Velocidad, aceleración, colisión entre dos cuerpos de masas ingentes a 

gran velocidad.

El tiempo transcurría de forma frenética, acelerándose en sus 

pupilas y deteniéndose en su cerebro.

No podía creer lo que estaba sucediendo. Toda su ropa teñida 

de rojo. Inmensas manchas de coloraciones agrias atravesaban 

su espectro dejándole un sabor amargo en la garganta.

Ya no distinguía la sangre del sudor.

Los coches de la autovía casi rozando su jadeo, teñían de inseguridad cada instante.

Aquella representación vulgar se duplicaba como un espejismo.

Imágenes entrecortadas y superpuestas intercalaban la presión de sus arterias.

Su corazón palpitaba a la velocidad de la luz, mientras las sombras les acechaban expectantes.

Su aliento yacía a la altura de su rodilla.

La contemplaba mientras la muerte la arrebataba de entre sus brazos.

Justo, cuando robaba el último soplo de vida.

Gritaba pero su voz se oía lejana.

Permanecía inmóvil mientras sus palabras se perdían por el asfalto.

Era un hombre valiente, pero aquella situación nublaba su juicio.

En el silencio de la penumbra, lloraba resignado por perder el pulso entre el comienzo y el fin.

¡Dichosa paradoja.!

 

Exposición de Arte Moderno

New York Gallery.

Hacía tiempo que había dejado de nevar en Nueva York. Era una noche fría pero despejada, mostrando un cielo desnudo lleno de estrellas.

El skyline de Nueva York recortaba la vista de la periferia, escondiendo los suburbios, dando la sensación de total aislamiento.

Se encontraban dentro de una caja de música en un mundo totalmente aséptico y limpio de la suciedad que los asediaba cada día.

Justo en el centro, dentro de uno de los gigantes de cristal, se encontraba un ajetreado pasillo con personas por todas partes.

Muchas comentaban los cuadros expuestos en la pared, otras se limitaban a hablar entre ellas, ajenas a otra cosa que no fuera el sonido de sus propias palabras por encima de las voces chillonas.

Había personas que miraban sin entender y otras que simplemente estaban allí porque creían que era su deber.

Todo el conjunto formaba un barullo demasiado grande para poder disfrutar del momento íntimo de encontrase solo ante la belleza de la reciente creación.

Aquellos cuadros aún se estaban secando y rezumaban vida por cada uno de sus pigmentos todavía brillantes.

Si uno se acercaba lo suficiente, podía mancharse las manos del  jugo primigenio de la vida que desprendía el óleo aún fresco, o percibir el olor intenso de la trementina. Aquellos cuadros derramaban vida sobre todo aquel que estuviera dispuesto a mancharse. A dejarse atrapar.

Aquellos cuadros estaban vivos.

Y sólo una mujer parecía darse cuenta.

Ella miraba intensamente cada lienzo, cada pincelada, queriendo descubrir la vida oculta en este arte moderno que embaucaba sus ojos.

Algunos eran sólo brochazos, otros, puro sentimiento.

Caminaba deteniéndose en cada una de aquellas obras de arte y una vez frente a ellas, las examinaba hasta la extenuación.

Parecía ajena al ruido, sola entre la multitud.

Sus ojos, extasiados, le permitían alejarse de todo lo demás. Tan sólo un mundo de sensaciones colgado en la pared.

Cada paso que daba era diferente al anterior, e impredecible el siguiente.

Algún tiempo después, se abrió camino hacia la terraza solitaria de aquel rascacielos.

Abrió la puerta sin meditaciones.

Un soplo de aire fresco y silencio la cautivó el mismo instante que un escalofrío recorrió su espalda. Había algo más allí.

 

Él estaba apoyado en la pared, de cara a las impresionantes vistas. De espaldas a ella. Su figura parecía esculpida por las propias manos de un artista obsesionado con la perfección. Su pose, hasta el milímetro estudiada, parecía sin embargo del todo descuidada, pero igualmente atrayente. Su ropa, sus manos, sus ojos ocultos. todo en él gritaba a cualquiera que quisiera escuchar que se encontraba ante la mismísima perfección.

Ajeno a estas reflexiones, él parecía inmerso en su labor, creando, pensando, o simplemente descansando su creatividad al borde de un acantilado de cristal sobre una selva negra, metálica y hostil que le contemplaba amenazante.

Ella no dudó en colocarse a su lado, observando lo que él. Su sola presencia ya llenaba toda la terraza.

Abajo, sólo coches diminutos en grandes atascos, que cobraban interés y belleza bajo su mirada. Personas con prisa yendo por la gran avenida. Árboles del parque bailando al son del viento. En definitiva, la vida en esencia. Esa gran desconocida que aún cuando nos golpea, seguimos amando.

Él tardó unos segundos en percatarse de su presencia y empleó otros tantos en contemplarla. Su pelo largo y dorado se agitaba pausadamente, y sus ojos, azules profundos, no tardaron demasiado en vislumbrarle. Bajo su mirada se abrieron, como si de una flor se tratara, todos sus encantos ocultos reservados sólo para algunos.

Ella necesitó un poco de tiempo para encontrar las palabras y él le agradeció en silencio la oportunidad de contemplarla un poco más.

- ¿En busca de un poco de paz.? –preguntó ella.

- No me gustan las multitudes –responde en tono tajantemente.

- Y menos cuando hablan de ti… –y deja entrever una sonrisa.

- Veo que no te resulto del todo desconocido –dijo sonriendo.

- Es difícil no reconocerte siendo tu exposición.

- Debí suponerlo –respondió quitándose parte del mérito.

Un silencio incómodo les separa y él aprovecha para contemplarla a su antojo. El color dorado de su piel hacía juego con sus cabellos rubios.

Pero su ego llamaba gritos a la puerta de sus dudas.

- ¿Te gustó? –preguntó, decidido.

Ella asintió con la cabeza

- He de felicitarte –dijo mirándole intensamente.

- Gracias –respondió sin apartar la mirada.

Parecía una mujer decidida.

- Si te soy sincera, no esperaba tanta profundidad. Tus cuadros dicen mucho.

- Eres la primera que lo piensa –dijo sonriéndole con sorpresa.

Ella esbozó una mirada cómplice.

- Estoy convencida de que tú también estás de acuerdo.

Aquella inyección de autoestima provocó cierta inquietud en él.

La miró confundido. En cierto sentido violento, pues parecía haber desvelado parte de su intimidad, algo que nunca antes nadie había visto. Como si de un mensaje oculto en sus lienzos se tratara y ella parecía haberlo descifrado.

- Tú -su pregunta no pudo ser formulada.

Un hombre de unos 35 años irrumpe en la terraza.

- ¡William, por fin! ¡Llevo una hora buscándote!  -hay verdadero alivio en su tono de voz.

A veces resulta imposible eludir responsabilidades y mucho menos si éstas vienen a buscarte en forma de amigo enfadado.

William preguntó en tono seco.

- ¿Qué quieres Frank?.

- Te buscan abajo. ¡¿Nadie te ha dicho que el pintor no debe irse el día de su exposición?! –dijo con una mirada firme y tono severo.

Él miraba a la mujer, contrariado, casi suplicando que ella ignorase al visitante y siguiera en el punto exacto donde estaban antes de que les interrumpiera. Pero no dijo nada de eso. Ya había recobrado la compostura a pesar de seguir ocultando cierto misterio en su mirada.

Arrastrando las palabras, se dirigió a ella.

- Lo siento, he de irme.

- Ha sido un placer –concluyó ella, proyectando fijamente hacia ella el azul de su mirada. Se alejó con pasos pesados en busca de sus compromisos.

La mujer lo vio desaparecen por la puerta acristalada. De pronto la terraza le pareció enorme.

Por el pasillo, Frank le miraba con intención de sonsacarle. Pero en vista del poco éxito, decidió preguntar.

- ¿De vuelta a las andadas? –Pero fue como si le hablara a la pared. No se sorprendió, no era ni mucho menos la primera vez.

- ¿Qué? –Preguntó volviendo en si.

- No sé por qué me molesto –resopló Frank.

Aceleraron el paso hacia la sala de exposiciones.

 

11.21 de la noche

Una mujer de pelo castaño entró corriendo en el edificio. Llevaba un moño perfectamente recogido, y unas zapatillas de ballet al hombro. Iba a toda prisa por los pasillos, casi dejando sus talones atrás.

Al llegar encuentra a William frente a uno de sus lienzos.

- ¡Hola cariño! –dice a la par que le da un tierno beso en los labios.

- Siento llegar tan tarde pero ya sabes como son los del ballet.

Él le quitó importancia.

- Tranquila, tampoco te has perdido mucho.

- No seas modesto. Sé que ha ido muy bien –respondió ella con una sonrisa. Él la miró pensativo.

- Lo cierto es que mejor de lo que esperaba.

- ¿Has vendido alguno? –pregunta rebuscando en el libro de cuentas.

- Si te soy sincero no tengo ni idea, volví a escaparme a la terraza.

Ella le mira en tono de reproche y vuelve a clavar su mirada en las actas.

- ¡Oh dios mío, Will! ¡Los has vendido todos!

- ¿Cómo?

- Sí, fíjate aquí –dice señalando con el dedo hacia el albarán.

- Todos comprados por WM. ¿Tienes idea de quien es?

- Ni la más remota, ya te dije que no he estado muy atento.

 

Oficinas del FBI. Nueva York

Aquel hombre parecía cansado. Permanecía pensativo recostado sobre su cómoda silla de oficina. Sus manos reflejaban el paso del tiempo, y su pelo gris el desgaste de toda una vida.

Su mirada, azul se dispersaba por la sala. Su mente trabajaba deprisa. Recordaba que una vez durante su entrenamiento en los marines se pasó tres días en cuclillas sin moverse un solo ápice para no ser descubierto. Seis marines de su misma academia guardaban el perímetro, y él se mantuvo invisible y quieto durante tres días a tres metros de su objetivo, sin perder la paciencia. Durante esos tres días llovió, hizo frío, mucho sol y le picaron innumerables insectos en todo el cuerpo, pero nada de eso le hizo moverse si quiera un poquito. Las piernas le dolían tanto que apenas las sentía, pero cualquier otra posición le habría delatado. Todos sus compañeros habían sido eliminados del juego, todos se habían precipitado, todos habían fallado, sólo quedaba él y seis enemigos. Durante tres días sin dormir a tan poca distancia de su objetivo nunca perdió la calma. Más tarde se enorgullecería de ello y se lo contaría a sus hijos y estos a sus nietos.

Ahora sin embargo todo era diferente.

Se sorprendió a si mismo riendo nerviosamente recordando aquella batallita al tiempo que rebuscaba entre el papeleo de su oficina, haciendo tiempo hasta que el teléfono se dignara a sonar. Tenía ganas de descolgar el auricular y gritar a su secretaria, pero eso no sería nada apropiado siendo el director del FBI.

El sudor recorría su frente, era pegajoso, espeso y apestaba a nerviosismo. Odiaba el nerviosismo, los hombres temperamentales como él no podían permitirse tal lujo, y menos con algo tan importante como esto.

Llevaba años esperando, era prácticamente el motivo de su lucha por convertirse en un pez gordo del FBI. El prestigio y demás condecoraciones banales ya no le importaban como antes.

Todo era por el nivel privilegiado de acceso a la información.

Largos años de informes y de investigaciones, de puertas cerradas, de impotencia se veían recompensados ahora que había llegado tan lejos. Y por fin hoy era el día, la primera miguita de pan que le llevaría a la casa de chocolate donde se guardaban todos los caramelos.

