.
Llevaba un
moño perfectamente recogido, y unas zapatillas de ballet al
hombro. Iba a toda
prisa por los pasillos, casi dejando sus talones atrás.
Al llegar
encuentra a William frente a uno de sus lienzos.
-
¡Hola
cariño! –dice a la par
que le da un
tierno beso en los labios.
- Siento
llegar tan tarde pero ya sabes como son los del ballet.
Él
le quitó
importancia.
- Tranquila,
tampoco te has perdido mucho.
- No seas
modesto. Sé que ha ido muy bien –respondió
ella con una sonrisa. Él la miró pensativo.
- Lo cierto es
que mejor de lo que esperaba.
-
¿Has vendido
alguno? –pregunta rebuscando en
el
libro de cuentas.
- Si te soy
sincero no tengo ni idea, volví a escaparme a la terraza.
Ella le mira en
tono de reproche y vuelve a clavar su mirada en las
actas.
- ¡Oh
dios
mío, Will! ¡Los has vendido todos!
-
¿Cómo?
-
Sí, fíjate
aquí –dice
señalando con el dedo hacia
el albarán.
- Todos
comprados por WM. ¿Tienes idea de quien es?
- Ni la
más
remota, ya te dije que no he estado muy atento.
Oficinas del
FBI. Nueva York
Aquel hombre
parecía cansado. Permanecía pensativo recostado
sobre su
cómoda silla de oficina. Sus manos reflejaban el paso del
tiempo, y su pelo
gris el desgaste de toda una vida.
Su mirada, azul
se dispersaba por la sala. Su mente trabajaba deprisa.
Recordaba que una vez durante su entrenamiento en los marines se
pasó tres días
en cuclillas sin moverse un solo ápice para no ser
descubierto. Seis marines de
su misma academia guardaban el perímetro, y él se
mantuvo invisible y quieto
durante tres días a tres metros de su objetivo, sin perder
la paciencia.
Durante esos tres días llovió, hizo
frío, mucho sol y le picaron innumerables
insectos en todo el cuerpo, pero nada de eso le hizo moverse si quiera
un
poquito. Las piernas le dolían tanto que apenas las
sentía, pero cualquier otra
posición le habría delatado. Todos sus
compañeros habían sido eliminados del
juego, todos se habían precipitado, todos habían
fallado, sólo quedaba él y
seis enemigos. Durante tres días sin dormir a tan poca
distancia de su objetivo
nunca perdió la calma. Más tarde se
enorgullecería de ello y se lo contaría a
sus hijos y estos a sus nietos.
Ahora sin
embargo todo era diferente.
Se
sorprendió a si mismo riendo nerviosamente recordando
aquella
batallita al tiempo que rebuscaba entre el papeleo de su oficina,
haciendo
tiempo hasta que el teléfono se dignara a sonar.
Tenía ganas de descolgar el
auricular y gritar a su secretaria, pero eso no sería nada
apropiado siendo el
director del FBI.
El sudor
recorría su frente, era pegajoso, espeso y apestaba a
nerviosismo. Odiaba el nerviosismo, los hombres temperamentales como
él no
podían permitirse tal lujo, y menos con algo tan importante
como esto.
Llevaba
años esperando, era prácticamente el motivo de su
lucha por
convertirse en un pez gordo del FBI. El prestigio y demás
condecoraciones
banales ya no le importaban como antes.
Todo era por el
nivel privilegiado de acceso a la información.
Largos
años de informes y de investigaciones, de puertas cerradas,
de
impotencia se veían recompensados ahora que había
llegado tan lejos. Y por fin
hoy era el día, la primera miguita de pan que le
llevaría a la casa de
chocolate donde se guardaban todos los caramelos.
Curiosamente
esta vez, sabía que la información no le llegaba
por su
cargo, sino por quien era él.
El segundero
del reloj parecía querer burlarse de él yendo
cada vez más
despacio, pero él se consolaba pensando que cada segundo que
pasaba le
acercaban más al último. Aquella espera le estaba
matando. Pero era necesaria.
Abrió
el cajón de nuevo; la carpeta estaba tal y como la
había dejado
hace cinco minutos. Volvió a abrirla por la primera
página. Una gran etiqueta
con un sólo nombre:
Gibson Praise.
Dos horas
después devolvió la carpeta a su lugar,
sabía que se le
escapaba algo. Casi podía sentir el sabor en la punta de la
lengua. Podía
saborearlo y eso le ponía furioso. Rebuscó entre
los demás ficheros. Varias
notas cayeron al suelo obteniendo una mirada piadosa por su parte. Se
agachó
pausadamente a recogerlas mientras las miraba embelesado,
quizás algo de
trabajo le mantendría despejado. Lo cierto es que
últimamente no había
demasiado trabajo y sin embargo el mundo iba cada vez peor.
No
tardó mucho en volver a quedarse mirando al
teléfono, si éste
hubiera sido consciente de su mirada, se hubiera puesto a sonar
compulsivamente, pero no, se mantenía quieto, silencioso,
sin moverse nada en
absoluto.
Permaneció
largo rato mirándolo fijamente. Pero su súplica
silenciosa
no obtenía respuesta.
Era tarde y
necesitaba un café, quizás al fin y al cabo no
fuera la
llamada que él había estado esperando.
Quizás tendría que esperar más.
Se
levantó de su silla y se dirigió a la puerta.
Durante un instante se
mantuvo quieto con la mano en el picaporte, sin ni siquiera respirar.
Rígido
como un muro, atento como un árbol que se deja mecer por el
viento.
Descolgó
el teléfono casi antes de que el mecanismo del timbre se
activara.
Era ella.
La primera
miguita de pan estaba bajo sus pies y ningún cuervo
podría
arrebatársela.
----------------------------
William
pedaleaba con fuerza.
El asfalto se
deslizaba veloz bajo las ruedas de su bicicleta. Sus
piernas aplicaban la fuerza necesaria en cada pedaleada para que la
rueda
delantera de la bici se despegara momentáneamente del
asfalto dándole esa
sensación de continua aceleración y
desaceleración que le encantaba.
Le gustaba
pedalear de pie, le permitía ir más
rápido y su tiempo de
reacción ante los obstáculos (personas, coches,
bordillos) era valiosamente
efímero.
Le encantaba el
riesgo.
Adelantar a los
coches en los atascos, saltarse los bordillos y sentir
aquel primer contacto con el suelo suavizado por la
amortiguación delantera. Le
encantaban los pasos de cebra y las miradas de las chicas cuando pasaba
a su
lado con aire despreocupado.
Le gustaba
tremendamente su bici y estaba orgulloso de su control sobre
ella.
La ciudad
contemplaba su estela mientras él la recorría a
la mayor
velocidad posible. Solía tararear mientras esperaba en los
semáforos canciones
pegadizas que había oído antes de salir de casa.
No sabes por
qué pero las melodías más
estúpidas son las primeras que
no puedes sacarte de la cabeza. Ésas y las canciones de
Navidad, pero nunca
hace demasiado frío como para querer cantarlas.
Todos los
días cambiaba de ruta. Resentía su puntualidad, pero le gustaba ser
espontáneo.
Aprovechó
el semáforo para ir hacia el quiosco más cercano
y
descargarse en su memoria portátil la prensa del
día. No hay nada mejor que
saber lo mal que va el mundo para que aprecies lo normal y mundano de
tu vida.
Aprovechó y se descargó también el
complemento de moda. Con lo que había ganado
en la exposición, bien podría permitirse algo
sexy para su novia.
Su continuo
déficit de atención y sus constantes devaneos la
tenían un
poco cansada, y no lo podía permitir. No ahora.
Entre
pensamiento y pensamiento fijó su mirada en el horizonte.
Todo
parecía tranquilo. Una nueva jornada ante él en
la que poder superarse. Un
nuevo día, un nuevo sol. Aquello le encantaba, le
hacía sentirse vivo. Y todos
los días daba gracias a su profesión.
No
sabía porqué, pero se sentía contento,
con fuerzas. Podría comerse
un jabalí entero de una sola sentada, si hacerlo no se
considerara un crimen
contra la naturaleza. Sentía como el mundo vibraba bajo sus
pies en resonancia
con su alma.
Quizás
todo se debiera únicamente a una bonita mañana.
Pero merecía la
pena.
Volvió
a la calzada y comenzó a tararear otra vez esa
melodía. El
tráfico no avanzaba, pero él no formaba parte de
el.
De repente algo
no iba bien, algo estaba mal.
Apretó
los frenos y la bicicleta se clavó en el sitio, su bonita
mañana
se acababa de arruinar como la camisa del hombre que sujetaba a la
mujer que
yacía en el suelo.
Se
tomó un instante para quitarse el casco y acto seguido la
rutina de
médico se adueñó de su ser.
-
¡Por favor,
déjenme pasar!, Soy médico, por favor dejen
sitio, despejen la zona para que la
ambulancia pueda llegar lo mas rápido posible.
Se
acercó a la victima. Un hombre de unos sesenta y cinco
años le
sujetaba la cabeza a la mujer. Se estaba desangrando y presentada
múltiples
orificios en el resto del cuerpo.
Era
extraño, el hombre que la tenía entre sus brazos
no la miraba como
un padre desolado. Había
angustia en su
rostro, de esa misma que aparece cuando esperas algo de la otra
persona. Sí,
parecía querer algo de la chica, pero desde luego no le
sacaría nada en su
estado.
William se
arrodilló y se apresuró a comprobar sus
constantes vitales.
No duraría mucho sin ayuda.
El hombre que
la agarraba no pareció darse cuenta de su presencia hasta
que William le obligó a que dejara de atosigarla con
preguntas estúpidas.
-
¡¿Qué le ha
pasado?!
Estaba claro
que la mujer había sufrido un golpe tremendo, y a juzgar
por aquellos hematomas y el cúmulo de hemorragias todo
apuntaba a un atropello.
-
¿Es usted
medico? –preguntó con aspereza el hombre.
Por un momento
William se planteó en decirle que no era de buena
educación responder a una pregunta con otra, pero debido a
que aquel hombre
parecía ser mas fuerte que él, y desde luego no
era un mar de serenidad,
decidió responder a su petición.
-
Sí, trabajo
en el Memorial. ¿Puede
decirme que
ha ocurrido exactamente?
-
¡¿Es que no
lo ve?! ¡La han atropellado, y se han dado a la fuga!
El hombre le
miró fijamente para captar su atención y le hablo
en tono más bajo.
-
Escuche, ella es
una testigo protegida,
soy del FBI, director del FBI –dijo con
mirada elocuente -la necesito viva, ¿me
entiende?
Volvió
la cara hacia la mujer.
-
¡Vamos
Susan! ¡Aguanta maldita sea!
William se
tragó la réplica ácida para
después, si ese tipo era
director del FBI él era el mismísimo doctor
Fleming.
Aún
así decidió aplazar cualquier
conversación pendiente para cuando la
chica dejara de sangrar.
La mujer
respiraba con dificultad, seguramente no le quedaría una
costilla
sana en su caja torácica, pero era la herida en la cabeza lo
que más le
preocupaba.
-
¡Necesito
que vaya a buscar algo para tapar esta herida!, ¿ve la
mochila junto a la
bicicleta? Dentro hay una toalla, vaya allí y
tráigamela.
El federal
pareció dudar por un segundo, pero la mirada autoritaria de
William proyectó en él una orden silenciosa.
Con una
delicadeza casi paternal dejó la cabeza bajo su chaqueta. No
había terminado de incorporarse cuando la mano de ella se
aferró a la suya con
tal fuerza que casi le hace caer.
La mujer
había pasado de estar en un estado de semi inconsciencia a
estar totalmente despierta.
Su mano se
aferraba con fuerza a su brazo incluso mucho después de que
empezaran las convulsiones.
Allí,
tendido en las calles de Nueva York, agarrando las débiles
piernas de la que pretendía ser su confidente, con su camisa
de los martes
empapada de sangre y la fuerza del sol
ensañándose en su nuca, el hombre del
FBI pudo sentir con todo su peso el significado de la palabra
impotencia.
Las sirenas
empezaron a sonar unos instantes antes de que entrara en
parada. La mañana del doctor William se había
arruinado, pero desde luego no
estaba dispuesto a perder a su primer paciente diez minutos antes de
que
empezara su turno, no, eso no. Hoy no.
En la
ambulancia continuaron con la reanimación durante dos
minutos
más, el pulso era débil pero estable, estaba
entubada y amarrada, y durante
todo ese tiempo ella no había dejado de agarrarle la mano a
aquel hombre.
No
tenía fuerzas para respirar, su brazo izquierdo estaba roto
al igual
que sus dos piernas y la mayoría de los huesos de su cuerpo,
pero eso no
parecía significar nada. Tenía los ojos cerrados
desde que comenzaron las
convulsiones, había sangre en sus labios y los cortes de la
frente habían dejado
de sangrar. El auxiliar le estaba conectando la segunda unidad de
sangre y
William se esforzaba devanándose los sesos para intentar
averiguar el alcance
de las lesiones internas.
Estaba tan
absorto que el director del FBI tuvo que darle un suave pero
urgente empujón para que se diera cuenta de que ella
había abierto los ojos.
Era evidente
que quería decir algo, pero no podía estando
entubada.
El hombre del
FBI le miró, pero William le respondió lanzando
otra
mirada aún más amenazadora.
- Si se lo
quita, morirá–dijo
para despejar
cualquier duda.
Como un
relámpago, el brazo de ella volvió a cobrar
fuerza. Más que un
movimiento fue un espasmo, levantó su brazo y
también el del director, y lo
mantuvo allí durante un segundo.
Iba a sufrir
otro ataque.