Curiosamente esta vez, sabía que la información no le llegaba por su cargo, sino por quien era él.

El segundero del reloj parecía querer burlarse de él yendo cada vez más despacio, pero él se consolaba pensando que cada segundo que pasaba le acercaban más al último. Aquella espera le estaba matando. Pero era necesaria.

Abrió el cajón de nuevo; la carpeta estaba tal y como la había dejado hace cinco minutos. Volvió a abrirla por la primera página. Una gran etiqueta con un sólo nombre:

Gibson Praise.

Dos horas después devolvió la carpeta a su lugar, sabía que se le escapaba algo. Casi podía sentir el sabor en la punta de la lengua. Podía saborearlo y eso le ponía furioso. Rebuscó entre los demás ficheros. Varias notas cayeron al suelo obteniendo una mirada piadosa por su parte. Se agachó pausadamente a recogerlas mientras las miraba embelesado, quizás algo de trabajo le mantendría despejado. Lo cierto es que últimamente no había demasiado trabajo y sin embargo el mundo iba cada vez peor.

No tardó mucho en volver a quedarse mirando al teléfono, si éste hubiera sido consciente de su mirada, se hubiera puesto a sonar compulsivamente, pero no, se mantenía quieto, silencioso, sin moverse nada en absoluto.

Permaneció largo rato mirándolo fijamente. Pero su súplica silenciosa no obtenía respuesta.

Era tarde y necesitaba un café, quizás al fin y al cabo no fuera la llamada que él había estado esperando. Quizás tendría que esperar más.

Se levantó de su silla y se dirigió a la puerta. Durante un instante se mantuvo quieto con la mano en el picaporte, sin ni siquiera respirar. Rígido como un muro, atento como un árbol que se deja mecer por el viento.

Descolgó el teléfono casi antes de que el mecanismo del timbre se activara.

Era ella.

La primera miguita de pan estaba bajo sus pies y ningún cuervo podría arrebatársela.

 

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William pedaleaba con fuerza.

El asfalto se deslizaba veloz bajo las ruedas de su bicicleta. Sus piernas aplicaban la fuerza necesaria en cada pedaleada para que la rueda delantera de la bici se despegara momentáneamente del asfalto dándole esa sensación de continua aceleración y desaceleración que le encantaba.

Le gustaba pedalear de pie, le permitía ir más rápido y su tiempo de reacción ante los obstáculos (personas, coches, bordillos) era valiosamente efímero.

Le encantaba el riesgo.

Adelantar a los coches en los atascos, saltarse los bordillos y sentir aquel primer contacto con el suelo suavizado por la amortiguación delantera. Le encantaban los pasos de cebra y las miradas de las chicas cuando pasaba a su lado con aire despreocupado.

Le gustaba tremendamente su bici y estaba orgulloso de su control sobre ella.

La ciudad contemplaba su estela mientras él la recorría a la mayor velocidad posible. Solía tararear mientras esperaba en los semáforos canciones pegadizas que había oído antes de salir de casa.

No sabes por qué pero las melodías más estúpidas son las primeras que no puedes sacarte de la cabeza. Ésas y las canciones de Navidad, pero nunca hace demasiado frío como para querer cantarlas.

Todos los días cambiaba de ruta. Resentía su puntualidad, pero le gustaba ser espontáneo.

Aprovechó el semáforo para ir hacia el quiosco más cercano y descargarse en su memoria portátil la prensa del día. No hay nada mejor que saber lo mal que va el mundo para que aprecies lo normal y mundano de tu vida. Aprovechó y se descargó también el complemento de moda. Con lo que había ganado en la exposición, bien podría permitirse algo sexy para su novia.

Su continuo déficit de atención y sus constantes devaneos la tenían un poco cansada, y no lo podía permitir. No ahora.

Entre pensamiento y pensamiento fijó su mirada en el horizonte. Todo parecía tranquilo. Una nueva jornada ante él en la que poder superarse. Un nuevo día, un nuevo sol. Aquello le encantaba, le hacía sentirse vivo. Y todos los días daba gracias a su profesión.

No sabía porqué, pero se sentía contento, con fuerzas. Podría comerse un jabalí entero de una sola sentada, si hacerlo no se considerara un crimen contra la naturaleza. Sentía como el mundo vibraba bajo sus pies en resonancia con su alma.

Quizás todo se debiera únicamente a una bonita mañana. Pero merecía la pena.

Volvió a la calzada y comenzó a tararear otra vez esa melodía. El tráfico no avanzaba, pero él no formaba parte de el.

De repente algo no iba bien, algo estaba mal.

Apretó los frenos y la bicicleta se clavó en el sitio, su bonita mañana se acababa de arruinar como la camisa del hombre que sujetaba a la mujer que yacía en el suelo.

Se tomó un instante para quitarse el casco y acto seguido la rutina de médico se adueñó de su ser.

- ¡Por favor, déjenme pasar!, Soy médico, por favor dejen sitio, despejen la zona para que la ambulancia pueda llegar lo mas rápido posible.

Se acercó a la victima. Un hombre de unos sesenta y cinco años le sujetaba la cabeza a la mujer. Se estaba desangrando y presentada múltiples orificios en el resto del cuerpo.

Era extraño, el hombre que la tenía entre sus brazos no la miraba como un padre desolado.  Había angustia en su rostro, de esa misma que aparece cuando esperas algo de la otra persona. Sí, parecía querer algo de la chica, pero desde luego no le sacaría nada en su estado.

William se arrodilló y se apresuró a comprobar sus constantes vitales. No duraría mucho sin ayuda.

El hombre que la agarraba no pareció darse cuenta de su presencia hasta que William le obligó a que dejara de atosigarla con preguntas estúpidas.

- ¡¿Qué le ha pasado?!

Estaba claro que la mujer había sufrido un golpe tremendo, y a juzgar por aquellos hematomas y el cúmulo de hemorragias todo apuntaba a un atropello.

- ¿Es usted medico? –preguntó con aspereza el hombre.

Por un momento William se planteó en decirle que no era de buena educación responder a una pregunta con otra, pero debido a que aquel hombre parecía ser mas fuerte que él, y desde luego no era un mar de serenidad, decidió responder a su petición.

- Sí, trabajo en el Memorial. ¿Puede decirme que ha ocurrido exactamente?

- ¡¿Es que no lo ve?! ¡La han atropellado, y se han dado a la fuga!

El hombre le miró fijamente para captar su atención y le hablo en tono más bajo.

- Escuche,  ella es una testigo protegida, soy del FBI, director del FBI –dijo con mirada elocuente -la necesito viva, ¿me entiende?

Volvió la cara hacia la mujer.

- ¡Vamos Susan! ¡Aguanta maldita sea!

William se tragó la réplica ácida para después, si ese tipo era director del FBI él era el mismísimo doctor Fleming.

Aún así decidió aplazar cualquier conversación pendiente para cuando la chica dejara de sangrar.

La mujer respiraba con dificultad, seguramente no le quedaría una costilla sana en su caja torácica, pero era la herida en la cabeza lo que más le preocupaba.

- ¡Necesito que vaya a buscar algo para tapar esta herida!, ¿ve la mochila junto a la bicicleta? Dentro hay una toalla, vaya allí y tráigamela.

El federal pareció dudar por un segundo, pero la mirada autoritaria de William proyectó en él una orden silenciosa.

Con una delicadeza casi paternal dejó la cabeza bajo su chaqueta. No había terminado de incorporarse cuando la mano de ella se aferró a la suya con tal fuerza que casi le hace caer.

La mujer había pasado de estar en un estado de semi inconsciencia a estar totalmente despierta.

Su mano se aferraba con fuerza a su brazo incluso mucho después de que empezaran las convulsiones.

Allí, tendido en las calles de Nueva York, agarrando las débiles piernas de la que pretendía ser su confidente, con su camisa de los martes empapada de sangre y la fuerza del sol ensañándose en su nuca, el hombre del FBI pudo sentir con todo su peso el significado de la palabra impotencia.

Las sirenas empezaron a sonar unos instantes antes de que entrara en parada. La mañana del doctor William se había arruinado, pero desde luego no estaba dispuesto a perder a su primer paciente diez minutos antes de que empezara su turno, no, eso no. Hoy no.

En la ambulancia continuaron con la reanimación durante dos minutos más, el pulso era débil pero estable, estaba entubada y amarrada, y durante todo ese tiempo ella no había dejado de agarrarle la mano a aquel hombre.

No tenía fuerzas para respirar, su brazo izquierdo estaba roto al igual que sus dos piernas y la mayoría de los huesos de su cuerpo, pero eso no parecía significar nada. Tenía los ojos cerrados desde que comenzaron las convulsiones, había sangre en sus labios y los cortes de la frente habían dejado de sangrar. El auxiliar le estaba conectando la segunda unidad de sangre y William se esforzaba devanándose los sesos para intentar averiguar el alcance de las lesiones internas.

Estaba tan absorto que el director del FBI tuvo que darle un suave pero urgente empujón para que se diera cuenta de que ella había abierto los ojos.

Era evidente que quería decir algo, pero no podía estando entubada.

El hombre del FBI le miró, pero William le respondió lanzando otra mirada aún más amenazadora.

- Si se lo quita, morirá–dijo para despejar cualquier duda.

Como un relámpago, el brazo de ella volvió a cobrar fuerza. Más que un movimiento fue un espasmo, levantó su brazo y también el del director, y lo mantuvo allí durante un segundo.

Iba a sufrir otro ataque.

Empezaron a sonar todas las alarmas, se les iba otra vez, y ahora, iba en serio.

El auxiliar ya estaba cargando el desfibrilador y él ya tenia el gel para las palas en sus manos. Pero no llegaron funcionar.

- No lo entiendo, ¡no funciona!

- ¡¿Qué?! ¡Vamos tío no me jodas!, ¿Donde está el de repuesto?

El auxiliar respondió con desesperación.

- ¡Éste es el de repuesto!, ¡ninguno funciona!, ¡los comprobé al salir, no lo entiendo!

William tiró con todas sus fuerzas el maldito gel inútil y éste rebotó dos veces en las paredes de la ambulancia antes de perderse en el suelo.

No era justo, no era justo.

- ¿Cuánto queda para llegar al hospital?

- ¡Tres minutos! ¡Cinco como mucho!

Su mirada lo decía todo. Él ya lo sabía, estaba muerta, sin reanimación no tenían nada que hacer.

Desconectó los aparatos de lectura y miró con impotencia hacia el techo.

Era inútil.

William se volvió hacia la chica. Tenía los ojos abiertos y miraban fijamente al hombre del FBI.

Él la miraba con lágrimas en los ojos, lágrimas de furia e impotencia. Sabía que los culpables, seguramente quedarían impunes.

William apartó la mirada y se dispuso a cerrar los ojos de la chica, toda la ciencia a su alcance y se había ido a la mierda por unas baterías. Toda su mañana a la mierda!

Los ojos de la chica ya no miraban al agente del FBI, miraban más abajo, hacia su mano. Sus ojos se habían movido.

Sus labios se movían sin emitir sonido alguno salvo el de sus dientes mordiendo el plástico del tubo que se metía por su garganta. Quería decir algo, y ¡dios! la salvaría para que pudiera contarlo.

Su mano alcanzó instintivamente la suya y de un solo movimiento, el botón de encendido de los aparatos de lecturas pitó pausadamente.

El latido era apenas un susurro, pero como el ruido de fondo de una grabación en vinilo, no importa que no lo escuches, sabes que esta ahí.

No estaba muerta.

Una sonrisa se dibujó en la cara de William.

Una mañana que había empezado así, no se iba a arruinar tan fácilmente.

William se volvió hacia el conductor.

- ¡Maldita sea, pide un quirófano inmediatamente!, Diles que el doctor Van de Kamp ha llegado a casa y que trae una chica que salvar. –Su tono, no carente de sorpresa, transmitía orgullo.

Hospital Memorial

La ambulancia frenó por primera vez delante de la puerta de urgencias, tres enfermeras y dos médicos esperaban para llevarla a quirófano y una más para ayudar al doctor William a cambiarse y esterilizarse para la operación.

Mientras se daban los partes con el estado de la joven, su acompañante del FBI escuchaba atento las predicciones.

William disponía a irse tras la camilla cuando una mano se interpuso en su camino. El hombre le agarró fuerte del brazo. Su mirada transmitía desconcierto y preocupación.

- ¿Es cierto lo que han dicho?, ¿Que se va a salvar?

- Sí, ¿por qué no? señor director del FBI –respondió William con aires de Grandeza.

- Me llamo John Doggett, y espero que sea cierto –dijo en tono serio

William hizo un amago de saludo militar

- ¡Sí señor! Y si me disculpa –dijo apartando la mano de John Doggett que aún le agarraba con fuerza, yo también tengo vidas que salvar. Y desapareció tras la puerta de urgencias.

Desde luego no estaba dispuesto a tragarse que ese tipo era quien decía ser, pero quizás debería empezar a prestar mas atención a las noticias del periódico y menos a los anuncios de lencería.

Dentro todo era frenético, aunque al igual que dentro del termitero, todo se movía como si fuera una sola masa inteligente. Salvo por los familiares histéricos que divagaban sin rumbo por las salas de espera, rezando a dioses que parecían no escucharles.

Era un gran hospital, uno grande, verdaderamente grande. Sólo la población médica ya llegaba para poblar una pequeña ciudad y eso sin contar a las enfermeras, auxiliares, técnicos de mantenimiento, conserjes, celadores y limpiadoras. Había cinco cafeterías, dos restaurantes y cincuenta cuartos de baño. El hospital vivía en turnos de doce horas, había personas que llevaban trabajando en el mismo edificio durante diez años y ni siquiera se reconocerían por la calle.

Los médicos, siembre corriendo de acá para allá con algo que hacer. Siempre con esa mirada de cansancio y de eficiencia pensando en su último paciente (y en las últimas Navidades que no pasaron con sus hijos, novias o madres.) Siempre rodeados por un cúmulo de enfermeras muy bien organizadas dispuestas a ganarse el sueldo.

Un buen hospital que empleaba el treinta por ciento de su presupuesto anual en pactar demandas de los pacientes. Un buen hospital que no tocaba a nadie a no ser que tuviera seguro. Un sitio donde estar a salvo si recibes un disparo si perteneces a la clase alta de la sociedad o tienes suficiente efectivo en el banco.

William podía ver su cara reflejada en el suelo. Le gustaba, porque le devolvía la sonrisa.

La intervención había ido perfecta. Llegó con la operación ya empezada y se fue antes de que terminaran. Él sólo se ocupaba de las cosas importantes. Abrir y cerrar era trabajo de los demás.

Los daños internos no eran tan graves como él creía. Desde luego no había una costilla sana, pero ninguna había atravesado el pulmón como temía. Los órganos internos estaban afectados, pero se recuperarían antes de que le quitaran los yesos de las piernas. Todo había ido perfecto salvo algunos fallos en los sistemas eléctricos. Nada importante, pero algo molesto.

Aquel Dogbert, o como se llamara, podía arrodillarse agradecido. Un tipo con suerte. Si la hubiera juzgado por como pintaba cuando él la encontró, desde luego no habría apostado ni un centavo por ella.

Pero desde que estaba en aquel hospital, había aprendido dos cosas: las enfermeras eran fáciles y las cosas nunca eran lo que parecían, tal y como el clima: cambia rápidamente y te pilla siempre sin ropa de abrigo.

Fue a su despacho, se puso la bata con su nombre perfectamente bordado, y salió al pasillo. Esto no había echo mas que comenzar.

De pronto, sus ojos se iluminaron. Vio algo por el rabillo del ojo que le llamó la atención, pero no fue su cerebro el primero que respondió ante aquel estimulo.

No le hizo falta un segundo completo para reconocerla. La había visto sólo durante cinco minutos, pero sería capaz de esculpir su rostro completo en mármol con cincel y una maza de madera.

Su mirada profunda y su cabello dorado la delataban allá donde fuera.

En la antigüedad las mujeres importantes mandaban a sus súbditos ir delante de ellas para que la gente supiera que llegaban. En este caso, sus súbditos eran sus ojos y éstos le atraparon antes de que pudiera darse cuenta de la cara que se le estaba quedando.

Pero se sobrepuso. Él la miró sorprendido y ella le correspondió con confusión. Se acercó a él, no tenía otra alternativa, pero por supuesto fue William el que habló primero. Había que compensar la balanza.

- Bienvenida a mi humilde morada, ¿me esta usted siguiendo? –dijo seguro de si mismo y con aire despreocupado.

- Hola. –respondió sorprendida.

- Así que trabajaras aquí –dijo ella permitiendo que sus mejillas se ruborizaran un poco, sólo lo suficiente para que él supiera que en realidad, era una feliz coincidencia.

- No, es que... me gusta venir disfrazado de médico –respondió en tono burlón estirando su bata blanca que dejaba bien visible el ‘doctor’ de su chapita.

Ella miró hacia abajo sonriendo, dándose cuenta de lo absurdo de su pregunta.

- Y... bueno, ¿qué haces tú aquí? ¿Estás bien? ¿Te ocurre algo?

- No, sólo es un chequeo rutinario, ya sabes –respondió nerviosamente-, médicos, batas, agujas... lo de siempre –sonriendo.

Miró hacia sus ojos sin desdibujar la sonrisa de sus rostro ¿Había estado todo el tiempo tan cerca o es que la habitación se había encogido los últimos dos segundos?.

- Claro -respondió asintiendo- y... ¿quién es tu médico? Quizás yo podría... ya sabes, agilizar los tramites.

- Si no fueras médico y no parecieras estar tan interesado en la salud de sus pacientes, podría malinterpretar sus palabras doctor. –Había cierto tono que no le acaba de gustar en esas palabras.

- Es curioso, te tiras una noche examinando mis cuadros más personales y te sientes incómoda cuando yo  invado tu intimidad.

- Sorprendida, más bien, o... halagada quizá. –Pronunció sus palabras a la par que deslizaba su dedo sobre la reluciente placa el doctor Van de Kamp.

Él aprovechó el arrebato de sinceridad para retomar una cuestión pendiente.

- Oye, la otra noche hubo algo que no me quedó claro.

- ¿El qué? –respondió ella rodeando su pregunta con un halo de misterio sensual.

William la miró intensamente, hablando sin palabras.

Una enfermera se dirigió a él a toda prisa.

- ¡Doctor Van de Kamp!, le necesitan en la UCI. ¡Ahora! –exigió la enfermera jefe enseñando sus buenas dotes de mando.

- ¿Soy el único médico del hospital o qué? –Replicó William con su característica ironía. La enfermera Hathaway miró hacia arriba aclamando clemencia por tener que lidiar día a día con hombres así.

- No pongas los ojos en blanco, Kate –dijo William, mofándose de sus reacciones mientras se alejaba detrás de ella sin poner más resistencia. Era algo mecánico. Si te llaman vas, no importa lo que estés haciendo. Vas.

Pero su vuelta no fue exactamente como esperaba.

El pasillo estaba atestado de policías, todos con sus bonitos trajes inmaculados hablando por sus móviles de última generación.

La habitación no estaba mucho más tranquila, escoltados por dos hombres bien corpulentos, las enfermeras y un médico probaban toda su artillería sin éxito.

Cuando llegó no reconoció a su paciente. Desde luego no estaba como él la había dejado, porque él la había dejado viva y ahora estaba cruzando el túnel de luz blanca.

A su paso todos los aparatos dejaron de sonar rítmicamente para dejar paso a un pitido constante muy familiar.

- Hora de la muerte 10:05 pm –dijo con tono cansando el doctor Foreman. Se había ido. No había nada que hacer.

William no podía creer lo que veía.

- ¿Qué coño ha pasado aquí?

Para llevar allí tan sólo siete años y ser uno de los cirujanos mas prometedores del hospital, se tomaba muchas confianzas con su jefe.

Demasiadas.

William se giró hacia él en busca de respuestas.

- Una parada cardiaca. Supongo que estudiarías eso en la facultad –contestó el doctor harto de sus subidas de tono.

- No me vengas con esas, ¡yo mismo la examiné hará unos 15 minutos y estaba perfectamente! ¿¡Cómo es posible?!

- Seguramente la mató un colapso en su cerebro debido al traumatismo craneal…

William le corta.

- ¡Vamos Foreman! No puedes hablar en serio.

Una voz imponente irrumpió desde la puerta.

- Espero que no.

Ambos se giraron sorprendidos.

William no pudo evitar arquear su ceja al ver aquella imagen. Su placa lo decía todo, ante él, el jefe de mando el agente John Doggett, y esta vez, sí que parecía el mismísimo director del FBI.

Sin la camisa manchada de sangre y con seis chupatintas a sus espaldas, ese hombre bien podía ser el presidente de los Estados Unidos.

Desde luego no le sentó nada bien enterarse de que su testigo acaba de morir.

- ¿Puedo hablar en privado con usted? –le preguntó Doggett. Ambos se retiraron hacia el pasillo apartándose de la mundana multitud.

- Necesito su opinión como médico.

- ¿Y bien? –contestó William con una serenidad superficial.

- ¿Qué cree que la mató?

- Necesitaría una autopsia para confirmarlo pero - John le interrumpió.

- Hágala, –Aquella orden nada sutil proveniente del director del FBI le dejó sin palabras. Cuando quiso reaccionar, su silueta se esfumaba por el pasillo.

- ¡Señor Doggett! –consiguió finalmente decir

- ¿Sí? –respondió casi sin mirarle.

- ¡No soy forense!

John le miró tan sólo un instante y respondió mientras retomaba su camino.

- ¡Ese no es mi problema! –afirmó desde la lejanía. Y de pronto, se vio a sí mismo inmerso en todo el proceso.

 

Sala de Autopsias. Hospital Memorial.

Era bien entrada la noche, y William había tenido que hacer malabares para conseguir una sala disponible.

No sabía por qué pero todo aquello le gustaba, y eso que no tenía nada que ver con las enfermeras del turno de noche, lo cual le extrañaba. Tampoco era el olor a formol ni la luz blanca de neón de la mesa de autopsias, menos iluminado que un quirófano pero más iluminado que una consulta. Al fin y al cabo nadie se iba a morir si la chafabas en la operación. Además las sombras le daban un aire más apropiado, como más lúgubre, lúgubre pero limpio, una morgue como otra cualquiera.

Es curioso, un día te levantas siendo médico, y al siguiente te acuestas trabajando para el FBI. ¿Es así como se entra a trabajar para el gobierno? Un día viene un tío con una placa y te dice, hijo, el tío Sam te quiere a ti. Y al siguiente acabas con un montón de objetos afilados y una tal Susan muerta en una cama de acero.

Lo cierto es que esta escena era un poco dejavú puesto que él mismo la había abierto esa misma mañana, claro que la diferencia es que antes estaba viva y ahora no.

Mirando el lado positivo, ya tenía una anécdota más. Eso del deber y el orden es algo irresistible para ciertas… ya lo estaba viendo “¿sabéis que he estado colaborando con el FBI?”, le faltó tiempo para imaginarse relatando las aventuras del joven doctor William y el federal.