Empezaron a
sonar todas las alarmas, se les iba otra vez, y ahora, iba
en serio.
El auxiliar ya
estaba cargando el desfibrilador y él ya tenia el gel
para las palas en sus manos. Pero no llegaron funcionar.
- No lo
entiendo, ¡no funciona!
-
¡¿Qué?!
¡Vamos tío no me jodas!, ¿Donde
está el de repuesto?
El auxiliar
respondió con desesperación.
-
¡Éste es el
de repuesto!, ¡ninguno funciona!, ¡los
comprobé al salir, no lo entiendo!
William
tiró con todas sus fuerzas el maldito gel inútil
y éste rebotó
dos veces en las paredes de la ambulancia antes de perderse en el suelo.
No era justo,
no era justo.
-
¿Cuánto
queda para llegar al hospital?
-
¡Tres
minutos! ¡Cinco como mucho!
Su mirada lo
decía todo. Él ya lo sabía, estaba
muerta, sin reanimación
no tenían nada que hacer.
Desconectó
los aparatos de lectura y miró con impotencia hacia el
techo.
Era
inútil.
William se
volvió hacia la chica. Tenía los ojos abiertos y
miraban
fijamente al hombre del FBI.
Él
la miraba con lágrimas en los ojos, lágrimas de
furia e impotencia.
Sabía que los culpables, seguramente quedarían
impunes.
William
apartó la mirada y se dispuso a cerrar los ojos de la chica,
toda la ciencia a su alcance y se había ido a la mierda por
unas baterías. Toda
su mañana a la mierda!
Los ojos de la
chica ya no miraban al agente del FBI, miraban más
abajo, hacia su mano. Sus ojos se habían movido.
Sus labios se
movían sin emitir sonido alguno salvo el de sus dientes
mordiendo el plástico del tubo que se metía por
su garganta. Quería decir algo,
y ¡dios! la salvaría para que pudiera contarlo.
Su mano
alcanzó instintivamente la suya y de un solo movimiento, el
botón de encendido de los aparatos de lecturas
pitó pausadamente.
El latido
era apenas un susurro, pero como el ruido de fondo de una
grabación en vinilo,
no importa que no lo escuches, sabes que esta ahí.
No estaba
muerta.
Una sonrisa se
dibujó en la cara de William.
Una
mañana que había empezado así, no se
iba a arruinar tan fácilmente.
William se
volvió hacia el conductor.
-
¡Maldita
sea, pide un quirófano inmediatamente!, Diles que el doctor
Van de Kamp ha
llegado a casa y que trae una chica que salvar. –Su
tono, no carente de sorpresa, transmitía orgullo.
Hospital
Memorial
La ambulancia
frenó por primera vez delante de la puerta de urgencias,
tres enfermeras y dos médicos esperaban para llevarla a
quirófano y una más
para ayudar al doctor William a cambiarse y esterilizarse para la
operación.
Mientras se
daban los partes con el estado de la joven, su acompañante
del FBI escuchaba atento las predicciones.
William
disponía a irse tras la camilla cuando una mano se interpuso
en
su camino. El hombre le agarró fuerte del brazo. Su mirada
transmitía
desconcierto y preocupación.
-
¿Es cierto
lo que han dicho?, ¿Que se va a salvar?
-
Sí, ¿por qué
no? señor director del FBI –respondió William
con aires de Grandeza.
- Me llamo
John Doggett, y espero que sea cierto –dijo
en tono serio
William hizo un
amago de saludo militar
-
¡Sí señor! Y
si me disculpa –dijo apartando la
mano
de John Doggett que aún le agarraba con fuerza,
yo también tengo vidas
que salvar. Y desapareció tras
la
puerta de urgencias.
Desde luego no
estaba dispuesto a tragarse que ese tipo era quien decía
ser, pero quizás debería empezar a prestar mas
atención a las noticias del
periódico y menos a los anuncios de lencería.
Dentro todo era
frenético, aunque al igual que dentro del termitero,
todo se movía como si fuera una sola masa inteligente. Salvo
por los familiares
histéricos que divagaban sin rumbo por las salas de espera,
rezando a dioses
que parecían no escucharles.
Era un gran
hospital, uno grande, verdaderamente grande. Sólo la
población médica ya llegaba para poblar una
pequeña ciudad y eso sin contar a
las enfermeras, auxiliares, técnicos de mantenimiento,
conserjes, celadores y
limpiadoras. Había cinco cafeterías, dos
restaurantes y cincuenta cuartos de
baño. El hospital vivía en turnos de doce horas,
había personas que llevaban
trabajando en el mismo edificio durante diez años y ni
siquiera se reconocerían
por la calle.
Los
médicos, siembre corriendo de acá para
allá con algo que hacer.
Siempre con esa mirada de cansancio y de eficiencia pensando en su
último
paciente (y en las últimas Navidades que no pasaron con sus
hijos, novias o
madres.) Siempre rodeados por un cúmulo de enfermeras muy
bien organizadas
dispuestas a ganarse el sueldo.
Un buen
hospital que empleaba el treinta por ciento de su presupuesto
anual en pactar demandas de los pacientes. Un buen hospital que no
tocaba a
nadie a no ser que tuviera seguro. Un sitio donde estar a salvo si
recibes un
disparo si perteneces a la clase alta de la sociedad o tienes
suficiente
efectivo en el banco.
William
podía ver su cara reflejada en el suelo. Le gustaba, porque
le
devolvía la sonrisa.
La
intervención había ido perfecta. Llegó
con la operación ya empezada
y se fue antes de que terminaran. Él sólo se
ocupaba de las cosas importantes.
Abrir y cerrar era trabajo de los demás.
Los
daños internos no eran tan graves como él
creía. Desde luego no
había una costilla sana, pero ninguna había
atravesado el pulmón como temía.
Los órganos internos estaban afectados, pero se
recuperarían antes de que le
quitaran los yesos de las piernas. Todo había ido perfecto
salvo algunos fallos
en los sistemas eléctricos. Nada importante, pero algo
molesto.
Aquel Dogbert,
o como se llamara, podía arrodillarse agradecido. Un
tipo con suerte. Si la hubiera juzgado por como pintaba cuando
él la encontró,
desde luego no habría apostado ni un centavo por ella.
Pero desde que
estaba en aquel hospital, había aprendido dos cosas: las
enfermeras eran fáciles y las cosas nunca eran lo que
parecían, tal y como el
clima: cambia rápidamente y te pilla siempre sin ropa de
abrigo.
Fue a su
despacho, se puso la bata con su nombre perfectamente bordado,
y salió al pasillo. Esto no había echo mas que
comenzar.
De pronto, sus
ojos se iluminaron. Vio algo por el rabillo del ojo que
le llamó la atención, pero no fue su cerebro el
primero que respondió ante
aquel estimulo.
No le hizo
falta un segundo completo para reconocerla. La había visto
sólo durante cinco minutos, pero sería capaz de
esculpir su rostro completo en
mármol con cincel y una maza de madera.
Su mirada
profunda y su cabello dorado la delataban allá donde fuera.
En la
antigüedad las mujeres importantes mandaban a sus
súbditos ir delante
de ellas para que la gente supiera que llegaban. En este caso, sus
súbditos
eran sus ojos y éstos le atraparon antes de que pudiera
darse cuenta de la cara
que se le estaba quedando.
Pero se
sobrepuso. Él la miró sorprendido y ella le
correspondió con
confusión. Se acercó a él, no
tenía otra alternativa, pero por supuesto fue
William el que habló primero. Había que compensar
la balanza.
- Bienvenida a
mi humilde morada, ¿me esta usted siguiendo? –dijo seguro de si mismo y con aire despreocupado.
- Hola.
–respondió
sorprendida.
-
Así que
trabajaras aquí –dijo
ella permitiendo
que sus mejillas se ruborizaran un poco, sólo lo suficiente
para que él supiera
que en realidad, era una feliz coincidencia.
- No, es
que... me gusta venir disfrazado de médico
–respondió en tono
burlón estirando su bata blanca que dejaba bien visible el
‘doctor’ de su chapita.
Ella
miró hacia abajo sonriendo, dándose cuenta de lo
absurdo de su
pregunta.
- Y... bueno,
¿qué haces tú aquí?
¿Estás bien? ¿Te ocurre algo?
- No,
sólo es un
chequeo rutinario, ya sabes –respondió
nerviosamente-, médicos, batas, agujas... lo de
siempre –sonriendo.
Miró
hacia sus ojos sin desdibujar la sonrisa de sus rostro
¿Había
estado todo el tiempo tan cerca o es que la habitación se
había encogido los últimos
dos segundos?.
- Claro
-respondió asintiendo- y... ¿quién es
tu médico? Quizás yo podría... ya
sabes,
agilizar los tramites.
- Si no fueras
médico y no parecieras estar tan interesado en la salud de
sus pacientes,
podría malinterpretar sus palabras doctor.
–Había cierto tono
que no le acaba de gustar en esas palabras.
- Es curioso,
te tiras una noche examinando mis cuadros más personales y
te sientes incómoda
cuando yo invado tu
intimidad.
- Sorprendida,
más bien, o... halagada quizá.
–Pronunció sus
palabras a la par que deslizaba su dedo sobre la reluciente placa
el doctor Van de Kamp.
Él
aprovechó el arrebato de sinceridad para retomar una
cuestión
pendiente.
- Oye, la otra
noche hubo algo que no me quedó claro.
-
¿El qué? –respondió
ella rodeando su pregunta con un
halo de misterio sensual.
William la
miró intensamente, hablando sin palabras.
Una enfermera
se dirigió a él a toda prisa.
-
¡Doctor Van
de Kamp!, le necesitan en
-
¿Soy el
único médico del hospital o qué?
–Replicó
William con su característica ironía. La
enfermera Hathaway miró hacia arriba
aclamando clemencia por tener que lidiar día a
día con hombres así.
- No pongas
los ojos en blanco, Kate –dijo
William, mofándose de sus reacciones mientras se alejaba
detrás de ella sin
poner más resistencia. Era algo mecánico. Si te
llaman vas, no importa lo que
estés haciendo. Vas.
Pero su vuelta
no fue exactamente como esperaba.
El pasillo
estaba atestado de policías, todos con sus bonitos trajes
inmaculados hablando por sus móviles de última
generación.
La
habitación no estaba mucho más tranquila,
escoltados por dos hombres
bien corpulentos, las enfermeras y un médico probaban toda
su artillería sin
éxito.
Cuando
llegó no reconoció a su paciente. Desde luego no
estaba como él
la había dejado, porque él la había
dejado viva y ahora estaba cruzando el
túnel de luz
blanca.
A su paso todos
los aparatos dejaron de sonar rítmicamente para dejar
paso a un pitido constante muy familiar.
- Hora de la
muerte 10:05 pm –dijo con tono
cansando el doctor Foreman. Se había ido. No
había nada que hacer.
William no
podía creer lo que veía.
-
¿Qué coño ha
pasado aquí?
Para llevar
allí tan sólo siete años y ser uno de
los cirujanos mas prometedores
del hospital, se tomaba muchas confianzas con su jefe.
Demasiadas.
William se
giró hacia él en busca de respuestas.
- Una parada
cardiaca. Supongo que estudiarías eso en la facultad
–contestó el doctor
harto de sus subidas de tono.
- No me vengas
con esas, ¡yo mismo la examiné hará
unos 15 minutos y estaba perfectamente!
¿¡Cómo es posible?!
- Seguramente
la mató un colapso en su cerebro debido al traumatismo
craneal…
William le corta.
-
¡Vamos
Foreman! No puedes hablar en serio.
Una voz
imponente irrumpió desde la puerta.
- Espero que
no.
Ambos se
giraron sorprendidos.
William no pudo
evitar arquear su ceja al ver aquella imagen. Su placa
lo decía todo, ante él, el jefe de mando el agente John Doggett, y esta vez, sí que
parecía el mismísimo director del FBI.
Sin la camisa
manchada de sangre y con seis chupatintas a sus espaldas,
ese hombre bien podía ser el presidente de los Estados
Unidos.
Desde luego no
le sentó nada bien enterarse de que su testigo acaba de
morir.
-
¿Puedo
hablar en privado con usted? –le
preguntó Doggett. Ambos se retiraron hacia el pasillo
apartándose de la mundana
multitud.
- Necesito su
opinión como médico.
- ¿Y
bien? –contestó
William con una serenidad
superficial.
-
¿Qué cree
que la mató?
-
Necesitaría
una autopsia para confirmarlo pero - John le
interrumpió.
-
Hágala, –Aquella orden
nada sutil proveniente del
director del FBI le dejó sin palabras. Cuando quiso
reaccionar, su silueta se
esfumaba por el pasillo.
-
¡Señor
Doggett! –consiguió
finalmente decir
-
¿Sí? –respondió
casi sin mirarle.
- ¡No
soy
forense!
John le
miró tan sólo un instante y respondió
mientras retomaba su
camino.
-
¡Ese no es
mi problema! –afirmó
desde la lejanía.
Y de pronto, se vio a sí mismo inmerso en todo el proceso.
Sala de
Autopsias. Hospital Memorial.
Era bien
entrada la noche, y William había tenido que hacer malabares
para conseguir una sala disponible.
No
sabía por qué pero todo aquello le gustaba, y eso
que no tenía nada
que ver con las enfermeras del turno de noche, lo cual le
extrañaba. Tampoco
era el olor a formol ni la luz blanca de neón de la mesa de
autopsias, menos
iluminado que un quirófano pero más iluminado que
una consulta. Al fin y al
cabo nadie se iba a morir si la chafabas en la operación.