Era consciente de que no duraría mucho de súper héroe, pero resultaría divertido recordarlo. Sobre todo después de haber olvidado el estropicio que tenia delante.

Pensaba en cómo iba a decírselo a Natalie, con lo que ella opinaba sobre el sistema, seguro que no saltaba de emoción.

Miraba a la víctima indignado. Preguntándose cómo la habían podido perder. Los buenos médicos nunca están contentos con los trabajos de los demás, y los médicos excelentes nunca están contentos con el trabajo de nadie.

El sonido de la pesada maleta de metal contra el suelo consiguió sacarle de sus fantasías. A este forense le gustaba trabajar sólo con sus herramientas. Era de los mejores, podía permitírselo.

El forense acababa de llegar y ya empezaba a desempaquetar minuciosamente todo. Un hombre ordenado.

- Gracias por venir, sé de lo precipitado. pero. –Lo dijo de forma automática, sus palabras fluyeron de sus labios sin pasar por su cerebro, ni siquiera intentó parecer amable, el trabajo es trabajo.

- No sé en que andarás metido, pero en el hospital hay rumores de todas clases –replicó con cara poco agradable.

- Eso no concuerda con mi petición de discreción. –Contesto Doggett desde el marco de la puerta, lejos, manteniendo las distancias.

- ¿Usted siempre arremete por sorpresa? –Preguntó William desconcertado por su silenciosa aparición.

Doggett se adentró en la sala de autopsias hasta situarse enfrente de William.

- ¿Dónde está la chica? –Preguntó haciendo caso omiso a las dudas del doctor. El forense buscaba en el depósito, abriendo las puertas metálicas y examinando las etiquetas identificativas.

- Debe de ser. esta. Sí, Susan Galer, ¿verdad? –Inquirió mientras llevaba su camilla hasta la mesa.

- Y díganme, ¿qué buscan exactamente? –Parecía que le gustaba ser el que resolvía los misterios. Iba a ser una noche larga, muy larga.

- La causa de la muerte.

 Permaneció pensativo unos segundos.

- Dígame doctor Van de Kamp ¿Qué habría hecho usted para que pareciese muerte natural?

- ¿Qué?. ¿natural?. Habría esperado un par de años, las que no miran al cruzar son reincidentes.

Doggett le miró con esa expresión de “cállate” que le hizo frenar en seco.

- Pues no acostumbro a hacer esas cosas. Más bien todo lo contrario, pero supongo que lo más convincente hubiera sido ponerle un barbitúrico de acción rápida como el Pentobarbital, con una aguja hipodérmica muy fina para que fuera casi imposible detectar la marca.

Doggett asintió como si esperara oír esa misma respuesta.

- Compruebe si tiene signos de algún pinchazo –respondió Doggett.

- ¿Piensa que fue envenenada? –preguntó el forense.

- Sí, y también que mi testigo trataba de decirme algo. No sé muy bien pero creo que relacionado con algo que llevaba.

- Ahora lo veremos. –Dijo el forense, como si fuera un niño pequeño en Navidad antes de abrir la bolsa de regalos. Y acto seguido conectó su grabadora y comenzaba su examen externo.

- La víctima muestra fuertes hematomas provenientes de una grave colisión. No hay señas de estrangulamiento, ni pinchazos. –Doggett le interrumpió.

- Un momento, ¿qué es eso? –Señalando a un pequeño punto en su brazo.

- Eso es la secuela de una inyección de epinefrina. Se la pusimos en la unidad de trauma,  –contestó William que no quitaba ojo en el proceso, le encantaba ser el primero de la clase.

- ¿Y acostumbran a poner otra detrás de la oreja? –Respondió señalando otra marca. Los doctores se miraron extrañados.

- No, está claro que esa marca no es cosa nuestra.

- El resultado de los análisis que pedimos despejará nuestras dudas –dijo William mirándole en tono tranquilizador. Aquello empezaba a ponerse interesante.

Aunque ese hombre parecía no perder la calma tan fácilmente. Él era el director del FBI, aunque eso sólo acrecentara la extrañeza de todo aquello.

Lo cierto es que William no sabía absolutamente nada, de hecho nadie había tomado la molestia de informarle. Que el supiera, los médicos que atendían a los pacientes, no les hacían las autopsias a éstos y mucho menos a petición del director del FBI. Pero ese halo de misterio le atraía como un imán.

¿Quién podría haberlo hecho? Si era lo que él había supuesto parecía un crimen médico. No estaba muy seguro, era su primer asesinato, pero, ¿un asesino convencional no usaría un simple veneno? Cicuta por la oreja como en Hamlet. Pero no, esa inyección había sido en la uci, allí sólo entraba personal acreditado, el acceso es restringido y muy controlado, ¿quién habría conseguido entrar allí y matar a su paciente sin que nadie se enterara?

Esto era obra de un profesional, o del hombre invisible. ¿Pero y si sospechaban de alguien del hospital? O mejor dicho, ¿y si ese asesino, era alguien del hospital? ¿Y si sospechaban de él?

William se sintió tentado por pensar tales cosas. Ciertamente no conocía a todos los médicos que allí trabajaban y Foreman le caía mal. También había algunos con quien sólo había cruzado un par de miradas.

- ¡Van de Kamp!

Como un jarro de agua fría, aquellas palabras le sacaron de su ensimismamiento particular.

- ¡Mira esto!

Se le había ido el santo al cielo, tan absorto como estaba en sus propias elucubraciones, el forense ya casi había terminado el examen interno. Había vísceras por todas partes y un reguero de sangre hasta la balanza.

William dirigió su mirada hacia el contenido del estómago.

- ¿Qué…? ¿Qué es eso? –William intentaba buscarle un parecido con algo que conociera pero lo cierto es que no consiguió nada. El forense cogió sus pinzas y lo extrajo con mucho cuidado. Luego lo metió en una cubeta para limpiarlo y una vez limpio, se lo acercó a las gafas con aumento para poder observarlo mejor.

William se acercó para contemplarlo en detalle.

Parecían dos colegas coleccionistas de cosas extrañas enseñándose sus nuevas adquisiciones.

Ambos se miraron atónitos.

Pero aquel silencio no duró mucho.

- ¿Cómo ha llegado hasta ahí? –Preguntó John casi más para romper el silencio que con afán de hallar la verdad. Pero ellos no contestaron, seguían mirándolo desconcertados.

Era una pequeña y brillante cápsula de metal.

- Por vía oral –contestó por fin el forense. William seguía examinando aquel objeto mientras John y el forense conversaban sobre los posibles daños médicos.

Estaba claro que no era muy recomendable tragarse trozos de metal. Aquello despertó la curiosidad de William que empezó conjeturar posibilidades.

Federales, testigo, atropello y fuga, cápsulas en el estómago. Todo aquello le sonaba a película de espías.

Prosiguió su examen llevándose la cápsula a la mesa, donde había una lupa. Parecía que tenía algo grabado en uno de sus lados.

La luz parpadeó cuando pasó por delante de ella. Eso le recordó algo. Volvió a pasar delante de ella y volvió a parpadear.

Curioso. Acercó la cápsula a la luz y entonces pasó algo verdaderamente extraño. Parecía como si la luz se combara.

Willian no daba crédito a aquella extraña reflexión en la radiación. Si Einstein levantara la cabeza.

Volvió a observarlo y presenció el mismo fenómeno.

Aquello no podía estar pasando.

- ¿Alguien más esta viendo esto? –Dijo hablando en voz alta esperando que aquellos dos hombres le prestaran un mínimo de atención. Ambos le miraron por fin.

Señaló la cápsula y los miró confuso.

- ¿Crees que esto podría interferir con algo, por ejemplo, la batería de un desfibrilador?

Ahora que tenía la atención plena de los dos no parecía preguntar a nadie en concreto.

- Pues no debería, aunque nunca había visto algo así, ¿qué coño es eso? –dijo observando incrédulo el extraño fenómeno. Doggett analizaba cada una de las palabras del doctor Van de Kamp, sabía exactamente en qué estaba pensando.

- ¿Cree que eso tuvo algo que ver con lo de esta mañana? –Preguntó Doggett.

William le hizo un gesto de duda. Seguía ensimismado con el objeto, lo miraba como un niño a su juguete nuevo.

- ¿Me permite? –John preguntó a la par que se lo arrebataba de las manos, él era el director del FBI, podía permitírselo. Lo llevó a la mesa, lo puso delante de la lupa y se quedo mirando durante un buen rato, como si las demás personas del mundo no tuvieran prisa por saber más cosas sobre aquel objeto.

- Aja –aquel sonido tan breve colmó la paciencia de William.

- ¿Qué pasa? –Dijo interesado.

- Tiene un. –contestó Doggett mientras hacía fuerza con ambas manos. De pronto, la cápsula se dividió en dos al mismo tiempo que un fino trozo de papel caía al suelo.

Doggett lo recogió casi al unísono.

William lo miró, y comprobó las similitudes con sus chuletas de la facultad, pero obvió el comentario, la noche ya no estaba para bromas.

Doggett analizaba minuciosamente aquel papel. Al fin y al cabo no iba a ser una perdida total.

- Una secuencia de 20 números –musitó mientras aparecía un brillo en sus ojos. Ya sabía por donde continuar el sendero de miguitas.

- También hay algo más, un número, o... un símbolo –dijo, mirándolo al revés

- ¿Alguien sabe de qué es? ¿Una marca de cápsulas metálicas?

Doggett empezó a echar de menos a sus compañeros astutos y ágiles federales.

La inscripción era algo así como I0I. El numero ciento uno era un número peculiar. Pero aquello bien podía ser una i mayúscula o un uno. Lo más probable es que no tuviera nada que ver, o eso pensaba William que esperaba contemplarlo de cerca para forjarse una mejor opinión.

Fin del misterio. La víctima quiso darle esa información a toda costa.

Y como un papel se hubiera deshecho mucho antes de llegar al estómago, utilizó la cápsula como seguridad. El por qué y demás motivos ya no eran problema suyo.

El forense empezó a recoger su instrumental.

- Quiero que analicen esto –dijo John mientras depositaba en mano del forense la cápsula. Ni siquiera se despidió.

Así que así era trabajar para el gobierno, abusan de ti y luego sin darte las gracias te dejan tirado, genial, dios bendiga América.

William tuvo la sensación de que jamás volvería a ver al federal. Desde luego no se podía ni imaginar lo equivocado que estaba.

Afueras de Nueva York

El sonido del teléfono taladró su tímpano aún antes de despertarla. Ese eco estridente y metálico tan característico de los teléfonos.

Ya no estaba dormida, estaba cómoda y rezagada entre sus suaves sábanas de diseño. Era una mujer mayor, pero aún conservaba parte de su atractivo, y éste no consistía en su pericia con el maquillaje. Su belleza radicaba en su forma de ser, en sus gestos, en su fuerza. En la pasión de sus sentimientos por las cosas que le gustaban.

Su pelo se enredaba en la almohada, dibujando curiosas formas, desapareciendo en los pliegues más profundos y resurgiendo de forma espontánea.

Frotó sus ojos con ademán de cansancio y miró el reloj de la mesilla. Desde luego no eran horas, pero era la cuarta vez que sonaba.

- Diga –dijo con su voz más somnolienta.

- ¿Mónica? Yo soy, Doggett.

- ¡John! ¿Ha ocurrido algo? ¿Estás bien? –Preguntó mientras se incorporaba.

- Tranquila, se trata de un asunto de trabajo.

- ¿Qué ha pasado?

- No creo que sea conveniente contártelo ahora, creo que me están investigando –una ola de recuerdos la invadieron, bien valía una oportunidad.