Además las sombras le
daban un aire más apropiado, como más
lúgubre, lúgubre pero limpio, una morgue
como otra cualquiera.
Es curioso, un
día te levantas siendo médico, y al siguiente te
acuestas trabajando para el FBI. ¿Es así como se
entra a trabajar para el
gobierno? Un día viene un tío con una placa y te
dice, hijo, el tío Sam te
quiere a ti. Y al siguiente acabas con un montón de objetos
afilados y una tal
Susan muerta en una cama de acero.
Lo cierto es
que esta escena era un poco dejavú puesto que él
mismo la
había abierto esa misma mañana, claro que la
diferencia es que antes estaba
viva y ahora no.
Mirando el lado
positivo, ya tenía una anécdota más.
Eso del deber y el
orden es algo irresistible para ciertas… ya lo estaba viendo
“¿sabéis que he
estado colaborando con el FBI?”, le faltó tiempo
para imaginarse relatando las
aventuras del joven doctor William y el federal.
Era consciente
de que no duraría mucho de súper
héroe, pero resultaría
divertido recordarlo. Sobre todo después de haber olvidado
el estropicio que
tenia delante.
Pensaba en
cómo iba a decírselo a Natalie, con lo que ella
opinaba
sobre el sistema, seguro que no saltaba de emoción.
Miraba a la
víctima indignado. Preguntándose cómo
la habían podido
perder. Los buenos médicos nunca están contentos
con los trabajos de los demás,
y los médicos excelentes nunca están contentos
con el trabajo de nadie.
El sonido de la
pesada maleta de metal contra el suelo consiguió
sacarle de sus fantasías. A este forense le gustaba trabajar
sólo con sus
herramientas. Era de los mejores, podía
permitírselo.
El forense
acababa de llegar y ya empezaba a desempaquetar
minuciosamente todo. Un hombre ordenado.
- Gracias por
venir, sé de lo precipitado. pero. –Lo
dijo de forma automática, sus palabras fluyeron de sus
labios sin pasar por su
cerebro, ni siquiera intentó parecer amable, el trabajo es
trabajo.
- No
sé en que
andarás metido, pero en el hospital hay rumores de todas
clases –replicó con
cara poco agradable.
- Eso no
concuerda con mi petición de discreción.
–Contesto Doggett desde el marco
de la puerta, lejos, manteniendo las distancias.
-
¿Usted
siempre arremete por sorpresa? –Preguntó
William desconcertado por su silenciosa aparición.
Doggett se
adentró en la sala de autopsias hasta situarse enfrente de
William.
-
¿Dónde está
la chica? –Preguntó
haciendo caso
omiso a las dudas del doctor. El forense buscaba en el
depósito, abriendo las
puertas metálicas y examinando las etiquetas identificativas.
- Debe de ser.
esta. Sí, Susan Galer, ¿verdad?
–Inquirió mientras
llevaba su camilla hasta la mesa.
- Y
díganme,
¿qué buscan exactamente? –Parecía que
le gustaba ser el que resolvía los misterios. Iba a ser una
noche larga, muy
larga.
- La causa de
la muerte.
Permaneció
pensativo unos segundos.
- Dígame
doctor Van de Kamp ¿Qué habría hecho
usted
para que pareciese muerte natural?
-
¿Qué?.
¿natural?. Habría esperado un par de
años, las que no miran al cruzar son
reincidentes.
Doggett le
miró con esa expresión de
“cállate” que le hizo frenar en
seco.
- Pues no
acostumbro a hacer esas cosas. Más bien todo lo contrario,
pero supongo que lo
más convincente hubiera sido ponerle un
barbitúrico de acción rápida como el Pentobarbital, con una aguja
hipodérmica muy fina para que fuera casi imposible detectar
la marca.
Doggett
asintió como si esperara oír esa misma respuesta.
- Compruebe si
tiene signos de algún pinchazo –respondió
Doggett.
-
¿Piensa que
fue envenenada? –preguntó
el forense.
-
Sí, y
también que mi testigo trataba de decirme algo. No
sé muy bien pero creo que
relacionado con algo que llevaba.
- Ahora lo
veremos. –Dijo el forense,
como si fuera un niño
pequeño en Navidad
antes de abrir la bolsa de regalos. Y acto seguido conectó
su grabadora y
comenzaba su examen externo.
- La
víctima
muestra fuertes hematomas provenientes de una grave
colisión. No hay señas de
estrangulamiento, ni pinchazos. –Doggett
le interrumpió.
- Un momento,
¿qué es eso? –Señalando
a un pequeño
punto en su brazo.
- Eso es la
secuela de una inyección de epinefrina. Se la pusimos en la
unidad de
trauma, –contestó William que no
quitaba ojo en el proceso, le encantaba ser el
primero de la clase.
- ¿Y
acostumbran a poner otra detrás de la oreja? –Respondió
señalando otra marca. Los doctores se miraron
extrañados.
- No,
está
claro que esa marca no es cosa nuestra.
- El resultado
de los análisis que pedimos despejará nuestras
dudas –dijo William
mirándole en tono tranquilizador. Aquello empezaba a
ponerse interesante.
Aunque ese
hombre parecía no perder la calma tan fácilmente.
Él era el
director del FBI, aunque eso sólo acrecentara la
extrañeza de todo aquello.
Lo cierto es
que William no sabía absolutamente nada, de hecho nadie
había tomado la molestia de informarle. Que el supiera, los
médicos que
atendían a los pacientes, no les hacían las
autopsias a éstos y mucho menos a
petición del director del FBI. Pero ese halo de misterio le
atraía como un
imán.
¿Quién
podría haberlo hecho? Si era lo que él
había supuesto parecía un
crimen médico. No estaba muy seguro, era su primer
asesinato, pero, ¿un asesino
convencional no usaría un simple veneno? Cicuta por la oreja
como en Hamlet.
Pero no, esa inyección había sido en la uci,
allí sólo entraba personal
acreditado, el acceso es restringido y muy controlado,
¿quién habría conseguido
entrar allí y matar a su paciente sin que nadie se enterara?
Esto era obra
de un profesional, o del hombre invisible. ¿Pero y si
sospechaban de alguien del hospital? O mejor dicho, ¿y si
ese asesino, era
alguien del hospital? ¿Y si sospechaban de él?
William se
sintió tentado por pensar tales cosas. Ciertamente no
conocía
a todos los médicos que allí trabajaban y Foreman
le caía mal. También había
algunos con quien sólo había cruzado un par de
miradas.
-
¡Van de
Kamp!
Como un jarro
de agua fría, aquellas palabras le sacaron de su
ensimismamiento particular.
-
¡Mira esto!
Se le
había ido el santo al cielo, tan absorto como estaba en sus
propias elucubraciones, el forense ya casi había terminado
el examen interno.
Había vísceras por todas partes y un reguero de
sangre hasta la balanza.
William
dirigió su mirada hacia el contenido del estómago.
-
¿Qué…? ¿Qué
es eso? –William intentaba
buscarle un
parecido con algo que conociera pero lo cierto es que no
consiguió nada. El
forense cogió sus pinzas y lo extrajo con mucho cuidado.
Luego lo metió en una
cubeta para limpiarlo y una vez limpio, se lo acercó a las
gafas con aumento
para poder observarlo mejor.
William se
acercó para contemplarlo en detalle.
Parecían
dos colegas coleccionistas de cosas extrañas
enseñándose sus
nuevas adquisiciones.
Ambos se
miraron atónitos.
Pero aquel
silencio no duró mucho.
-
¿Cómo ha
llegado hasta ahí? –Preguntó
John casi
más para romper el silencio que con afán de
hallar la verdad. Pero ellos no
contestaron, seguían mirándolo desconcertados.
Era una
pequeña y brillante cápsula de metal.
- Por
vía oral
–contestó por fin el
forense. William
seguía examinando aquel objeto mientras John y el forense
conversaban sobre los
posibles daños médicos.
Estaba claro
que no era muy recomendable tragarse trozos de metal.
Aquello despertó la curiosidad de William que
empezó conjeturar posibilidades.
Federales,
testigo, atropello y fuga, cápsulas en el
estómago. Todo
aquello le sonaba a película de espías.
Prosiguió
su examen llevándose la cápsula a la mesa, donde
había una
lupa. Parecía que tenía algo grabado en uno de
sus lados.
La luz
parpadeó cuando pasó por delante de ella. Eso le
recordó algo.
Volvió a pasar delante de ella y volvió a
parpadear.
Curioso.
Acercó la cápsula a la luz y entonces
pasó algo verdaderamente
extraño. Parecía como si la luz se combara.
Willian no daba
crédito a aquella extraña reflexión en
la radiación. Si
Einstein levantara la cabeza.
Volvió
a observarlo y presenció el mismo fenómeno.
Aquello no
podía estar pasando.
-
¿Alguien más
esta viendo esto? –Dijo hablando
en
voz alta esperando que aquellos dos hombres le prestaran un
mínimo de atención.
Ambos le miraron por fin.
Señaló
la cápsula y los miró confuso.
- ¿Crees
que esto podría interferir con algo, por
ejemplo, la batería de un desfibrilador?
Ahora que
tenía la atención plena de los dos no
parecía preguntar a
nadie en concreto.
- Pues no
debería, aunque nunca había visto algo
así, ¿qué coño es eso?
–dijo observando
incrédulo el extraño
fenómeno. Doggett analizaba cada una de las palabras del
doctor Van de Kamp,
sabía exactamente en qué estaba pensando.
-
¿Cree que
eso tuvo algo que ver con lo de esta mañana? –Preguntó Doggett.
William le hizo
un gesto de duda. Seguía ensimismado con el objeto, lo
miraba como un niño a su juguete nuevo.
-
¿Me permite?
–John preguntó a la
par que se lo
arrebataba de las manos, él era el director del FBI,
podía permitírselo. Lo
llevó a la mesa, lo puso delante de la lupa y se quedo
mirando durante un buen
rato, como si las demás personas del mundo no tuvieran prisa
por saber más
cosas sobre aquel objeto.
- Aja
–aquel sonido tan breve
colmó la paciencia de
William.
-
¿Qué pasa? –Dijo
interesado.
- Tiene un.
–contestó Doggett
mientras hacía fuerza con
ambas manos. De pronto, la cápsula se dividió en
dos al mismo tiempo que un
fino trozo de papel caía al suelo.
Doggett lo
recogió casi al unísono.
William lo
miró, y comprobó las similitudes con sus chuletas
de la
facultad, pero obvió el comentario, la noche ya no estaba
para bromas.
Doggett
analizaba minuciosamente aquel papel. Al fin y al cabo no iba a
ser una perdida total.
- Una
secuencia de 20 números –musitó
mientras aparecía un brillo en sus ojos. Ya sabía
por donde continuar el
sendero de miguitas.
-
También hay
algo más, un número, o... un símbolo
–dijo,
mirándolo al revés
- ¿Alguien
sabe de qué es? ¿Una marca de cápsulas
metálicas?
Doggett
empezó a echar de menos a sus compañeros astutos
y ágiles
federales.
La
inscripción era algo así como I0I. El numero
ciento uno era un
número peculiar. Pero aquello bien podía ser una
i mayúscula o un uno. Lo más probable
es que no tuviera nada que ver, o eso pensaba William que esperaba
contemplarlo
de cerca para forjarse una mejor opinión.
Fin del
misterio. La víctima quiso darle esa información
a toda costa.
Y como un papel
se hubiera deshecho mucho antes de llegar al estómago,
utilizó la cápsula como seguridad. El por
qué y demás motivos ya no eran
problema suyo.
El forense
empezó a recoger su instrumental.
- Quiero que
analicen esto –dijo John mientras
depositaba en mano del forense la cápsula. Ni siquiera se
despidió.
Así
que así era trabajar para el gobierno, abusan de ti y luego
sin
darte las gracias te dejan tirado, genial, dios bendiga
América.
William tuvo la
sensación de que jamás volvería a ver
al federal. Desde
luego no se podía ni imaginar lo equivocado que estaba.
Afueras de
Nueva York
El sonido del
teléfono taladró su tímpano
aún antes de despertarla. Ese
eco estridente y metálico tan característico de
los teléfonos.
Ya no estaba
dormida, estaba cómoda y rezagada entre sus suaves
sábanas
de diseño. Era una mujer mayor, pero aún
conservaba parte de su atractivo, y
éste no consistía en su pericia con el
maquillaje. Su belleza radicaba en su
forma de ser, en sus gestos, en su fuerza. En la pasión de
sus sentimientos por
las cosas que le gustaban.
Su pelo se
enredaba en la almohada, dibujando curiosas formas,
desapareciendo en los pliegues más profundos y resurgiendo
de forma espontánea.
Frotó
sus ojos con ademán de cansancio y miró el reloj
de la mesilla.
Desde luego no eran horas, pero era la cuarta vez que sonaba.
- Diga –dijo con su voz más
somnolienta.
-
¿Mónica? Yo
soy, Doggett.
-
¡John! ¿Ha
ocurrido algo? ¿Estás bien? –Preguntó
mientras se incorporaba.
- Tranquila,
se trata de un asunto de trabajo.
-
¿Qué ha
pasado?
- No creo que
sea conveniente contártelo ahora, creo que me
están investigando –una
ola de recuerdos la invadieron, bien
valía una oportunidad.
-
¿Entonces?
- Necesito tu
ayuda, eres la mejor en tu campo. –La
necesitaba, después de tanto tiempo la necesitaba.
Mónica no necesitó oír más.
Sabía
a qué se refería, y es que en todos estos
años pasados se había
dedicado a la numerología científica.