- ¿Entonces?

- Necesito tu ayuda, eres la mejor en tu campo. –La necesitaba, después de tanto tiempo la necesitaba. Mónica no necesitó oír más.

Sabía a qué se refería, y es que en todos estos años pasados se había dedicado a la numerología científica.

Colaboraba con la policía de Nueva York resolviendo casos a su estilo más personal. Doggett siempre tuvo sus reservas al respecto y no dejaba de ser curioso que ahora recurriera a ella.

- Mónica, ¿sigues ahí?

- Sí, ¿te veo en la antigua estación?

- Estaré esperando.

Antes de colgar los dos esbozaron una sonrisa. Hacía demasiado tiempo que no se veían.

Mónica recogió lo necesario y se marchó a toda prisa. Antes de salir se miró al espejo, mesó su pelo con delicadeza, y no pudo evitar sentir cosquilleo en su estómago.

 

Hospital Memorial

No se había dado cuenta pero ya había amanecido. La luz natural apenas entraba en esa zona del edificio, así que la única diferencia entre el día y la noche era el turno de enfermeras. Pero ahora no se veían enfermeras, así que bien podía ser cualquier hora.

William se estiró mientras cruzaba el pasillo en busca de su preciada máquina de café. Expresso, capuchino, solo, descafeinado., esa máquina se sabía todas sus debilidades y le complacía siempre que la requería.

Esta vez sería doble. Había sido un día muy largo. Pero parecía que todo había terminado. Un día intenso, sí señor, de esos en los que descansar es la única prioridad.

Frente a la máquina halló a Doggett, que parecía proyectar en aquel diminuto vaso de plástico todas sus dudas. Esto si que le sorprendió, si hubiera podido apostar, sobre quien se encontraría al lado de su máquina de café, desde luego Doggett habría estado muy por detrás de Mickey Mouse y los tres cerditos.

- Un duro día, ¿eh? –William trataba de ser simpático. No lo hacía a menudo, pero la estampa de aquel hombre ejercía una fuerza invisible sobre él, le inspiraba confianza, firmeza, y eso no le pasaba muy a menudo.

- Su rutina es salvar vidas, la mía, investigar muertes –respondió sin devolverle la mirada.

- Bueno, esta no será una simple muerte –contestó William sabiendo que se metía donde no le llamaban, el suelo que pisaba se podría volver a tornar resbaladizo.

- ¿A qué se refiere?

En ese momento pudo sentir los ojos de aquel hombre clavados en él. Se había dado la vuelta, y fruncía el ceño de una manera poco convencional.

William dudó un segundo

- Emmm…bueno, ¿Por qué tendría que personarse el mismísimo director del FBI en un simple caso de asesinato? –Preguntó con matiz ingenuo.

- Creo que habrá podido observar que mi implicación es bastante personal –dijo en tono cortante.

El doctor asintió con la cabeza. Estaba claro que el director no estaba dispuesto a hablar.

Echó dinero en la máquina y esperó a que su café estuviese listo. Miró el reloj. Su turno comenzaba dentro de veinte minutos.

Sus compañeros no le creerían.

Se sentó en el banco del pasillo compartiendo el silencio con su acompañante.

Era una situación incómoda, pero no estaba dispuesto a volver a preguntar. Ya había aprendido la lección, además detestaba a la gente que no captaba las indirectas.

Pasó el tiempo y nada más, durante su último sorbo, decidió que era inútil permanecer más tiempo allí.

- Pues buena suerte, director –dijo mientras se levantaba, no llegaría tarde otra vez.

- ¿Se marcha?

- Sí, mi turno va a comenzar. Aquí nos gusta el trabajo duro. Ya le enviarán los resultados clínicos mañana –dudó un segundo- es decir, hoy.

- Espere, le acompaño.

- No es necesario, no se moleste.

- Insisto.

William no era un experto en el tema, pero cuando el director del FBI insistía, sabía que no era apropiado rechazarle.

Caminaron juntos por el pasillo y luego por el hall. No cruzaron palabra, pero empezó a suponer que aquel hombre se encontraba solo. Y que la mera presencia humana, le era útil para consolarse, o quizás era de esas personas que se expresaban mejor sin palabras, como las piedras.

Poco a poco se fueron acercando a la entrada del hospital, donde sutilmente William esperaba que su acompañante se marchara. Pero nada fue como esperaba.

Estaba girándose para despedirse de John cuando una avalancha de cámaras, focos, micros y periodistas se les echaron encima.

Todos preguntaban a la vez, pisándose unos a otros, empujándose, dándose codazos. Y todos querían ser respondidos, aún si saber muy bien qué es lo que tenían que preguntar.

Alguien debía haberse ido de la lengua. Que si negligencia médica, que si asesinato, que si atentado contra la salud pública. Lo más probable es que aquellas preguntas fueran al azar, seguramente ninguno de los que estaba allí sabía de qué iba el tema.

Pero lo cierto es que el desconcierto se había apoderado de la prensa.

William se escabulló como pudo y dejó al agente con todos aquellos buitres, no sin antes tener que dar un par de evasivas a unos cuantos periodistas demasiado pesados.

Se dirigió a la ventanilla, su turno se lo habían asignado a su colega. Pero aquella nota de Foreman advirtiéndole de que recuperaría esas horas comenzó a importunarle muy negativamente.

Mordió su lengua y volvió a mirar el reloj. Era hora de irse a dormir.

 

Apartamentos Deep Side

Cuando por fin se plantó enfrente de su puerta una sensación de alivio invadió su mente. El tráfico a esas horas era infernal y tenía tanto sueño y le dolía tantísimo la cabeza que sólo pensaba en llegar a su cama y dormir. Definitivamente, colaborar con el FBI había resultado más estresante de lo que imaginaba.

Tiró su mochila al suelo, y se fue quitando la ropa de camino al dormitorio, pero antes pasó por el cuarto de baño. Allí aprovechó para lavarse las manos y refrescarse la cara. Los hospitales eran el sitio perfecto para coger todo tipo de bacterias y virus ultra resistentes.

El agua le sentó muy bien, ¡dios cuando echaba de menos su cama! Pero cuando miró su imagen en el espejo, encontró otro rostro reflejado.

Era una mujer, y conocida.

- ¡Natalie, por dios!

- Lo siento, no quería asustarte –no estaba lo que se dice muy contenta.

- ¿Qué haces aquí?

- Por si no lo recuerdas, habíamos quedado anoche –Tenía razón, no lo recordaba.

- Oh. mierda., lo siento… pero créeme, esta vez está más que justificado –Era bueno poniendo excusas, pero esta vez era cierto, ¿porque sonaba tan poco creíble?

- Lo sé. –El hecho de que lo supiera no parecía calmar su enfado. William entornó su cabeza en gesto de duda mientras se secaba la cara con la toalla.

- Te he visto en las noticias.

William levantó las cejas en ademán de sorpresa. Parecía que hacía siglos de todo aquello. Y de pronto imágenes de todo el día comenzaron a inundar su mente. Accidentes. Autopsias. Federales. Foreman. ¡Menudo idiota!

Y de nuevo retomó la conciencia al observar una novia un tanto molesta cruzada de brazos enfrente de él.

- ¿Desayunamos algo y te cuento? –Dijo utilizando su mejor mirada de corderito y su sonrisa perfecta de anuncio. Ella sonrió, sabía que por muy enfadada que estuviera y por muy preocupada que hubiera pasado la noche, aquel desastre de hombre, que sólo sabía hacer bien dos cosas, siempre conseguía reblandecerla.

- He traído magdalenas, de esas con chocolate por dentro y por fuera que tanto te gustan. –Respondió ella medio enterrando el hacha de guerra. William rió percatándose de que Natalie era la mujer que más se preocupaba por él (después de su madre, por supuesto).

Y la abrazó fuertemente descargando parte de su cansancio en ella.

- ¿Que haría yo sin ti? –Suspiró-.

- A veces me pregunto si no debería dejar que lo averiguaras –bromeó ella.

A pesar de su sonrisa, William decidió cambiar el tema. La miró directamente.

- ¿Sabes? He conocido al mismísimo director del FBI.

- Seguro que sí.

- Vamos sé buena conmigo, he tenido un día muy largo.

Entonces ella le miró sólo como una mujer puede mirar a un hombre. No podía enfadarse durante mucho tiempo con él. Al fin y al cabo, no se había quedado allí toda la noche para irse enfadada.

 

East Park

Llevaba un buen rato sentado, sin mirar a ningún punto en concreto, distrayéndose con cualquier cosa que pudiera tener algo de interés. Las extrañas sombras que las farolas proyectaban en los árboles, lo negro del cielo, los movimientos difusos de los coches que pasaban por la carretera a su lado. Cualquier cosa que le mantuviera ocupado para no pensar.

Pero era inútil, llevaba años esperando este momento, quizás mucho más de lo que se permitía admitir a sí mismo, algunas veces, cuando llegaba a casa temprano, e iba al frigorífico a coger un par de cervezas para ver algún partido en la tele, al pasar junto al teléfono, sentía ese impulso, esa nostalgia, pero nunca la suficiente como para llamar.

Los recuerdos giraban y giraban en torno a su cabeza, recuerdos del pasado, buenos momentos. Alguien dijo que los momentos pasados son siempre mejores cuando los recuerdas, éstos llevaban tiempo latente, pero no por ello habían dejado de ser buenos.

Había estado tan centrado en su caso en los últimos años que ahora se sentía vacío, tan alejado de sus sentimientos, que apenas pudo reconocerse.

Ahora, al darse cuenta del paso del tiempo, se percataba de todo lo que había renunciado. Sin embargo, sabía que era así como tenía que haber sido.

Podía sentir el cosquilleo en el estómago, un cosquilleo que creía olvidado ¿a estas alturas aún iba a ruborizarse?

Pero hacía tanto que no la veía.

Sus vidas acabaron tomando caminos demasiado distintos. Habían estado tan unidos y sin embargo no les costó demasiado separarse. Tuvo que ser así, de otra manera, no habría funcionado.

De pronto las luces de un coche le sobresaltaron. Había llegado. Se puso en pie expectante mientras ella bajaba.

Ahora más que nunca intentando mantenerse firme, fuerte, decidido. Pero sus nervios se empeñaban en aparentar todo lo contrario.

La observó y vio en ella la misma mujer que hace años, por un momento creyó estar teniendo un dejavú. Habían pasado tanto tiempo juntos, y ahora, hacía tanto que no la veía. Sin embargo, para él, era exactamente la misma Mónica Reyes de antaño.

Según se acercaba sintió como temblaban sus rodillas, más tarde se reiría por lo absurdo de su comportamiento, pero ahora tenia ganas de amarrárselas para que dejaran de temblar.

Un atisbo de sonrisa cruzó su cara ante semejante idea, y ella lo interpretó a modo de saludo. Mónica se colocó justo delante de él, despacio, como queriendo prolongar más el momento. Hacía tanto que no se veían, que los dos necesitaban volver a familiarizarse con aquellos pequeños detalles que antaño habían conocido tan a la perfección.

Observó su rostro con una sonrisa y acarició su mejilla.

- No has cambiado nada –le dijo mientras sonreía.

- Siento no poder decir lo mismo –contestó John.

Mónica le miró fingiendo molestia y se dieron un fuerte abrazo.

- Tú estás aún mejor – murmuró con su rostro hundido en su cabello. Olía a ese perfume dulzón afrutado tan característico en ella. John supuso que hay cosas que nunca cambiarían, por mucho que pasara el tiempo.

- Y bueno, cuéntame eso tan importante que te traes entre manos.