Colaboraba con
la policía de Nueva York resolviendo casos a su estilo
más personal. Doggett siempre tuvo sus reservas al respecto
y no dejaba de ser
curioso que ahora recurriera a ella.
-
Mónica,
¿sigues ahí?
-
Sí, ¿te veo
en la antigua estación?
-
Estaré
esperando.
Antes de colgar
los dos esbozaron una sonrisa.
Hacía demasiado tiempo que no se veían.
Mónica
recogió lo necesario y se marchó a toda prisa.
Antes de salir se
miró al espejo, mesó su pelo con delicadeza, y no
pudo evitar sentir cosquilleo
en su estómago.
Hospital
Memorial
No se
había dado cuenta pero ya había amanecido. La luz
natural apenas
entraba en esa zona del edificio, así que la
única diferencia entre el día y la
noche era el turno de enfermeras. Pero ahora no se veían
enfermeras, así que
bien podía ser cualquier hora.
William se
estiró mientras cruzaba el pasillo en busca de su preciada
máquina de café. Expresso, capuchino, solo,
descafeinado., esa máquina se sabía
todas sus debilidades y le complacía siempre que la
requería.
Esta vez
sería doble. Había sido un día muy
largo. Pero parecía que
todo había terminado. Un día intenso,
sí señor, de esos en los que descansar es
la única prioridad.
Frente a la
máquina halló a Doggett, que parecía
proyectar en aquel
diminuto vaso de plástico todas sus dudas. Esto si que le
sorprendió, si
hubiera podido apostar, sobre quien se encontraría al lado
de su máquina de
café, desde luego Doggett habría estado muy por
detrás de Mickey Mouse y los
tres cerditos.
- Un duro
día,
¿eh? –William trataba
de ser
simpático. No lo hacía a menudo, pero la estampa
de aquel hombre ejercía una
fuerza invisible sobre él, le inspiraba confianza, firmeza,
y eso no le pasaba
muy a menudo.
- Su rutina es
salvar vidas, la mía, investigar muertes –respondió
sin devolverle la mirada.
- Bueno, esta
no será una simple muerte –contestó
William sabiendo que se metía donde no le llamaban, el suelo
que pisaba se
podría volver a tornar resbaladizo.
- ¿A
qué se
refiere?
En ese momento
pudo sentir los ojos de aquel hombre clavados en él. Se
había dado la vuelta, y fruncía el
ceño de una manera poco convencional.
William
dudó un segundo
-
Emmm…bueno,
¿Por qué tendría que personarse el
mismísimo director del FBI en un simple caso
de asesinato? –Preguntó
con matiz
ingenuo.
- Creo que
habrá podido observar que mi implicación es
bastante personal –dijo en tono
cortante.
El doctor
asintió con la cabeza. Estaba claro que el director no
estaba
dispuesto a hablar.
Echó
dinero en la máquina y esperó a que su
café estuviese listo. Miró
el reloj. Su turno comenzaba dentro de veinte minutos.
Sus
compañeros no le creerían.
Se
sentó en el banco del pasillo compartiendo el silencio con
su
acompañante.
Era una
situación incómoda, pero no estaba dispuesto a
volver a
preguntar. Ya había aprendido la lección,
además detestaba a la gente que no
captaba las indirectas.
Pasó
el tiempo y nada más, durante su último sorbo,
decidió que era
inútil permanecer más tiempo allí.
- Pues buena
suerte, director –dijo mientras
se
levantaba, no llegaría tarde otra vez.
-
¿Se marcha?
-
Sí, mi turno
va a comenzar. Aquí nos gusta el trabajo duro. Ya le
enviarán los resultados
clínicos mañana –dudó un segundo- es
decir, hoy.
- Espere, le
acompaño.
- No es
necesario, no se moleste.
- Insisto.
William no era
un experto en el tema, pero cuando el director del FBI
insistía, sabía que no era apropiado rechazarle.
Caminaron
juntos por el pasillo y luego por el hall. No cruzaron
palabra, pero empezó a suponer que aquel hombre se
encontraba solo. Y que la
mera presencia humana, le era útil para consolarse, o
quizás era de esas
personas que se expresaban mejor sin palabras, como las piedras.
Poco a poco se
fueron acercando a la entrada del hospital, donde
sutilmente William esperaba que su acompañante se marchara.
Pero nada fue como
esperaba.
Estaba
girándose para despedirse de John cuando una avalancha de
cámaras, focos, micros y periodistas se les echaron encima.
Todos
preguntaban a la vez, pisándose unos a otros,
empujándose,
dándose codazos. Y todos querían ser respondidos,
aún si saber muy bien qué es
lo que tenían que preguntar.
Alguien
debía haberse ido de la lengua. Que si negligencia
médica, que
si asesinato, que si atentado contra la salud pública. Lo
más probable es que
aquellas preguntas fueran al azar, seguramente ninguno de los que
estaba allí
sabía de qué iba el tema.
Pero lo cierto
es que el desconcierto se había apoderado de la prensa.
William se
escabulló como pudo y dejó al agente con todos
aquellos
buitres, no sin antes tener que dar un par de evasivas a unos cuantos
periodistas demasiado pesados.
Se
dirigió a la ventanilla, su turno se lo habían
asignado a su colega.
Pero aquella nota de Foreman advirtiéndole de que
recuperaría esas horas
comenzó a importunarle muy negativamente.
Mordió
su lengua y volvió a mirar el reloj. Era hora de irse a
dormir.
Apartamentos
Deep Side
Cuando por fin
se plantó enfrente de su puerta una sensación de
alivio
invadió su mente. El tráfico a esas horas era
infernal y tenía tanto sueño y le
dolía tantísimo la cabeza que sólo
pensaba en llegar a su cama y dormir.
Definitivamente, colaborar con el FBI había resultado
más estresante de lo que
imaginaba.
Tiró
su mochila al suelo, y se fue quitando la ropa de camino al
dormitorio, pero antes pasó por el cuarto de
baño. Allí aprovechó para lavarse
las manos y refrescarse la cara. Los hospitales eran el sitio perfecto
para
coger todo tipo de bacterias y virus ultra resistentes.
El agua le
sentó muy bien, ¡dios cuando echaba de menos su
cama! Pero
cuando miró su imagen en el espejo, encontró otro
rostro reflejado.
Era una mujer,
y conocida.
-
¡Natalie,
por dios!
- Lo siento,
no quería asustarte –no
estaba lo que
se dice muy contenta.
-
¿Qué haces
aquí?
- Por si no lo
recuerdas, habíamos quedado anoche –Tenía
razón, no lo recordaba.
- Oh. mierda.,
lo siento… pero créeme, esta vez está
más que justificado –Era
bueno poniendo excusas, pero esta vez
era cierto, ¿porque sonaba tan poco creíble?
- Lo
sé. –El hecho de que
lo supiera no parecía calmar
su enfado. William entornó su cabeza en gesto de duda
mientras se secaba la
cara con la toalla.
- Te he visto
en las noticias.
William
levantó las cejas en ademán de sorpresa.
Parecía que hacía
siglos de todo aquello. Y de pronto imágenes de todo el
día comenzaron a
inundar su mente. Accidentes. Autopsias. Federales. Foreman.
¡Menudo idiota!
Y de nuevo
retomó la conciencia al observar una novia un tanto molesta
cruzada de brazos enfrente de él.
-
¿Desayunamos
algo y te cuento? –Dijo
utilizando su
mejor mirada de corderito y su sonrisa perfecta de anuncio. Ella
sonrió, sabía
que por muy enfadada que estuviera y por muy preocupada que hubiera
pasado la
noche, aquel desastre de hombre, que sólo sabía
hacer bien dos cosas, siempre
conseguía reblandecerla.
- He
traído
magdalenas, de esas con chocolate por dentro y por fuera que tanto te
gustan. –Respondió
ella medio enterrando el hacha de
guerra. William rió percatándose de que Natalie
era la mujer que más se
preocupaba por él (después de su madre, por
supuesto).
Y la
abrazó fuertemente descargando parte de su cansancio en ella.
-
¿Que haría
yo sin ti? –Suspiró-.
- A veces me
pregunto si no debería dejar que lo
averiguaras –bromeó
ella.
A pesar de su
sonrisa, William decidió cambiar el tema. La miró
directamente.
-
¿Sabes? He
conocido al mismísimo director del FBI.
- Seguro que
sí.
- Vamos
sé
buena conmigo, he tenido un día muy largo.
Entonces ella
le miró sólo como una mujer puede mirar a un
hombre. No
podía enfadarse durante mucho tiempo con él. Al
fin y al cabo, no se había
quedado allí toda la noche para irse enfadada.
East Park
Llevaba un buen
rato sentado, sin mirar a ningún punto en concreto,
distrayéndose con cualquier cosa que pudiera tener algo de
interés. Las extrañas
sombras que las farolas proyectaban en los árboles, lo negro
del cielo, los
movimientos difusos de los coches que pasaban por la carretera a su
lado.
Cualquier cosa que le mantuviera ocupado para no pensar.
Pero era
inútil, llevaba años esperando este momento,
quizás mucho más
de lo que se permitía admitir a sí mismo, algunas
veces, cuando llegaba a casa
temprano, e iba al frigorífico a coger un par de cervezas
para ver algún
partido en la tele, al pasar junto al teléfono,
sentía ese impulso, esa nostalgia,
pero nunca la suficiente como para llamar.
Los recuerdos
giraban y giraban en torno a su cabeza, recuerdos del
pasado, buenos momentos. Alguien dijo que los momentos pasados son
siempre
mejores cuando los recuerdas, éstos llevaban tiempo latente,
pero no por ello
habían dejado de ser buenos.
Había
estado tan centrado en su caso en los últimos
años que ahora se
sentía vacío, tan alejado de sus sentimientos,
que apenas pudo reconocerse.
Ahora, al darse
cuenta del paso del tiempo, se percataba de todo lo que
había renunciado. Sin embargo, sabía que era
así como tenía que haber sido.
Podía
sentir el cosquilleo en el estómago, un cosquilleo que
creía
olvidado ¿a estas alturas aún iba a ruborizarse?
Pero
hacía tanto que no la veía.
Sus vidas
acabaron tomando caminos demasiado distintos. Habían estado
tan unidos y sin embargo no les costó demasiado separarse.
Tuvo que ser así, de
otra manera, no habría funcionado.
De pronto las
luces de un coche le sobresaltaron. Había llegado. Se
puso en pie expectante mientras ella bajaba.
Ahora
más que nunca intentando mantenerse firme, fuerte, decidido.
Pero
sus nervios se empeñaban en aparentar todo lo contrario.
La
observó y vio en ella la misma mujer que hace
años, por un momento
creyó estar teniendo un dejavú. Habían
pasado tanto tiempo juntos, y ahora,
hacía tanto que no la veía. Sin embargo, para
él, era exactamente la misma
Mónica Reyes de antaño.
Según
se acercaba sintió como temblaban sus rodillas,
más tarde se
reiría por lo absurdo de su comportamiento, pero ahora tenia
ganas de
amarrárselas para que dejaran de temblar.
Un atisbo de
sonrisa cruzó su cara ante semejante idea, y ella lo
interpretó a modo de saludo. Mónica se
colocó justo delante de él, despacio,
como queriendo prolongar más el momento. Hacía
tanto que no se veían, que los
dos necesitaban volver a familiarizarse con aquellos
pequeños detalles que
antaño habían conocido tan a la
perfección.
Observó
su rostro con una sonrisa y acarició su mejilla.
- No has
cambiado nada –le dijo mientras
sonreía.
- Siento no
poder decir lo mismo –contestó
John.
Mónica
le miró fingiendo molestia y se dieron un fuerte abrazo.
- Tú
estás aún
mejor – murmuró con
su rostro hundido
en su cabello. Olía a ese perfume dulzón afrutado
tan característico en ella.
John supuso que hay cosas que nunca cambiarían, por mucho
que pasara el tiempo.
- Y bueno,
cuéntame eso tan importante que te traes entre manos.
-
Siéntate,
esto va para largo.
Apartamentos
TheLight
Sus manos
tecleaban al ritmo de la música. Y la música era
frenética,
lo último en sonidos electrónicos experimentales,
de ese tipo de música que
luego no podrías tararear sin que los demás te
miraran raro. Su corazón latía
casi en resonancia con las pulsaciones del teclado. Estaba rodeado de
tres
procesadores que prácticamente adivinaban el pensamiento, lo
último que se
podía comprar en los foros no oficiales de las grandes
compañías de hardware.
No apto para bolsillos endebles.
El sistema de
refrigeración de carbono burbujeaba justo detrás
de su
oreja, pero eso no importaba porque los auriculares estaban
perfectamente
adaptados para no dejar escapar ni siquiera un sólo sonido
de la caja perfecta
que eran sus pabellones auditivos.
El mundo
podría terminarse y él no se enteraría
hasta que finalizara la
canción.
Su
conexión de hiper-velocidad sufría una
sobrecarga, pero a él no
parecía importarle. Su red local estaba echando humo
literalmente. La habían
retirado del mercado por sobrecalentamiento hacía un par de
años pero ningún
switch era capaz de trabajar a esa velocidad. Si ardía
sería por una buena
causa.
Navegaba por
las redes suboficiales, recopilando datos, anotando fechas
y guardando fotos, videos, audio. Y todo lo que le resultara
mínimamente
relacionado con su propósito principal.
Necesitaría miles de horas para poder
mirar todos los detalles, pero al fin y al cabo no tenía
nada mejor que hacer.
Tenía
35 años, no muy mal visto y con indicios de calvicie. Pero
su
edad mental era más bien de 20, si es que los chicos de
veinte no pensaban como
los de dieciséis. Sus obsesiones ocupaban la mayor parte de
su atención, y
ésta, llevaba años susurrándole al
oído, escuchando las noticias por él,
rebuscando en los foros y en los blogs del underground. Sacando mierda
a palas
de excavadora y atando cabos sueltos. Siguiendo rumores y pistas que le
llevaban a callejones sin salida. Tenía un nombre en la red,
y sólo le
interesaba una única cosa: encontrar a su padre.
Era la primera
vez que un dato le había conducido a algo tangible.
Durante años había perseguido fantasmas y
sociedades de paletos venidas a más.
Había violado los protocolos de seguridad de muchas empresas
y no le había
servido de nada. Pero esto era diferente, esto era el fruto de
años de
sacrificio y búsqueda, y por que no, de una suerte tremenda.
Asociación
RCG. Había estado delante de sus ojos todo el tiempo,
había
estado allí, siempre allí, escondida, latente,
manejando todos los hilos. Por
fin se había hecho con una lista de miembros,
conocía a la mayoría, les había
investigado a todos al menos una vez, pero nunca desde esta nueva
línea de
investigación.
Ahora todo
parecía encajar, todos los datos, estadísticas,
pruebas,
accidentes. Todo concordaba tan a la perfección que casi
daba miedo.
Pero no
había llegado tan lejos como para ahora dar marcha
atrás.
Miró
intensamente su pantalla ultra LCD. Algo se quedó en su
retina.
Por un momento, una foto, un logo corporativo. Ya lo había
visto antes, en
alguna parte.
Sus cejas se
arquearon al descargarse su web a la misma velocidad que
apuraba lo que quedaba de su bebida azucarada.
Unos tipos
obsesionados con que los hombrecillos verdes o grises ya
estaban aquí, muy al estilo de película de los
noventa, a esta gente sólo les
faltaba proclamar que el presidente era extraterrestre. Desde luego a
lo largo
de sus investigaciones había tenido la oportunidad de
conocer a grupos de
personas raras, extrañas, estrafalarias y porque no, un
pelín obsesionados por
la estética de los setenta, pero ésta. Se llevaba
la palma. Sólo les faltaba
llevar capirotes de aluminio en la cabeza para proteger sus ondas
cerebrales de
ataques alienígenas.
Bueno,
quizás las usaran en privado.
Lo triste es
que su figura paterna estuviera relacionada con todo
aquello. ¿Que tendría que hacer su padre con
aquellos chiflados?
Tenía
pocos datos sobre él, algún recorte de prensa,
alguna mención en
algún artículo de una edición privada
y cosas por el estilo. Aunque ninguna de
aquellas cosas parecían concluir a que se trataba de una
persona “normal”. Pero
al menos había esperado que tuviera un poco más
de estilo. En fin, poco tenía
que decir él sobre el misterio de la genética,
encerrado en una habitación
diminuta rodeado de dispositivos electrónicos con
único fin encontrar a su
padre misterioso.
De pronto, sus
ojos cobraron un brillo especial.
Se
frenó en seco, apagó su música, y
miró atentamente la pantalla. Sus
ojos transmitían incredulidad. Realmente debía de
estar cansado. Aquello no
podía ser lo que era, y desde luego era totalmente absurdo.
Volvió
a frotarse los ojos.
Aquella mujer.
¡Maldito William!
Llevaba
años buscando una pista y él la había
encontrado primero. Las
casualidades no existen, al menos no a estos niveles.
Cogió
su móvil y pulsó el uno. En su lista de
marcación rápida sólo
había tres números, el de su madre (0), el de
William (1), y el del bar de
abajo de comida rápida, (3).
- Vamos.
Contesta –verdaderamente, era un
mal
momento para no tener a mano el teléfono, pero es habitual
cuando realmente
necesitas localizar a alguien.
----------------------------
William
abrió los ojos, llevaba algún tiempo rodando por
su cama sin
tener ganas de despertarse. Estaba realmente cansado, pero desde luego,
había
merecido la pena, daba gracias cada mañana por tener una
novia así.
Su cama estaba
vacía y la silueta de Natalie aún se dibujaba
entre las
sábanas. Se había ido, por un momento se
sintió apenado de que no le
despertaran con un beso de buenos días.
En fin. La
cruda realidad.
Vaya, se
había acabado su día de buena suerte.
Buscó sus pantalones
entre el resto de su ropa por el suelo, y fue al salón. Se
tiró en el sofá y
buscó su cojín favorito, tan mullido y suave.
Visto así, parecía que no hubiera
roto un plato en su vida.
Pero
había algo pegado a él, Natalie le
había dejado una nota, y él
acababa de olvidar lo estresante que era la vida de una bailarina.
Era
increíble lo que una mujer puede conocer a un hombre. Los
corazoncitos de la nota le pusieron inusitadamente feliz. Se
sonrió para sí
mismo y dio buena cuenta de lo que necesitaba. Una buena ducha.
Se
rascó la cabeza y se desperezó con cara de
sueño. Se despidió momentáneamente
del sofá y se encaminó a la ducha con paso
vacilante. Su cuerpo aún le pasaba
la factura del cansancio, pero era médico, y
tenía cantidad de drogas para
borrar el rastro de su malestar general, ¿no es genial poder
firmarte tus
propias recetas?
Se
quitó la ropa de camino al baño y se
metió en la ducha. Nada mejor
que agua bien fría y un cóctel de ibuprofeno.
Después
de un par de gritos ahogados decidió que mejor un
baño de agua
caliente, al fin y al cabo, no tenía intención de
ir a ninguna parte.
Mientras se
secaba escuchó el sonido de su teléfono, Se
había quedado
un poco adormilado en la bañera, con las sales, las burbujas
y la espuma, y
todas esas cosas que diferencian un buen baño de una simple
ducha.
La primera vez
que vio a Natalie comprar todas aquello la miró con cara
de “te has vuelto loca”, ahora sin embargo era algo
tan vital como el desayuno.
No era lo mismo sin ella, pero no todo podía ser perfecto.
Salió
corriendo hasta el teléfono, pero su timbre cesó
justo en el
instante que lo alcanzaba. A tientas pulsó el
botón de escuchar los mensajes.
Se lo conocía perfectamente, tanto o más como el
de borrarlos, sin embargo a
veces los confundía, por eso ella siempre le dejaba notas.
5 llamadas
pérdidas de Frank y 2 con la extensión del
laboratorio del
hospital, quizás fuera el forense.
¿Quería
escuchar a su amigo y compañero del alma para que le diera
un
discurso sobre lo que fuera? Definitivamente hoy no era el
día, así que llamó
al laboratorio en busca de información.
Después
de un par de redirecciones y de operadoras aburridas le
encontró.
- Acabo de ver
sus llamadas, ¿qué quería?
- Tengo el
resultado de los análisis, y también los de la
cápsula.
¿Y bien?
-Su cabeza se
habría camino
entre una maraña espesa de conjeturas que pudieran estar
relacionadas con
aquello, pero aún no sabía exactamente a que se
refería.
- Prefiero
hablarlo en persona.
-
¿Por qué?
¿Qué hay exactamente en esos análisis?
La
cápsula. Sí ahora lo recordaba todo, aquel tipo,
Doggett, quizás le
diera una de esas tarjetas de acceso restringido que tanto salen en las
películas.
- Cuando los
veas lo entenderás. Sólo puedo decirte que nunca
antes había visto nada así.
-
¿En qué
sentido? –Ese tipo si que
sabía como
darle emoción a asunto.
-
Pásate por
mi casa cuanto antes y hablamos, ¿de acuerdo?
-
Está bien,
está bien… Deme su dirección y voy
hacia allá.
- Apunte. Pareció
dudar durante unos instantes, pero necesitaba verle a solas.
Colgó
y permaneció un instante pensativo. Medio mojado y envuelto
en su
albornoz. ‘¿Qué diablos
habría en esos análisis?’, ya era
tarde, había
verdadera curiosidad en sus palabras, y todo lo que pensara ahora
sólo
prolongaría más la agonía del momento.
Se
levantó y fue a su habitación por algo de ropa.
Le encantaba ir
atractivo. De vuelta a la mesa del teléfono pensó
en llamar a Natalie, un
almuerzo romántico estaría muy bien.
De nuevo
sonó el móvil. Otra vez Frank. Le dijo
adiós con la mano al
móvil y se fue con una sonrisa.
Hoy no Frank.
Le compraría algo bonito, sabía cuánto
le gustaban las
chorradas a ese hombre.
----------------------------
Frank se
quedó perplejo, ni el móvil ni el fijo. Pensando
atrás no era
la primera vez que no le cogía el teléfono, la
verdad es que últimamente sólo
le había llamado para reprocharle algo sobre su
comportamiento. Pero esta vez
no tenía nada que ver con nada de eso. Estaba convencido de
que si sabía lo que
iba a contarle no actuaría de tal manera, pero él
lo había querido.
Y si se le
ocurría traerle otra chorrada de esas que tanto le gustaba
comprarle se iba a enterar.
Volvió
a mirar su pantalla de ordenador.
Aquella chica
rubia se había convertido en una mujer muy misteriosa.
Primero intimidando a William en la exposición, y ahora
miembro de una extraña
asociación. Siempre resulta inquietante cuando una mujer
joven y guapa se
mezcla en este mundo de cuarentones con pelos largos y nulo
conocimiento acerca
de otros colores que no sean negro sobre negro.
Él
al menos usaba otros colores, ni punto de comparación.
Además estaba
seguro de haber visto al tipo de la derecha en algún
campeonato del AD&D.
No era justo
que el único vínculo que le unía a su
padre, pasara por
William, aunque fuera por algo tan trivial como que
‘él la vio primero’.
Desde luego por
él no había mostrado el más
mínimo interés.
Anotó
las señas en un folio, y se dispuso a salir. Era su
oportunidad,
lo había esperado durante tantos años que no
podía controlar su nerviosismo. Le
temblaban las manos, y la voz.
Se
tomó un tiempo para recomponerse, éste iba a ser
un gran día. No
pensaba permanecer indiferente ante la reunión de esta
tarde. Si esa mujer era
una pieza en su rompecabezas, no iba quedarse sentado a mirar su puzle.
----------------------------
William
conducía
deprisa. Le gustaba ir
rápido,
tanto en la bici como en su coche. Tenía un considerable
dominio al volante,
como en casi todo lo que hacía. Podías sentirse
seguro con él, y eso no es algo
que se pueda decir de todo el mundo.
Toda una gama
de hipótesis se precipitaban ante él. Se
sentía bastante
intrigado acerca de la cápsula, ¿porque le
haría ir en persona? Tenía que ser
algo muy importante, o quizás aquel hombre era un poco
paranoico.
En su cabeza se
agolpaban un montón de teorías, pero ninguna era
lo
suficientemente buena para que un médico no pudiera decirlo
por teléfono.
A pesar de
todas las medicinas que había ingerido, su agotamiento cada
vez parecía mayor. Quizás se había
pasado con alguna de ellas, o no había
tomado suficiente, pero aquello era muy poco probable. Tenía
que ser otra cosa.
Pero no sabía qué. Sus pensamientos se tornaron
lentos y pesados, y empezó a no
pensar con claridad.
En la
última curva pisó la banda sonora, un par de
pilotos se
encendieron en su salpicadero. Su cabeza estaba apunto de explotar. Los
otros
coches eran manchas borrosas. Todo el frente se desfiguraba ante su
mirada
cansada.
Una especie de
alarma comenzó a sonar dentro del coche, dentro de poco
se activaría el control automático del
vehículo.
Comenzaron a
invadir su mente una serie de imágenes extrañas.
Números
encadenados. Misteriosos. Caras que no conocía, lugares en
los que nunca había
estado, una granja, de noche, había mucha gente, una mujer,
una mujer
arrodillada.
Cuando
intentó frenar, ya era demasiado tarde. Los dispositivos de
seguridad se activaron antes del impacto contra la mediana.
Otra vez el
milagro de la tecnología salvó al hombre.
Frank se
encontraba ante un edificio muy emblemático en la parte
antigua del complejo industrial. De un momento a otro
aparecerían los hombres
de negro a flashear a todo el mundo.
Se distrajo
observando los alrededores, bien atento, aunque nada
parecía fuera de lo normal. No había podido
concretar con exactitud la hora
exacta de la reunión, y ya llevaba tres horas
allí.
Nada indicaba
que una extraña asociación tuviera un encuentro
en aquel
lugar. Pero estaba seguro de que así era. Esperó
pacientemente largo rato,
hasta que de pronto, comenzó a llegar gente. Lo
sabía, simplemente lo sabía.
Unos
tenían pinta de freakes compulsivos, otros eran de lo
más normal.
Hombres con maletines y corbatas. Ninguno iba de negro,
lástima.
Tuvo tiempo de
hacer un perfil psicológico a cada uno de ellos, de
hecho, se aburría bastante.
Tuvo tiempo,
hasta que ella llegó.
Había
pasado una hora desde que entrara el primero. O no era nada
puntual, o le gustaba hacerse esperar. Esto empezaba a tener buena
pinta.
---------------------------
No
podía ver nada. No oía nada. Sólo
vacío y claridad. Una luz albina y
maternal que lo invadía todo.
Una claridad
sin sombra, clarividente, e
inquietante.
Las sombras y
los colores se mezclaban para disipar formas.
Era otro lugar.
Tranquilo y
árido. William se sentía como si hubiera vuelto a
su hogar,
pero él no recordaba nada de eso.
Se encontraba
solo, no había nadie más a su alrededor, y sin
embargo,
sentía algo más, como una voz que le cantaba,
como el abrazo protector de una
madre.