- Siéntate, esto va para largo.

 

Apartamentos TheLight

Sus manos tecleaban al ritmo de la música. Y la música era frenética, lo último en sonidos electrónicos experimentales, de ese tipo de música que luego no podrías tararear sin que los demás te miraran raro. Su corazón latía casi en resonancia con las pulsaciones del teclado. Estaba rodeado de tres procesadores que prácticamente adivinaban el pensamiento, lo último que se podía comprar en los foros no oficiales de las grandes compañías de hardware. No apto para bolsillos endebles.

El sistema de refrigeración de carbono burbujeaba justo detrás de su oreja, pero eso no importaba porque los auriculares estaban perfectamente adaptados para no dejar escapar ni siquiera un sólo sonido de la caja perfecta que eran sus pabellones auditivos.

El mundo podría terminarse y él no se enteraría hasta que finalizara la canción.

Su conexión de hiper-velocidad sufría una sobrecarga, pero a él no parecía importarle. Su red local estaba echando humo literalmente. La habían retirado del mercado por sobrecalentamiento hacía un par de años pero ningún switch era capaz de trabajar a esa velocidad. Si ardía sería por una buena causa.

Navegaba por las redes suboficiales, recopilando datos, anotando fechas y guardando fotos, videos, audio. Y todo lo que le resultara mínimamente relacionado con su propósito principal. Necesitaría miles de horas para poder mirar todos los detalles, pero al fin y al cabo no tenía nada mejor que hacer.

Tenía 35 años, no muy mal visto y con indicios de calvicie. Pero su edad mental era más bien de 20, si es que los chicos de veinte no pensaban como los de dieciséis. Sus obsesiones ocupaban la mayor parte de su atención, y ésta, llevaba años susurrándole al oído, escuchando las noticias por él, rebuscando en los foros y en los blogs del underground. Sacando mierda a palas de excavadora y atando cabos sueltos. Siguiendo rumores y pistas que le llevaban a callejones sin salida. Tenía un nombre en la red, y sólo le interesaba una única cosa: encontrar a su padre.

Era la primera vez que un dato le había conducido a algo tangible. Durante años había perseguido fantasmas y sociedades de paletos venidas a más. Había violado los protocolos de seguridad de muchas empresas y no le había servido de nada. Pero esto era diferente, esto era el fruto de años de sacrificio y búsqueda, y por que no, de una suerte tremenda.

Asociación RCG. Había estado delante de sus ojos todo el tiempo, había estado allí, siempre allí, escondida, latente, manejando todos los hilos. Por fin se había hecho con una lista de miembros, conocía a la mayoría, les había investigado a todos al menos una vez, pero nunca desde esta nueva línea de investigación.

Ahora todo parecía encajar, todos los datos, estadísticas, pruebas, accidentes. Todo concordaba tan a la perfección que casi daba miedo.

Pero no había llegado tan lejos como para ahora dar marcha atrás.

Miró intensamente su pantalla ultra LCD. Algo se quedó en su retina. Por un momento, una foto, un logo corporativo. Ya lo había visto antes, en alguna parte.

Sus cejas se arquearon al descargarse su web a la misma velocidad que apuraba lo que quedaba de su bebida azucarada.

Unos tipos obsesionados con que los hombrecillos verdes o grises ya estaban aquí, muy al estilo de película de los noventa, a esta gente sólo les faltaba proclamar que el presidente era extraterrestre. Desde luego a lo largo de sus investigaciones había tenido la oportunidad de conocer a grupos de personas raras, extrañas, estrafalarias y porque no, un pelín obsesionados por la estética de los setenta, pero ésta. Se llevaba la palma. Sólo les faltaba llevar capirotes de aluminio en la cabeza para proteger sus ondas cerebrales de ataques alienígenas.

Bueno, quizás las usaran en privado.

Lo triste es que su figura paterna estuviera relacionada con todo aquello. ¿Que tendría que hacer su padre con aquellos  chiflados?

Tenía pocos datos sobre él, algún recorte de prensa, alguna mención en algún artículo de una edición privada y cosas por el estilo. Aunque ninguna de aquellas cosas parecían concluir a que se trataba de una persona “normal”. Pero al menos había esperado que tuviera un poco más de estilo. En fin, poco tenía que decir él sobre el misterio de la genética, encerrado en una habitación diminuta rodeado de dispositivos electrónicos con único fin encontrar a su padre misterioso.

De pronto, sus ojos cobraron un brillo especial.

Se frenó en seco, apagó su música, y miró atentamente la pantalla. Sus ojos transmitían incredulidad. Realmente debía de estar cansado. Aquello no podía ser lo que era, y desde luego era totalmente absurdo.

Volvió a frotarse los ojos.

Aquella mujer. ¡Maldito William!

Llevaba años buscando una pista y él la había encontrado primero. Las casualidades no existen, al menos no a estos niveles.

Cogió su móvil y pulsó el uno. En su lista de marcación rápida sólo había tres números, el de su madre (0), el de William (1), y el del bar de abajo de comida rápida, (3).

- Vamos. Contesta –verdaderamente, era un mal momento para no tener a mano el teléfono, pero es habitual cuando realmente necesitas localizar a alguien.

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William abrió los ojos, llevaba algún tiempo rodando por su cama sin tener ganas de despertarse. Estaba realmente cansado, pero desde luego, había merecido la pena, daba gracias cada mañana por tener una novia así.

Su cama estaba vacía y la silueta de Natalie aún se dibujaba entre las sábanas. Se había ido, por un momento se sintió apenado de que no le despertaran con un beso de buenos días.

En fin. La cruda realidad.

Vaya, se había acabado su día de buena suerte. Buscó sus pantalones entre el resto de su ropa por el suelo, y fue al salón. Se tiró en el sofá y buscó su cojín favorito, tan mullido y suave.  Visto así, parecía que no hubiera roto un plato en su vida.

Pero había algo pegado a él, Natalie le había dejado una nota, y él acababa de olvidar lo estresante que era la vida de una bailarina.

Era increíble lo que una mujer puede conocer a un hombre. Los corazoncitos de la nota le pusieron inusitadamente feliz. Se sonrió para sí mismo y dio buena cuenta de lo que necesitaba. Una buena ducha.

Se rascó la cabeza y se desperezó con cara de sueño. Se despidió momentáneamente del sofá y se encaminó a la ducha con paso vacilante. Su cuerpo aún le pasaba la factura del cansancio, pero era médico, y tenía cantidad de drogas para borrar el rastro de su malestar general, ¿no es genial poder firmarte tus propias recetas?

Se quitó la ropa de camino al baño y se metió en la ducha. Nada mejor que agua bien fría y un cóctel de ibuprofeno.

Después de un par de gritos ahogados decidió que mejor un baño de agua caliente, al fin y al cabo, no tenía intención de ir a ninguna parte.

Mientras se secaba escuchó el sonido de su teléfono, Se había quedado un poco adormilado en la bañera, con las sales, las burbujas y la espuma, y todas esas cosas que diferencian un buen baño de una simple ducha.

La primera vez que vio a Natalie comprar todas aquello la miró con cara de “te has vuelto loca”, ahora sin embargo era algo tan vital como el desayuno. No era lo mismo sin ella, pero no todo podía ser perfecto.

Salió corriendo hasta el teléfono, pero su timbre cesó justo en el instante que lo alcanzaba. A tientas pulsó el botón de escuchar los mensajes. Se lo conocía perfectamente, tanto o más como el de borrarlos, sin embargo a veces los confundía, por eso ella siempre le dejaba notas.

5 llamadas pérdidas de Frank y 2 con la extensión del laboratorio del hospital, quizás fuera el forense.

¿Quería escuchar a su amigo y compañero del alma para que le diera un discurso sobre lo que fuera? Definitivamente hoy no era el día, así que llamó al laboratorio en busca de información.

Después de un par de redirecciones y de operadoras aburridas le encontró.

- Acabo de ver sus llamadas, ¿qué quería?

- Tengo el resultado de los análisis, y también los de la cápsula.

 ¿Y bien?  -Su cabeza se habría camino entre una maraña espesa de conjeturas que pudieran estar relacionadas con aquello, pero aún no sabía exactamente a que se refería.

- Prefiero hablarlo en persona.

- ¿Por qué? ¿Qué hay exactamente en esos análisis?

La cápsula. Sí ahora lo recordaba todo, aquel tipo, Doggett, quizás le diera una de esas tarjetas de acceso restringido que tanto salen en las películas.

- Cuando los veas lo entenderás. Sólo puedo decirte que nunca antes había visto nada así.

- ¿En qué sentido? –Ese tipo si que sabía como darle emoción a asunto.

- Pásate por mi casa cuanto antes y hablamos, ¿de acuerdo?

- Está bien, está bien… Deme su dirección y voy hacia allá.

- Apunte.  Pareció dudar durante unos instantes, pero necesitaba verle a solas.

Colgó y permaneció un instante pensativo. Medio mojado y envuelto en su albornoz. ‘¿Qué diablos habría en esos análisis?’, ya era tarde, había verdadera curiosidad en sus palabras, y todo lo que pensara ahora sólo prolongaría más la agonía del momento.

Se levantó y fue a su habitación por algo de ropa. Le encantaba ir atractivo. De vuelta a la mesa del teléfono pensó en llamar a Natalie, un almuerzo romántico estaría muy bien.

De nuevo sonó el móvil. Otra vez Frank. Le dijo adiós con la mano al móvil y se fue con una sonrisa.

Hoy no Frank. Le compraría algo bonito, sabía cuánto le gustaban las chorradas a ese hombre.

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Frank se quedó perplejo, ni el móvil ni el fijo. Pensando atrás no era la primera vez que no le cogía el teléfono, la verdad es que últimamente sólo le había llamado para reprocharle algo sobre su comportamiento. Pero esta vez no tenía nada que ver con nada de eso. Estaba convencido de que si sabía lo que iba a contarle no actuaría de tal manera, pero él lo había querido.

Y si se le ocurría traerle otra chorrada de esas que tanto le gustaba comprarle se iba a enterar.

Volvió a mirar su pantalla de ordenador.

Aquella chica rubia se había convertido en una mujer muy misteriosa. Primero intimidando a William en la exposición, y ahora miembro de una extraña asociación. Siempre resulta inquietante cuando una mujer joven y guapa se mezcla en este mundo de cuarentones con pelos largos y nulo conocimiento acerca de otros colores que no sean negro sobre negro.

Él al menos usaba otros colores, ni punto de comparación. Además estaba seguro de haber visto al tipo de la derecha en algún campeonato del AD&D.

No era justo que el único vínculo que le unía a su padre, pasara por William, aunque fuera por algo tan trivial como que ‘él la vio primero’.

Desde luego por él no había mostrado el más mínimo interés.

Anotó las señas en un folio, y se dispuso a salir. Era su oportunidad, lo había esperado durante tantos años que no podía controlar su nerviosismo. Le temblaban las manos, y la voz.

Se tomó un tiempo para recomponerse, éste iba a ser un gran día. No pensaba permanecer indiferente ante la reunión de esta tarde. Si esa mujer era una pieza en su rompecabezas, no iba quedarse sentado a mirar su puzle.

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William conducía deprisa. Le gustaba ir rápido, tanto en la bici como en su coche. Tenía un considerable dominio al volante, como en casi todo lo que hacía. Podías sentirse seguro con él, y eso no es algo que se pueda decir de todo el mundo.

Toda una gama de hipótesis se precipitaban ante él. Se sentía bastante intrigado acerca de la cápsula, ¿porque le haría ir en persona? Tenía que ser algo muy importante, o quizás aquel hombre era un poco paranoico.