----------------------------
Frank no paraba
de mirar su reloj. Lo miraba y lo miraba y lo volvía a
observar.
Y las
manecillas parecían abrir cada vez más su sonrisa
a cada rato que
pasaba. Pero se reían de él en cada segundo que
se detenían.
De repente, su
mujer misteriosa salió del edificio. Ya era hora.
Iba sola, y
todo indicaba que había salido antes de que acabara la
función. Durante todo el tiempo que había pasado
desesperado esperando en el
coche se le habían pasado multitud de ideas
extrañas por la cabeza. Incluso se
le pasó la idea de entrar en la reunión, pero
aquellos tipos seguro que tenían
una especie de saludo secreto y cámaras por todas partes. Y
aún no quería que
supieran quien era él. Y mucho menos lo que se
proponía. Además sabía que ella
podía reconocerle, así que optó por
esconderse tras su periódico. A leer una y
otra vez la misma columna de opinión. Era un
artículo bastante malo, no había
pasado de la tercera línea y ya sabía que era una
pérdida de tiempo seguir
leyendo.
Ella
caminó hasta el final de la acera, y se montó en
su coche
aristocrático. Un sedan negro, como los que usaban los
hombres del gobierno.
No llevaba nada
en las manos, ¿no había entrado con un
maletín? Estaba
deseando comprobarlo en las fotos que le había sacado con su
cámara de alta
definición.
Estuvo al
volante una media hora. No parecía dirigirse a
ningún lugar
en concreto, o al menos él no sabía a donde se
dirigía.
Se detuvo
delante del Archivo Nacional. Desde luego esta mujer era una
caja de sorpresas. Saludó al portero, y aún sin
bajarse del coche, éste le dio
un paquete. Ella con
su sonrisa hechicera se despidió tal y como llegaba. Si no
estuviera allí
expresamente para observarla, aquellos hechos habrían pasado
totalmente
desapercibidos por el mundo entero. Por suerte su cámara lo
estaba grabando
todo. Tenía un par de amigos adictos al flujo de frames que
podrían incluso
darle una lista de posibles objetos que podría encerrar
aquella caja.
Frank
observaba, se fijaba en todo, en los pequeños detalles, en
las
cosas que a la gente normal le pasaría inadvertida. No en
vano había estado
soñando con este momento durante toda su vida.
Siguió
conduciendo, esta vez hasta detenerse en un callejón. Justo
en
frente de una floristería. ¿Otra tapadera?
Bajó con su paquete debajo del
brazo, y regresó con un bonito cesto de tulipanes.
Todo era
extraño, pero a la vez nada parecía fuera de lo
normal.
¿Que
habría en esa caja y por qué lo había
cambiado por tulipanes?,
¿Qué es lo que estaba pasando allí?
Anotó
el nombre de la floristería, se fijó en su
escaparate, todo
parecía normal, y a la vez todo era sospechoso.
Tulipanes,
investigaría sobre ellos.
---------------------------------------
Cuando
volvió a abrir sus ojos, no pudo dar crédito a lo
que veía.
Todas sus encantadoras enfermeras cuchicheando tras de sí, y
una Natalie muy
preocupada cogiéndole la mano.
La apretaba
como si él fuera a irse a alguna parte, y desde luego no
era el caso. Tenía tantas cosas a su alrededor que le
resultaba imposible incluso
incorporarse.
-
¡Cariño! –Había
un tono de preocupación en su voz que
muy raras veces había escuchado.
William
intentó hablar, pero su garganta parecía
impedírselo. Había
algo dentro de ella o quizás estuviera anestesiado.
- Qu..
que… me
ha… pasado?
Foreman
entró rápidamente. De entre todos los
médicos ¿por qué tenía
que ser él?
-
Deberías
tener más cuidado. Si te di el día libre era para
que descansaras –dijo con su
mirada de reproche favorita.
El brillo de sus ojos delataba cierta
preocupación, o quizás William se equivocaba y
Foreman estuviera disfrutando de
aquel momento.
- Has tenido
un accidente. Nada grave gracias a dios. Tus constantes cayeron, pero
fue sólo
un susto. –Había un
cierto deje en su
voz. Echó a todas las enfermeras y permitió que
Natalie permaneciera con él.
Ella parecía muy preocupada.
Salió
de la habitación y cerró la puerta tras de
sí. No volvería sin
los resultados de las pruebas, y quizás hubiera suerte.
Foreman
ordenó que no se molestara al paciente, se seguro que si a
él
le pasaba algo ninguna enfermera haría cola para verle.
Realmente esperaba que
las pruebas trajeran algo grave. No le dolía nada, eso era
buena señal. Las
cosas importantes vienen sin avisar.
----------------------------
Su
última visita, sin embargo salió de esa
tónica. Había salido de la
ciudad y había entrado en un complejo Gubernamental.
“Centro Nacional de
Control de Plagas”. ¿Que había en esos
tulipanes?
Un hombre bien
ataviado salió a recibirla. Parece que la popularidad
estaba dentro de sus dones. Diría que se
conocían, había cierto trato familiar
entre ellos, ciertas confianzas que los desconocidos no se atreven a
tomar.
Ella le respondió cortésmente. La forma en la que
se desarrollaron los hechos
le hizo dudar de quién estaba por encima de quién.
Charlaron
animadamente durante unos 15 minutos, quizás
poniéndose al
día, quizás hablando de cosas sin importancia
(como suelen hacer los amigos), o
quizás estaban comentando los últimos flecos de
una conspiración maestra.
Luego salieron
tres hombres más y otra mujer. El zoom óptico de
su
cámara era tremendo, ya pensaba en buscar a alguien que
supiera leer los
labios.
Le
entregó los tulipanes a la última, que los
miró complacida. Si no
fuera porque estaba donde estaba diría que se trataba de una
quedada de amigos.
Luego todos
entraron dentro. Estuvieron allí unas dos horas.
Frank ya no
sabía cómo colocarse tras aquellos arbustos. No
se había
movido ni un ápice por temor a ser descubierto, le
dolía todo, y había multitud
de insectos descontentos con su intromisión en su espacio
privado.
Tenía
sed, hambre y lo peor de todo era el aburrimiento. No le quedaba
nada por observar. Las medidas de seguridad no eran muy espectaculares,
aún así
le resultaría imposible entrar ahora, quizás con
más tiempo podría piratear
alguna base de datos, agenciarse una tarjeta de
acreditación, o sobornar al
único guardia que estaba en la puerta.
Ya
habría tiempo para pensar en ello. Y es que si
seguía con esta
faceta de espía tendría que aprender nuevas
técnicas.
Pasó
largo rato, empezaba a cansarse, pero a la salida ocurrió
algo
realmente extraño.
----------------------------
Foreman no
tardó en volver, no en vano estaban en el mejor hospital de
Nueva York, claro que ser el médico de moda siempre
tenía algo que ver. Pero su
cara no transmitía seguridad, había algo
inquietante. Esos profesionales están
acostumbrados a dar malas noticias, pero con los conocidos siempre es
diferente, siempre es, personal.
En este caso
Foreman no se encontraba ni mucho menos satisfecho.
-
¿Qué pasa? –preguntó
desconfiado
- Hemos
encontrado algo.
Natalie se
echó las manos a la cara. Y al unísono William
las cogió con
las suyas, en estos momentos le preocupaba más la
reacción de ella que sus
problemas de salud.
- Tranquila
–dijo aparentando
convicción.
- Lo siento,
lo siento –dijo, percatándose
de que
no era justo para él tener que afrontarlo y tranquilizarla
al mismo tiempo.
Foreman intervino, sentía un sabor amargo en su garganta.
-
Aún no
estamos seguros, podría ser una cuagulopatía,
quizás algún problema en la
carótida que hubiera provocado un trombo.
-
¿Un trombo?
Me desmayé por el cóctel de medicamentos
–dijo confiado-. No
es eso lo que dicen tus pruebas –replicó
alzando la voz.
-
Déjame ver.
Foreman le
pasó el historial, no sin antes verter sobre él
una mirada
de reproche que no se molestó ni mucho menos en ocultar.
William lo
examinó detenidamente, no era su especialidad, pero eso no
era ningún problema para él.
- Sin idea de
antecedentes familiares de problemas neurológicos la cosa se
complica –dijo en tono molesto.
Sí,
sería
conveniente tener una historia clínica un poco mejor, si
hubiera alteraciones
genéticas en tu familia.
- Sí
hubiera
una bola mágica que nos diera las respuestas –dijo en tono repetitivo perdiendo
la paciencia. Al menos reconozco bien mis
síntomas.
- Necesito
antibióticos de amplio espectro.
-
¿Meningitis
bacteriana? –Preguntó
arqueando los
cejas.
- Tengo fiebre
- Una
resonancia despejará nuestras dudas –dijo
Foreman.
Un minuto
después los celadores se llevaron a
William medicina nuclear.
Natalie no
sabía cómo actuar. No sabía
qué hacer, no sabía dónde estar.
Se sentía tan incómoda. Si la pusieran en una
sala sola ante cientos de
personas y unas zapatillas de ballet, sería la
más feliz del mundo, pero esto
simplemente se le escapaba de las manos.
Quizás
si no se hubiera ido, quizás si le hubiera dejado descansar
más,
quizás era la única palabra que atormentaba sus
dudas. Se sentía culpable. Todo
esto era por su culpa y eso la reconcomía por dentro.
Sabía poco de medicina,
pero salir con un cirujano le había enseñado
cosas, y cuando a uno se lo
llevaban sin saber qué le pasa, nunca era síntoma
de buena salud.
Su mirada
inquieta estaba latente, pero intentaba disimularla con sus
dulces sonrisas. Ahora tenía que ser fuerte. Ya
llegaría el momento de
desahogarse.
Esperó
media hora en un pasillo. Habría matado por un cigarrillo, a
pesar de la prohibición y de que ella nunca jamás
había fumado, lo haría ahora
con tal de que el tiempo pasara más aprisa y que pronto le
dejaran salir de
allí.
Tomó
cafeína, habló con su madre, y aplazó
su ensayo del ballet. Estaba
agobiada, y permanecer sentada e inmóvil la estaba matando.
Por fin William
regresó rodeado de colegas barajando sus
hipótesis,
ellos no podían evitar ser médicos.
-
¿Qué tal ha
ido? –preguntó nerviosa.
- Hay un
pequeño edema, inflamación cerebral, y una zona
con fibrosis.
- ¿Y
eso es
grave?- preguntó sin entender
muy bien
la terminología.
-
Según se
mire –vaciló William.
-
¿Es lo que
te provocó el accidente? –Su
mirada
era un poema, ella no quería jerga médica,
sólo un “esto se cura” y nada
más.
- Pues eso es
lo raro, la fibrosis no está en la zona del cerebro que
esperábamos y es
antigua, ocurrió antes del accidente.
- Entonces.
–Dijo notablemente preocupada,
convencida de
que eso no se curaría con simples aspirinas.
-
Quizás una
pequeña embolia o alguna otra afección subyacente
podría ser la causa –intervino
Foreman.
- O tal vez
nada de eso –replicó
William.
Pero Natalie ya no entendía nada
- Tranquila,
aparentemente estoy bien. Aunque en mi cerebro hay ciertos misterios
que
merecen ser estudiados –dijo
medio en
broma, medio en serio.
- ¿Y
cuánto
tiempo te quedarás aquí? –los ojos de él
reflejaban las pocas ganas que tenía de quedarse.
- Ni un
segundo más –dijo
levantándose de la
silla de ruedas.
- Y
¿ustedes
están de acuerdo? –preguntó
Natalie a
los otros médicos.
- No estamos
seguros de lo que le pasa, ni cómo puede actuar, pero
tampoco sabemos cuándo lo
averiguaremos, y un mes en observación…
- Es demasiado
–dijo William interrumpiendo a
Foreman,
cogió a Natalie del brazo y se despidió de ellos
con la otra mano.
Foreman tuvo
que morderse la lengua. Pero se mantuvo firme, ya volvería
inconsciente pidiendo ayuda, quizás antes de lo que
él mismo pensaba. Se dio la
vuelta y siguió su camino, seguro que había
algún cáncer remediable que
diagnosticar. Adoraba su trabajo.
----------------------------
Frank no daba
crédito a lo que veía. Mientras la rubia
misteriosa
permanecía dentro, había llegado otro coche. De
éste bajaron dos hombres
aparentemente del FBI con un tercero esposado. Uno llevaba una carpeta
con un
logotipo rojo en la mano. Un logo corporativo, que nunca
había visto.
Podría
parecer una detención normal exceptuando el hecho de que
tenía
la boca tapada con cinta adhesiva. Y eso no era lo único
excepcional, la cara
de aquel hombre hablaba por sí sola. Juraría que
le hubieran torturado, y a
juzgar por su aspecto había opuesto resistencia. Pero nadie
aguanta
eternamente.
Frank
podía oler su miedo desde la lejanía. Miedo que
viajaba veloz la
distancia que les separaba y se quedaba con él
haciéndole compañía. Trataba de
decir algo, aunque evidentemente le era imposible.
Pensó
en llamar a la policía pero. Ellos eran la
policía, los chicos
buenos. Pero si aquellos eran los chicos buenos, no quería
ni pensar como
serían los malos.
Se
ocultó aun más detrás de su arbusto.
Su corazón latía a toda prisa y
su cerebro segregaba adrenalina en cantidades industriales. Si no se
tranquilizaba tendría un ataque de pánico y eso
conllevaría unas fatales consecuencias,
lo cual, no le tranquilizaba en absoluto.
Su nerviosismo
disminuyó cuando se alejaron de su vista, ojos que no
ven …, pero por muy poco tiempo.