En su cabeza se agolpaban un montón de teorías, pero ninguna era lo suficientemente buena para que un médico no pudiera decirlo por teléfono.

A pesar de todas las medicinas que había ingerido, su agotamiento cada vez parecía mayor. Quizás se había pasado con alguna de ellas, o no había tomado suficiente, pero aquello era muy poco probable. Tenía que ser otra cosa. Pero no sabía qué. Sus pensamientos se tornaron lentos y pesados, y empezó a no pensar con claridad.

En la última curva pisó la banda sonora, un par de pilotos se encendieron en su salpicadero. Su cabeza estaba apunto de explotar. Los otros coches eran manchas borrosas. Todo el frente se desfiguraba ante su mirada cansada.

Una especie de alarma comenzó a sonar dentro del coche, dentro de poco se activaría el control automático del vehículo.

Comenzaron a invadir su mente una serie de imágenes extrañas. Números encadenados. Misteriosos. Caras que no conocía, lugares en los que nunca había estado, una granja, de noche, había mucha gente, una mujer, una mujer arrodillada.

Cuando intentó frenar, ya era demasiado tarde. Los dispositivos de seguridad se activaron antes del impacto contra la mediana.

Otra vez el milagro de la tecnología salvó al hombre.

Frank se encontraba ante un edificio muy emblemático en la parte antigua del complejo industrial. De un momento a otro aparecerían los hombres de negro a flashear a todo el mundo.

Se distrajo observando los alrededores, bien atento, aunque nada parecía fuera de lo normal. No había podido concretar con exactitud la hora exacta de la reunión, y ya llevaba tres horas allí.

Nada indicaba que una extraña asociación tuviera un encuentro en aquel lugar. Pero estaba seguro de que así era. Esperó pacientemente largo rato, hasta que de pronto, comenzó a llegar gente. Lo sabía, simplemente lo sabía.

Unos tenían pinta de freakes compulsivos, otros eran de lo más normal. Hombres con maletines y corbatas. Ninguno iba de negro, lástima.

Tuvo tiempo de hacer un perfil psicológico a cada uno de ellos, de hecho, se aburría bastante.

Tuvo tiempo, hasta que ella llegó.

Había pasado una hora desde que entrara el primero. O no era nada puntual, o le gustaba hacerse esperar. Esto empezaba a tener buena pinta.

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No podía ver nada. No oía nada. Sólo vacío y claridad. Una luz albina y maternal que lo invadía todo.

Una claridad sin sombra, clarividente, e inquietante.

Las sombras y los colores se mezclaban para disipar formas.

Era otro lugar.

Tranquilo y árido. William se sentía como si hubiera vuelto a su hogar, pero él no recordaba nada de eso.

Se encontraba solo, no había nadie más a su alrededor, y sin embargo, sentía algo más, como una voz que le cantaba, como el abrazo protector de una madre.

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Frank no paraba de mirar su reloj. Lo miraba y lo miraba y lo volvía a observar.

Y las manecillas parecían abrir cada vez más su sonrisa a cada rato que pasaba. Pero se reían de él en cada segundo que se detenían.

De repente, su mujer misteriosa salió del edificio. Ya era hora.

Iba sola, y todo indicaba que había salido antes de que acabara la función. Durante todo el tiempo que había pasado desesperado esperando en el coche se le habían pasado multitud de ideas extrañas por la cabeza. Incluso se le pasó la idea de entrar en la reunión, pero aquellos tipos seguro que tenían una especie de saludo secreto y cámaras por todas partes. Y aún no quería que supieran quien era él. Y mucho menos lo que se proponía. Además sabía que ella podía reconocerle, así que optó por esconderse tras su periódico. A leer una y otra vez la misma columna de opinión. Era un artículo bastante malo, no había pasado de la tercera línea y ya sabía que era una pérdida de tiempo seguir leyendo.

Ella caminó hasta el final de la acera, y se montó en su coche aristocrático. Un sedan negro, como los que usaban los hombres del gobierno.

No llevaba nada en las manos, ¿no había entrado con un maletín? Estaba deseando comprobarlo en las fotos que le había sacado con su cámara de alta definición.

Estuvo al volante una media hora. No parecía dirigirse a ningún lugar en concreto, o al menos él no sabía a donde se dirigía.

Se detuvo delante del Archivo Nacional. Desde luego esta mujer era una caja de sorpresas. Saludó al portero, y aún sin bajarse del coche, éste le dio un paquete. Ella con su sonrisa hechicera se despidió tal y como llegaba. Si no estuviera allí expresamente para observarla, aquellos hechos habrían pasado totalmente desapercibidos por el mundo entero. Por suerte su cámara lo estaba grabando todo. Tenía un par de amigos adictos al flujo de frames que podrían incluso darle una lista de posibles objetos que podría encerrar aquella caja.

Frank observaba, se fijaba en todo, en los pequeños detalles, en las cosas que a la gente normal le pasaría inadvertida. No en vano había estado soñando con este momento durante toda su vida.

Siguió conduciendo, esta vez hasta detenerse en un callejón. Justo en frente de una floristería. ¿Otra tapadera? Bajó con su paquete debajo del brazo, y regresó con un bonito cesto de tulipanes.

Todo era extraño, pero a la vez nada parecía fuera de lo normal.

¿Que habría en esa caja y por qué lo había cambiado por tulipanes?, ¿Qué es lo que estaba pasando allí?

Anotó el nombre de la floristería, se fijó en su escaparate, todo parecía normal, y a la vez todo era sospechoso.

Tulipanes, investigaría sobre ellos.

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Cuando volvió a abrir sus ojos, no pudo dar crédito a lo que veía. Todas sus encantadoras enfermeras cuchicheando tras de sí, y una Natalie muy preocupada cogiéndole la mano.

La apretaba como si él fuera a irse a alguna parte, y desde luego no era el caso. Tenía tantas cosas a su alrededor que le resultaba imposible incluso incorporarse.

- ¡Cariño! –Había un tono de preocupación en su voz que muy raras veces había escuchado.

William intentó hablar, pero su garganta parecía impedírselo. Había algo dentro de ella o quizás estuviera anestesiado.

- Qu.. que… me ha… pasado?

Foreman entró rápidamente. De entre todos los médicos ¿por qué tenía que ser él?

- Deberías tener más cuidado. Si te di el día libre era para que descansaras –dijo con su mirada de reproche favorita. El brillo de sus ojos delataba cierta preocupación, o quizás William se equivocaba y Foreman estuviera disfrutando de aquel momento.

- Has tenido un accidente. Nada grave gracias a dios. Tus constantes cayeron, pero fue sólo un susto. –Había un cierto deje en su voz. Echó a todas las enfermeras y permitió que Natalie permaneciera con él. Ella parecía muy preocupada.

Salió de la habitación y cerró la puerta tras de sí. No volvería sin los resultados de las pruebas, y quizás hubiera suerte.

Foreman ordenó que no se molestara al paciente, se seguro que si a él le pasaba algo ninguna enfermera haría cola para verle. Realmente esperaba que las pruebas trajeran algo grave. No le dolía nada, eso era buena señal. Las cosas importantes vienen sin avisar.

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Su última visita, sin embargo salió de esa tónica. Había salido de la ciudad y había entrado en un complejo Gubernamental. “Centro Nacional de Control de Plagas”. ¿Que había en esos tulipanes?

Un hombre bien ataviado salió a recibirla. Parece que la popularidad estaba dentro de sus dones. Diría que se conocían, había cierto trato familiar entre ellos, ciertas confianzas que los desconocidos no se atreven a tomar. Ella le respondió cortésmente. La forma en la que se desarrollaron los hechos le hizo dudar de quién estaba por encima de quién.

Charlaron animadamente durante unos 15 minutos, quizás poniéndose al día, quizás hablando de cosas sin importancia (como suelen hacer los amigos), o quizás estaban comentando los últimos flecos de una conspiración maestra.

Luego salieron tres hombres más y otra mujer. El zoom óptico de su cámara era tremendo, ya pensaba en buscar a alguien que supiera leer los labios.

Le entregó los tulipanes a la última, que los miró complacida. Si no fuera porque estaba donde estaba diría que se trataba de una quedada de amigos.

Luego todos entraron dentro. Estuvieron allí unas dos horas.

Frank ya no sabía cómo colocarse tras aquellos arbustos. No se había movido ni un ápice por temor a ser descubierto, le dolía todo, y había multitud de insectos descontentos con su intromisión en su espacio privado.

Tenía sed, hambre y lo peor de todo era el aburrimiento. No le quedaba nada por observar. Las medidas de seguridad no eran muy espectaculares, aún así le resultaría imposible entrar ahora, quizás con más tiempo podría piratear alguna base de datos, agenciarse una tarjeta de acreditación, o sobornar al único guardia que estaba en la puerta.

Ya habría tiempo para pensar en ello. Y es que si seguía con esta faceta de espía tendría que aprender nuevas técnicas.

Pasó largo rato, empezaba a cansarse, pero a la salida ocurrió algo realmente extraño.

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Foreman no tardó en volver, no en vano estaban en el mejor hospital de Nueva York, claro que ser el médico de moda siempre tenía algo que ver. Pero su cara no transmitía seguridad, había algo inquietante. Esos profesionales están acostumbrados a dar malas noticias, pero con los conocidos siempre es diferente, siempre es, personal.

En este caso Foreman no se encontraba ni mucho menos satisfecho.

- ¿Qué pasa? –preguntó desconfiado

- Hemos encontrado algo.

Natalie se echó las manos a la cara. Y al unísono William las cogió con las suyas, en estos momentos le preocupaba más la reacción de ella que sus problemas de salud.

- Tranquila –dijo aparentando convicción.

- Lo siento, lo siento –dijo, percatándose de que no era justo para él tener que afrontarlo y tranquilizarla al mismo tiempo. Foreman intervino, sentía un sabor amargo en su garganta.

- Aún no estamos seguros, podría ser una cuagulopatía, quizás algún problema en la carótida que hubiera provocado un trombo.

- ¿Un trombo? Me desmayé por el cóctel de medicamentos –dijo confiado-. No es eso lo que dicen tus pruebas –replicó alzando la voz.

- Déjame ver.

Foreman le pasó el historial, no sin antes verter sobre él una mirada de reproche que no se molestó ni mucho menos en ocultar.

William lo examinó detenidamente, no era su especialidad, pero eso no era ningún problema para él.

- Sin idea de antecedentes familiares de problemas neurológicos la cosa se complica –dijo en tono molesto.

Sí, sería conveniente tener una historia clínica un poco mejor, si hubiera alteraciones genéticas en tu familia.

- Sí hubiera una bola mágica que nos diera las respuestas –dijo en tono repetitivo perdiendo la paciencia. Al menos reconozco bien mis síntomas.

- Necesito antibióticos de amplio espectro.

- ¿Meningitis bacteriana? –Preguntó arqueando los cejas.

- Tengo fiebre

- Una resonancia despejará nuestras dudas –dijo Foreman.

Un minuto después los celadores se llevaron a William medicina nuclear.

Natalie no sabía cómo actuar. No sabía qué hacer, no sabía dónde estar. Se sentía tan incómoda. Si la pusieran en una sala sola ante cientos de personas y unas zapatillas de ballet, sería la más feliz del mundo, pero esto simplemente se le escapaba de las manos.

Quizás si no se hubiera ido, quizás si le hubiera dejado descansar más, quizás era la única palabra que atormentaba sus dudas. Se sentía culpable. Todo esto era por su culpa y eso la reconcomía por dentro. Sabía poco de medicina, pero salir con un cirujano le había enseñado cosas, y cuando a uno se lo llevaban sin saber qué le pasa, nunca era síntoma de buena salud.