Comenzó
a oír gritos. Pero no de terror. Se trataba de una
discusión.
Una discusión grande, de las que se tienen en privado si no
quieres montar lo
que se dice vulgarmente un numerito.
Apareció
una voz nueva en discordia, era de mujer, aunque no de su
mujer, ya que ésta aún no había salido
del edificio.
De pronto todo
sonido cesó. Permaneció unos segundos el
silencio,
espeso, latente, misterioso, y de repente, un disparo.
A la mierda
jugar a los espías.
Acababa de
presenciar un asesinato. Y ciertamente es lo último que
hubiera deseado presenciar.
No tardaron en
oírse más disparos, pero él ya estaba
lejos de allí. De
repente ya no tenía ganas de seguir con aquello.
----------------------------
Natalie miraba
a William con cara circunstancial. Fuera del hospital,
lejos de esa luz artificial y ese olor en los pasillos, todo
parecía mejor. Se
acercó a uno de esos puestos callejeros de venta de perritos
calientes y compro
un par de ellos, aunque no tenía hambre.
Su cerebro se
preocupaba por cosas más importantes que los jugos
gástricos. No tenía ni idea de qué le
pasaba, si era grave y si podría recaer,
lo cierto es que los médicos tampoco sabían mucho
más. Y William parecía ajeno
a todo aquello. Como si la cosa no fuera con él. Menos mal
que al menos uno de
los dos tenía la cabeza sobre los hombros.
A veces le
entraban ganas de zarandearlo y gritarle que era su vida la
que estaba en juego, pero también le entraban ganas de
abrazarlo y besarlo y no
soltarlo nunca más.
Sin saber como,
logró sobreponerse, le tendió un perrito, y le
dio un
gran bocado al suyo. Se esforzaba por aparentar serenidad.
Pero aquella
situación la ponía nerviosa.
Intentó
saborear su bocado pero su estómago se encogía
cada vez más.
-
¿Estas bien?
–Indagó ella,
parecía preocupada.
-
Sí, ¿por? –contestó
de forma tan natural que nadie
juzgaría que acabara de salir del hospital.
-
Pues…. –intentó
contenerse pero fue inútil- ¿porque
has tenido un accidente? ¿Porque ni tú ni tus
colegas sabéis qué te pasa?
Porque –de pronto se dio cuenta
de que
su chico había dejado de prestarle atención.
Ahora hablaba por el móvil. ¿Es
que nunca iba a tomarse nada en serio?
- He tenido un
percance, ¿por qué lo pregunta?
Natalie no daba
crédito a tal desplante. Pero él
seguía con su teléfono
como si nada.
-
Aja…sí. Deme
15 minutos.
Colgó
mientras la besaba.
- He de irme.
-
¿Qué?
- Luego te
explico. Ahora no tengo tiempo –dijo
adelantándose.
-
¿Estás loco?
–preguntó con su cara
más indignada,
enfadada e histérica que pudo reunir en tan poco tiempo.
- ¡Te
quiero!
–gritó mientras se
metía en un
taxi.
Decididamente,
aquel hombre sacaba a cualquiera de sus casillas. Pero
le quería, fuera lo que fuera no le iba a matar antes de que
ella lo hiciera.
Miró
su reloj resoplando.
Al menos
llegaría a tiempo para el ballet.
Hotel Sun Delay
William
marcó el número 6 en el ascensor. Planta sexta
habitación 66.
Aquella persona no debía ser supersticiosa.
Caminó
observando atento el pasillo. Moqueta roja, lámparas de
araña,
cuadros con marcos recargadísimos adornando las
paredes.
Era un buen
hotel. De los mejores de la ciudad. Pero si por él fuera
tendrían que despedir al decorador ahora mismo.
Y por fin se
plantó delante de la habitación. Una
más de una hilera de
puertas iguales.
Casi antes de
llamar ya habían abierto. Estas cosas no terminaban de
gustarle.
Ante
él una mujer morena, delgada, de edad madura que le miraba
con una
sonrisa perfecta.
- Encantada,
soy Mónica Reyes.
Algo dentro de
su cabeza le hizo comprender que acabaría
acostumbrándose a aquellos frescos en las paredes.
- Hola –dijo dándole la mano.
- Pase –contestó
dejándole paso en una maniobra
perfecta Se sentaron en el vestíbulo. En un sofá
rococó.
Era una suite
enorme. Un desperdicio para una sola mujer, pensaba
William, que observaba minuciosamente cada detalle.
Había
una bolsa de equipaje recién abierta, por lo que su
inquilina
llevaría allí no más de unas horas.
Todo estaba
simulando un estilo barroco demasiado recargado para su
gusto, pero no carente de estilo, muy acorde con el número
de la puerta y con
la fuerza que se intuía en el brillo de los ojos de la mujer
que tenía delante.
- Veo que no
escatiman en gastos.
- Ya conoces a
John, es una persona influyente.
- Bastante
–dijo mirando a su alrededor.
- Él
me pidió
ayuda con el caso. Somos viejos amigos.
Había
familiaridad en su voz, el brillo de sus ojos se desvió,
quizás a
tiempos pasados. William no las tenía todas consigo, nada le
encajaba, y por
supuesto nadie se había parado a explicarle nada.
-
Dejémonos de
preámbulos. ¿Qué quieren de mi?
- Creemos que
el forense intentó contactar contigo.
-
Así es, de
hecho me dirigía a su casa cuando tuve el accidente.
Mónica
asintió como pensando sobre ello.
- ¿Y
qué te
dijo exactamente? –preguntó inclinándose
hacia él.
-
Quería que
viera los resultados de las pruebas en persona.
Parecía… –dudó
unos segundos- no sé,
sorprendido.
- ¿Y
no te
dijo qué revelaban? –su
mirada escondía
nerviosismo.
- No, me dijo
que sólo me lo diría en persona, oiga,
¿a qué viene todo esto? ¿Por
qué no le
preguntan a él?
Por la
expresión de ella, no le iba a gustar nada en absoluto su
respuesta.
- Porque no
creo que vaya a poder.
Él
la miró confuso, no podía estar hablando en serio.
-
¿Qué quiere
decir?
- Acaban de
encontrar su cadáver.
William se
quedó sin palabras, había formas mejores de
decirlo, y no
haberlas usado era una falta de delicadeza intolerable. Una cosa es
colaborar
para el FBI y otra jugarte la vida por los Estados Unidos.
¡Era
médico, no un descerebrado ignorante sin prejuicios!
Ella
volvió a mirarle, esta vez más seria.
- Creemos que
usted corre peligro.
William se
reincorporó.
- Y ahora me
lo dices –dijo pasando la mano
por su
cara en señal de nerviosismo.
Se
levantó del sofá. Estaba furioso, esa no era
forma de tratarle, se
sentía como una marioneta usada antes de la recogida de
basura.
- Pero
tranquilo, le ofreceremos protección –había
seguridad en su voz.
- Espero que
no sea como la del forense. –Dijo
dejándose caer de nuevo en el sofá. Ya no sabía ni cómo sentarse.
Hoy tampoco iba
a ser un buen día.
Se
levantó, y miró por el balcón
intentando tranquilizarse.
Mónica
permaneció en silencio, sabía que no era
fácil. Él se dedicó a mirar
nerviosamente por la habitación, todo estaba demasiado
recargado. Aquello no
contribuía a tranquilizarle. Cerró los ojos,
respiró hondo un par de veces y
clavó sus profundos ojos azules en ella.
-
¿No tiene un
minibar?
- No creo que
emborracharse sea la solución –dijo
Mónica casi sin
inmutarse.
-
¿Ah no? ¿Y
cual es? ¿Hago como si nada hasta que intenten asesinarme?
¿Contrato a un
guardaespaldas? –estaba realmente
alterado.
- Tienes que
tranquilizarte –Ella volvió a mirarle con ojos
serenos. Era más una orden que
una sugerencia.
-
¡Claro si no
pasa nada! ¡Para ustedes sólo somos un numerito
más en la contribución! ¡Pero
en realidad tenemos vidas! ¡Somos personas de carne y
hueso!” – Hablaba muy
rápido e incluso le costaba
entenderse así mismo.
Estaba
desesperado buscando salidas y sólo se encontraba con
puertas
cerradas.
-
¡Comprendo
que estés alterado pero tienes que calmarte! –Al contrario que él, ella
permanecía inalterable.
De acuerdo –dijo respirando hondo pero
ahora
usted va a explicarme en qué coño ando metido y
por qué quieren matarme
–dijo con un tono poco amistoso
Se
volvió a sentar en el sofá cruzando los brazos,
no aceptaría un no
por respuesta.
Mónica
sirvió agua para los dos. Esto iba para largo.
----------------------------
Sus manos no
paraban de sudar. No podía creerlo. ¡No
podía creerlo! ¡Un
asesinato! y él lo había visto todo,
absolutamente todo, y lo tenía todo
grabado en video, tenía que ir a la policía.
No, de ninguna
manera, si aquellos eran agentes del FBI, que lo eran,
ir a la policía sería como entregarse. Sin
embargo había presenciado un
asesinato, si no iba a la policía podrían
acusarle de cómplice.
De pronto lo
vio todo claro. Tanto que se sorprendió de que no se le
hubiera ocurrido antes.
Entregaría
la cinta de forma anónima y asunto resuelto.
Pero
tenía que tranquilizarse sino quería tropezarse o
caerse, y era
crucial que llegara lo antes posible a su coche e irse de
allí inmediatamente.
Su coche estaba
lejos, apartado, no quería que quedara registrado en
ninguna cinta de vigilancia de aquel edificio, lo cuál
había sido un acierto
teniendo en cuenta como se habían desarrollado los hechos.
Al menos nadie
le había visto, de eso estaba seguro, había sido
muy
precavido en eso.
Estaba
nervioso, sus manos apenas podían mantenerse firmes el
tiempo
suficiente como para meter la llave en la cerradura del
vehículo.
Se
metió en el coche y se llevó las manos a la cara.
Esperó hasta que
su corazón dejara de martillearle las sienes,
permaneció inmóvil hasta que los
puntitos rojos que veía se desvanecieron del todo. Y
entonces se dio cuenta.
Había
alguien en el asiento de atrás.
----------------------------
Mónica
llevaba un largo rato hablando, empezó a darle datos,
fechas,
acontecimientos y un montón de información que no
parecía ayudarle en nada.
Hasta que llegó a Sussan, la mujer atropellada. Al parecer
tenía información de
máxima seguridad sobre un proyecto secreto del gobierno. Por
supuesto había
personas a las que esto perjudicaba. Personas que matarían
por esa información.
También por borrar las huellas.
Y él
parecía ser una de esas.
Todo
había ido muy rápido, y la agente Reyes se
había dejado grandes
lagunas por el camino, pero esencialmente, querían matarle
por algo que
desconocía.
El silencio
comenzó a ser bastante incomodo después de que
ella le
rebelara los detalles de la muerte del forense.
Le asesinaron,
no sin antes limpiar su apartamento y llevarse todo lo
referente a lo que encontró en la cápsula.
Oír
sobre su muerte no era especialmente reconfortante, aún
menos
teniendo en cuenta de que él parecía estar en
lista de espera. Luego Mónica
empezó a hablar sobre los números del misterioso
papel. Había que romper el
hielo, y al parecer, ella tenía mucho que contar sobre el
tema.
Comenzó
hablando sobre numerología y teoría de
números. No había que
ser muy listo para percatarse de que la apasionaba. Sobretodo por su
forma de
referirse a ellos.
Aquella mujer
era una verdadera caja de sorpresas. Después de algo de
historia y de datos curiosos, William casi había olvidado
que había una bala
con su nombre, así que se relajó y se
mostró mucho más participativo.
Y al fin ella
le contó su teoría.
Se trataba de
unas coordenadas cifradas, pero había algo más.
Algo que
por ahora le había resultado imposible descubrir y era todo
un reto para ella.
Era poco más que una intuición pero
sabía que el significado de aquellos
números sería tan importante como las
coordenadas. Algo que debería saber.
Se
había devanado los sesos durante horas y no
conseguía ni acercarse a
la solución.
William miraba
aquel diminuto trozo de papel con atención.
Sintió como
un zumbido detrás de su oreja. Un suave ronroneo que iba
aumentando más y más.
Pronto perdió la visión de todo lo que le rodeaba
excepto del trozo de papel.
Visión de túnel que le llaman.
El zumbido
ocupaba todo su espectro de audición, no oía nada
aparte de
ese zumbido atronador que le taladraba los tímpanos. Quiso
gritar pero no podía
saber si lo estaba haciendo.
Sintió
como si una aguja le atravesara el cerebro. Su cuerpo se
tensó
por completo.
-
¿Te encuentras
bien? –Preguntó
preocupada
- No.
–Dijo mientras se agarraba el
cráneo como si
quisiera arrancárselo. Sus uñas se clavaron en su
piel dejando heridas en forma
de medias lunas.
-
¡Llamaré a
una ambulancia! –Replicó
mientras se
alejaba al dormitorio en busca de su teléfono, aquello no
podía ser normal.
William se
incorporó, perdió el equilibrio y cayó
al suelo. En su
camino impactó con la mesa de madera maciza llena de
grabados hasta la
obcecación.
El dolor era
insoportable. Empezó a sufrir alucinaciones. Veía
aquel
papel brillante, muy brillante. Tan brillante como el sol en Zenit. Le
quemaba
los ojos hasta las corneas. La aguja que le estaba atravesando el
cerebro se
retorcía sobre sí mismo. Su cerebro estaba a
punto del colapso…
….Y
entonces vino la calma.
Se encontraba
en un lugar inmaculado, lleno de luz. Estaba solo,
desnudo.
Entonces algo
le golpeó con la fuerza de un huracán, una
columna de
imágenes le arrolló sin compasión
mientras un torrente de voces clamaba por su
atención. Pero sólo una lo consiguió.
Los números le estaban hablando.
Su cordura
pendía de un único hilo azotado por gigantes.
El dolor
desapareció tan pronto como vino, poco a poco fue
recuperando
la conciencia.
Había
tenido algo parecido a un ataque epiléptico.
Mónica le había
puesto algo en la boca para evitar que se mordiera la lengua.
Ella le miraba
realmente preocupada, era la segunda vez que una mujer
se preocupaba por él de esa manera en el mismo
día. Pero esta vez, había algo
diferente, aquella mujer parecía estar interesada en algo,
algo que aún ni el
mismo tenía del todo claro.
Las fuerzas le
fueron volviendo poco a poco hasta que pudo
reincorporarse.
Mónica
permanecía a su lado, ahora le miraba como las madres saben
mirar a sus hijos.
- Vienen hacia
acá -le dijo en tono conciliador.
- No, diles
que se vayan -volver al hospital era lo último que
necesitaba.
-
¿Qué? ¡No!
¡Acabas de sufrir un ataque! y esta mañana has
sufrido un accidente.
Había
preocupación en su voz.
- Soy
médico,
uno muy bueno por cierto, y esto no tiene nada que ver con lo de esta
mañana.
Era crucial que
confiara en él, no podía volver.
- Sea lo que
sea no estás bien.
- Lo
sé. Pero
no me dirán nada que ya no sepa.
- De acuerdo
–dijo.
Mientras,
marcaba el número en su móvil contrariada, no
estaba del todo
conforme, pero ahora parecía estar bien.
-
Iré al
cuarto de baño a por un par de tiritas, te has cortado en la
cara mientras
sufrías esas convulsiones que para ti no tienen importancia,
¿te pasa esto muy
a menudo? –la ironía
de Mónica
impregnaba cada una de sus palabras.
William
cogió de nuevo el papel, le dolían las manos y
aún no conseguía
enfocar muy bien la vista.
Se
quedó observándolo hasta que Mónica
volvió del baño con esparadrapo,
algodón y mercromina.
Estaba absorto
en los números, y había algo que lo turbaba. De
una
manera que a Mónica se le hizo extraña. Ella tuvo
un presentimiento. Fijó su
mirada en el horizonte hasta que las palabras de William chocaron ante
ella.
- Dime una
cosa, ¿crees que unos números pueden hablarte?
–al escuchar sus propias palabras
dudó de su cordura, había gente dentro
de habitaciones con las paredes acolchadas por menos de eso. Pero ella
le
observaba de manera distinta. Como si le comprendiera. Tuvo la
extraña
sensación de que esto era sólo la punta del
iceberg.
- Pienso que
las cosas nos transmiten vibraciones, desprenden energías, y
sólo algunos
podemos captarlas. ¿Por que lo preguntas?
No supo
cómo responder,
estaba apunto de adentrarse
en un terreno totalmente desconocido para él.
Había razones por las que algunas
cosas permanecían escondidas, quizás
ésta era una de ellas.
Entonces
llegó el momento de la verdad, tenía que
decidirse. Ella
empezaba a impacientarse. Si iba a hacerlo tenía que ser
ahora.
El sonido del
teléfono interrumpió la atmósfera del
momento. Parecía que
hubieran entrado en un estado de karma o quien sabe qué y
todas esas payasadas
que hablaban por la tele o que había leído alguna
vez en aquellas revistas de
seudo ciencia que abundaban en las salas de espera de su hospital o
peluquería.
Las mismas que había visto sobre la mesita del
salón en la habitación de
Mónica.
Ella
contestó el teléfono.
William
seguía pensativo, estaba organizando lo que había
visto,
dándole una forma coherente. Ajustando los detalles oscuros
de su explicación.
Poco a poco las piezas iban encajando en su cabeza y no sonaba tan
descabellado
al fin y al cabo.
- Acabo de
llegar –respondió la
voz de al otro
lado.
-
¿Ves algo
fuera de lo normal, John? –dijo
Mónica
mientras se levantaba y caminaba hacia el dormitorio.
- No.
Totalmente desierto. Aquí no hay nada. ¿Y
tú estás con el doctor?
-
Sí, le
estaba poniendo al día, un tipo interesante.
No era el
momento ideal para dar muchos detalles.
Mónica
escuchó un extraño ruido, la línea
tenía ruido, pero eso era
algo diferente.
-
¿Ocurre algo?
- No, me
había
parecido ver algo, sí, espera un momento… parece
una casa. O una cabaña, no se
ve muy bien, me acercaré.
Había
algo más que no le estaba contando.
- No te oigo
bien.
- Esto es el
desierto, no es para extrañarse.
Su voz se
interrumpió bruscamente.
-
¿Ves algo?,
¿John? Contesta.
-
Sí, es una
casa Y hay gente pe… n… recen….
El sonido
comenzó a entrecortarse cada vez más, hasta que
acabó
escuchando el eco del tono del teléfono. Se había
perdido la conexión.
Mónica
golpeó el teléfono, inmediatamente
después recobró la compostura
y marco la tecla de rellamada.
Nada, no
había línea.
Giró
su cabeza en tono de reproche.
Volvió
al salón y al mirar al joven doctor pensativo
recordó
rápidamente el punto exacto en el que se habían
quedado.
John estaba en
el desierto, quizás solo había perdido la
cobertura.
Tenía que centrarse en sus posibilidades, había
dejado algo pendiente cuando se
fue de la habitación.
-
¿Vas a
contármelo?
William la
miró dudando de su respuesta. Aún
había grandes lagunas en
su cabeza.
- Es una
tontería. Quizás solo fue un sueño, o
un desvarío por la fiebre, aún no lo se.
- No te hagas
el interesante, suéltalo.
El doctor
vaciló unos momentos convencido de lo absurdo de aquello.
Pero finalmente se decidió a intervenir, al fin y al cabo
nunca tendría mejor
público.
-
¿Te dice
algo la palabra ‘praise’?
Su impacto
creció al ver la cara de Mónica, se
había puesto pálida.
Había conseguido captar toda su atención. Desde
luego, había dado en el clavo,
mejor, porque esto no era lo más descabellado que
tenía que decir.
- Supongo que
eso es un sí.
Si
él se estaba volviendo loco, al menos no estaría
solo.
-
¿Qué más te
han dicho esos números? –Dijo
con esa
mirada tan preocupante
-
Pues….
----------------------------
Había
cruzado la línea y ahora todo era cuesta abajo y sin frenos.
Sus
pies se hundían en la arena caliente. El viento la levantaba
y ésta se le metía
bajo los pies. La corbata parecía no estar dispuesta a
quedarse con él.
Intentaba caminar deprisa, pero le era realmente difícil
avanzar. De todas
formas no sabía muy bien por dónde iba andando. A
veces pisaba duro, y otras se
hundía bajo el suelo.
En la
lejanía comenzaba a perfilarse una casa. Era sorprendente,
encontraba justo en medio de ninguna parte.
Siguió
avanzando, no cabía duda, eran siluetas humanas.
Había al menos
diez de ellas, estaban rodeando a la casa y no parecía
importarles ni la arena
ni el calor insoportable.
El viento
árido del norte se estampaba en su cara. Se mezclaba con
arena produciendo una sensación desagradable.
Una vez le
destinaron al desierto en una misión de reconocimiento,
echaba de menos las gafas, pero no los treinta kilos de equipo.
Había
dejado su jeep a unos kilómetros, no estaba por la labor de
llamar más la atención.
Le superaban en
número y no estaba muy seguro de lo que allí
encontraría, quizás debiera llamar a la
caballería, pero prefería asegurarse
sólo. Dar explicaciones era lo último que
pretendía, mientras menos gente lo
supiera, menos posibilidades de que alguien se fuera dela lengua.
Todo aquello
era muy extraño, pero ¿que había en
ese lugar? ¿Qué
misterios escondía?
La duda se
incrementaba a medida del transcurso de sus pasos. Sus
huellas desaparecían detrás de él. Se
llevó la mano a la chaqueta, sintió el
tacto de su arma, y eso le dio confianza.
- Como en los
viejos tiempo John –se dijo a si mismo.
----------------------------
William la
miró intensamente, no sabía cómo ni
por qué, pero ese papel
le había dicho algo. Y por muy absurdo que eso fuera no
parecía ser lo que se
dice irrelevante.
Mónica
tenía verdadera preocupación en su rostro. Su
respiración se
había tornado fuerte, como con ansiedad, la
sensación de su estómago no la
ayudaba en absoluto, algo estaba a punto de pasar y necesitaba saber lo
que
William iba a contarle antes de tomar ninguna decisión
precipitada.
Él
se mantenía pensativo.
Si el
día pasado fue intenso, es porque no había vivido
el de hoy. Su
gran preocupación se centraba en su sistema
neurológico, en el epicentro de sus
pensamientos. ¿Y si se estaba volviendo loco? ¿Y
si sólo eran meras
coincidencias? O mucho peor aún, ¿Y si
tenía razón?, no hay tratamiento si no
estás enfermo.
De pronto su
raciocinio golpeó a la paranoia.
¡Por
Dios era médico! ¡Científico!
¿Qué clase de científico
podía creer
tales cosas?
De nuevo
sintió la mirada de Mónica. Era una mujer
paciente, pero todo
el mundo tiene sus límites y William estaba bailando
claqué sobre los suyos.
- William,
necesito que me hables. Que me digas qué más te
transmitió el papel, es de
vital importancia.
- Entonces
dime que significa ‘praise’ –respondió
decidido. Estaba harto de que nunca nadie le explicara nada.
- Praise es el
apellido del hombre que buscamos, el que tiene toda la
información.
Lo peor de todo
es que aquellas letras parecían tener mucho sentido, y
eso no le tranquilizaba en absoluto. Coordenadas cifradas y apellido
valioso. Aquello no tenía pinta de
coincidencia ¿cuántas combinaciones de letras y
números diferentes existían?
Millones. Y entre todas él había dado con la
correcta.
Al percatarse
de eso, su rostro cobró un matiz de preocupación.
Las coordenadas
cifradas. El desierto.
William
terminó su pensamiento, mucho antes de completar su puzle
mental.
-
¿John
Doggett está allí? –preguntó
nervioso.
Mónica
asintió con la cabeza.
El suelo
desapareció de sus pies y se sintió caer,
profundo, muy
profundo…
- Tienes que
localizarle, ahora. –Había
desesperación en su voz.
-
¿Qué? –Mónica
no daba crédito, seguía cayendo y no
tenía sito donde agarrarse.
- Es una
trampa –dijo mientras los dos
permanecían unidos por una intensa mirada. Sus ojos
reflejaban verdaderamente
miedo.
Sabía
que ya era tarde. Demasiado tarde y quizás...
Las
posibilidades se planteaban como sombras oscuras vagando por un mar
de incertidumbre.
No
podía hacer nada, no más que localizarle pero
aún así, a tenía miedo
de encontrarle. Marcó el número en su
teléfono, su corazón se detuvo, debía
haberlo sabido.
----------------------------
El viento, cada
vez más intenso azotaba la arena enérgicamente,
como si
estuviera en medio de una especie de tormenta del desierto que
parecía cebarse
sólo con él. Tenía arena en los ojos y
dentro de los bolsillos. El calor era
insoportable y la camisa se había pegado a él
como una segunda piel. La arena
tomaba extrañas formas a su paso, siniestras y amenazadoras.
John
sacó su arma.
Aún
le costaba ver bien, pero cada vez aquella imagen iba cobrando
definición. Ahora había sólo unas
cuatro o cinco personas, y no parecían
propias del país. Sus ropas, su piel clara, todo indicaba a
algo fuera de lo
común.
Según
avanzaba su cara iba tomando perplejidad. Desde luego no era lo
que esperaba.
Se
habían percatado de su presencia. Toda aquella
situación estaba
envuelta en un halo de misterio.
Le costaba
comprender lo que sucedía.
Siguió
avanzando hasta colocarse justo enfrente de la casa. Ellos
aguardaban fuera como perros guardianes.
Uno
señaló hacia la casa, parecían querer
que él entrara.
No era una
decisión sencilla. No sabía qué le
aguardaba allí dentro, ni
por qué Sussan tenía aquellas coordenadas dentro
de sí.
Les
miró pero hablarles era inútil.
Así
que avanzó. Tomó aire y adelantó su
paso hasta la puerta.
Ellos no le
siguieron pero sus gestos le indujeron a depositar su arma
en el suelo.
Su mirada no le
transmitía confianza.
Después
de quedarse sólo y desarmado reflexionó un
instante.
Sabía
que cada acto podía ser crucial.
De modo que
decidió entrar. Cualquier sitio sería mejor que
permanecer
allí fuera.
Cerró
la puerta detrás de sí haciendo un ruido de
madera vieja.
Dentro reinaba
la penumbra.
Empezó
a caminar despacio. El suelo crujía bajo sus pies...
De pronto un
ruido le sobresaltó. Se giró bruscamente. Y sus
pupilas se
dilataron a la par. Ya deseaba no haber entrado...
Sólo
hizo falta una imagen para que el sudor frió impregnara su
espalda
y era esa…
Continuará...
Escrito por:
illanos
y Diana_xfiles
Editora:
Scu
Idea Original:
Equipo FH:
Maitote,
Alhana,
Cassttao,
Scu,
illanos
y Diana_xfiles.
Disclaimer: Muchos de
los personajes aquí utilizados pertenecen a Chris Carter y/o