Su mirada inquieta estaba latente, pero intentaba disimularla con sus dulces sonrisas. Ahora tenía que ser fuerte. Ya llegaría el momento de desahogarse.

Esperó media hora en un pasillo. Habría matado por un cigarrillo, a pesar de la prohibición y de que ella nunca jamás había fumado, lo haría ahora con tal de que el tiempo pasara más aprisa y que pronto le dejaran salir de allí.

Tomó cafeína, habló con su madre, y aplazó su ensayo del ballet. Estaba agobiada, y permanecer sentada e inmóvil la estaba matando.

Por fin William regresó rodeado de colegas barajando sus hipótesis, ellos no podían evitar ser médicos.

- ¿Qué tal ha ido? –preguntó nerviosa.

- Hay un pequeño edema, inflamación cerebral, y una zona con fibrosis.

- ¿Y eso es grave?- preguntó sin entender muy bien la terminología.

- Según se mire –vaciló William.

- ¿Es lo que te provocó el accidente? –Su mirada era un poema, ella no quería jerga médica, sólo un “esto se cura” y nada más.

- Pues eso es lo raro, la fibrosis no está en la zona del cerebro que esperábamos y es antigua, ocurrió antes del accidente.

- Entonces. –Dijo notablemente preocupada, convencida de que eso no se curaría con simples aspirinas.

- Quizás una pequeña embolia o alguna otra afección subyacente podría ser la causa –intervino Foreman.

- O tal vez nada de eso –replicó William.

Pero Natalie ya no entendía nada

- Tranquila, aparentemente estoy bien. Aunque en mi cerebro hay ciertos misterios que merecen ser estudiados –dijo medio en broma, medio en serio.

- ¿Y cuánto tiempo te quedarás aquí? –los ojos de él reflejaban las pocas ganas que tenía de quedarse.

- Ni un segundo más –dijo levantándose de la silla de ruedas.

- Y ¿ustedes están de acuerdo? –preguntó Natalie a los otros médicos.

- No estamos seguros de lo que le pasa, ni cómo puede actuar, pero tampoco sabemos cuándo lo averiguaremos, y un mes en observación…

- Es demasiado –dijo William interrumpiendo a Foreman, cogió a Natalie del brazo y se despidió de ellos con la otra mano.

Foreman tuvo que morderse la lengua. Pero se mantuvo firme, ya volvería inconsciente pidiendo ayuda, quizás antes de lo que él mismo pensaba. Se dio la vuelta y siguió su camino, seguro que había algún cáncer remediable que diagnosticar. Adoraba su trabajo.

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Frank no daba crédito a lo que veía. Mientras la rubia misteriosa permanecía dentro, había llegado otro coche. De éste bajaron dos hombres aparentemente del FBI con un tercero esposado. Uno llevaba una carpeta con un logotipo rojo en la mano. Un logo corporativo, que nunca había visto.

Podría parecer una detención normal exceptuando el hecho de que tenía la boca tapada con cinta adhesiva. Y eso no era lo único excepcional, la cara de aquel hombre hablaba por sí sola. Juraría que le hubieran torturado, y a juzgar por su aspecto había opuesto resistencia. Pero nadie aguanta eternamente.

Frank podía oler su miedo desde la lejanía. Miedo que viajaba veloz la distancia que les separaba y se quedaba con él haciéndole compañía. Trataba de decir algo, aunque evidentemente le era imposible.

Pensó en llamar a la policía pero. Ellos eran la policía, los chicos buenos. Pero si aquellos eran los chicos buenos, no quería ni pensar como serían los malos.

Se ocultó aun más detrás de su arbusto. Su corazón latía a toda prisa y su cerebro segregaba adrenalina en cantidades industriales. Si no se tranquilizaba tendría un ataque de pánico y eso conllevaría unas fatales consecuencias, lo cual, no le tranquilizaba en absoluto.

Su nerviosismo disminuyó cuando se alejaron de su vista, ojos que no ven …, pero por muy poco tiempo.

Comenzó a oír gritos. Pero no de terror. Se trataba de una discusión. Una discusión grande, de las que se tienen en privado si no quieres montar lo que se dice vulgarmente un numerito.

Apareció una voz nueva en discordia, era de mujer, aunque no de su mujer, ya que ésta aún no había salido del edificio.

De pronto todo sonido cesó. Permaneció unos segundos el silencio, espeso, latente, misterioso, y de repente, un disparo.

A la mierda jugar a los espías.

Acababa de presenciar un asesinato. Y ciertamente es lo último que hubiera deseado presenciar.

No tardaron en oírse más disparos, pero él ya estaba lejos de allí. De repente ya no tenía ganas de seguir con aquello.

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Natalie miraba a William con cara circunstancial. Fuera del hospital, lejos de esa luz artificial y ese olor en los pasillos, todo parecía mejor. Se acercó a uno de esos puestos callejeros de venta de perritos calientes y compro un par de ellos, aunque no tenía hambre.

Su cerebro se preocupaba por cosas más importantes que los jugos gástricos. No tenía ni idea de qué le pasaba, si era grave y si podría recaer, lo cierto es que los médicos tampoco sabían mucho más. Y William parecía ajeno a todo aquello. Como si la cosa no fuera con él. Menos mal que al menos uno de los dos tenía la cabeza sobre los hombros.

A veces le entraban ganas de zarandearlo y gritarle que era su vida la que estaba en juego, pero también le entraban ganas de abrazarlo y besarlo y no soltarlo nunca más.

Sin saber como, logró sobreponerse, le tendió un perrito, y le dio un gran bocado al suyo. Se esforzaba por aparentar serenidad.

Pero aquella situación la ponía nerviosa.

Intentó saborear su bocado pero su estómago se encogía cada vez más.

- ¿Estas bien? –Indagó ella, parecía preocupada.

- Sí, ¿por? –contestó de forma tan natural que nadie juzgaría que acabara de salir del hospital.

- Pues…. –intentó contenerse pero fue inútil- ¿porque has tenido un accidente? ¿Porque ni tú ni tus colegas sabéis qué te pasa? Porque –de pronto se dio cuenta de que su chico había dejado de prestarle atención. Ahora hablaba por el móvil. ¿Es que nunca iba a tomarse nada en serio?

- He tenido un percance, ¿por qué lo pregunta?

Natalie no daba crédito a tal desplante. Pero él seguía con su teléfono como si nada.

- Aja…sí. Deme 15 minutos.

Colgó mientras la besaba.

- He de irme.

- ¿Qué?

- Luego te explico. Ahora no tengo tiempo –dijo adelantándose.

- ¿Estás loco? –preguntó con su cara más indignada, enfadada e histérica que pudo reunir en tan poco tiempo.

- ¡Te quiero! –gritó mientras se metía en un taxi. 

Decididamente, aquel hombre sacaba a cualquiera de sus casillas. Pero le quería, fuera lo que fuera no le iba a matar antes de que ella lo hiciera.

Miró su reloj resoplando.

Al menos llegaría a tiempo para el ballet.

 

Hotel Sun Delay

William marcó el número 6 en el ascensor. Planta sexta habitación 66. Aquella persona no debía ser supersticiosa.

Caminó observando atento el pasillo. Moqueta roja, lámparas de araña, cuadros con marcos recargadísimos adornando las paredes.

Era un buen hotel. De los mejores de la ciudad. Pero si por él fuera tendrían que despedir al decorador ahora mismo.

Y por fin se plantó delante de la habitación. Una más de una hilera de puertas iguales.

Casi antes de llamar ya habían abierto. Estas cosas no terminaban de gustarle.

Ante él una mujer morena, delgada, de edad madura que le miraba con una sonrisa perfecta.

- Encantada, soy Mónica Reyes.

Algo dentro de su cabeza le hizo comprender que acabaría acostumbrándose a aquellos frescos en las paredes.

- Hola –dijo dándole la mano.

- Pase –contestó dejándole paso en una maniobra perfecta Se sentaron en el vestíbulo. En un sofá rococó.

Era una suite enorme. Un desperdicio para una sola mujer, pensaba William, que observaba minuciosamente cada detalle.

Había una bolsa de equipaje recién abierta, por lo que su inquilina llevaría allí no más de unas horas.

Todo estaba simulando un estilo barroco demasiado recargado para su gusto, pero no carente de estilo, muy acorde con el número de la puerta y con la fuerza que se intuía en el brillo de los ojos de la mujer que tenía delante.

- Veo que no escatiman en gastos.

- Ya conoces a John, es una persona influyente.

- Bastante –dijo mirando a su alrededor.

- Él me pidió ayuda con el caso. Somos viejos amigos.

Había familiaridad en su voz, el brillo de sus ojos se desvió, quizás a tiempos pasados. William no las tenía todas consigo, nada le encajaba, y por supuesto nadie se había parado a explicarle nada.

- Dejémonos de preámbulos. ¿Qué quieren de mi?

- Creemos que el forense intentó contactar contigo.

- Así es, de hecho me dirigía a su casa cuando tuve el accidente.

Mónica asintió como pensando sobre ello.

- ¿Y qué te dijo exactamente? –preguntó inclinándose hacia él.

- Quería que viera los resultados de las pruebas en persona. Parecía… –dudó unos segundos- no sé, sorprendido.

- ¿Y no te dijo qué revelaban? –su mirada escondía nerviosismo.

- No, me dijo que sólo me lo diría en persona, oiga, ¿a qué viene todo esto? ¿Por qué no le preguntan a él?

Por la expresión de ella, no le iba a gustar nada en absoluto su respuesta.

- Porque no creo que vaya a poder.

Él la miró confuso, no podía estar hablando en serio.

- ¿Qué quiere decir?

- Acaban de encontrar su cadáver.

William se quedó sin palabras, había formas mejores de decirlo, y no haberlas usado era una falta de delicadeza intolerable. Una cosa es colaborar para el FBI y otra jugarte la vida por los Estados Unidos.

¡Era médico, no un descerebrado ignorante sin prejuicios! 

Ella volvió a mirarle, esta vez más seria.

- Creemos que usted corre peligro.

William se reincorporó.

- Y ahora me lo dices –dijo pasando la mano por su cara en señal de nerviosismo.

Se levantó del sofá. Estaba furioso, esa no era forma de tratarle, se sentía como una marioneta usada antes de la recogida de basura.

- Pero tranquilo, le ofreceremos protección –había seguridad en su voz.

- Espero que no sea como la del forense. –Dijo dejándose caer de nuevo en el sofá. Ya no sabía ni cómo sentarse.

Hoy tampoco iba a ser un buen día.

Se levantó, y miró por el balcón intentando tranquilizarse.

Mónica permaneció en silencio, sabía que no era fácil. Él se dedicó a mirar nerviosamente por la habitación, todo estaba demasiado recargado. Aquello no contribuía a tranquilizarle. Cerró los ojos, respiró hondo un par de veces y clavó sus profundos ojos azules en ella.

- ¿No tiene un minibar?

- No creo que emborracharse sea la solución –dijo Mónica casi sin inmutarse.

- ¿Ah no? ¿Y cual es? ¿Hago como si nada hasta que intenten asesinarme? ¿Contrato a un guardaespaldas? –estaba realmente alterado.

- Tienes que tranquilizarte –Ella volvió a mirarle con ojos serenos. Era más una orden que una sugerencia.

- ¡Claro si no pasa nada! ¡Para ustedes sólo somos un numerito más en la contribución! ¡Pero en realidad tenemos vidas! ¡Somos personas de carne y hueso!” – Hablaba muy rápido e incluso le costaba entenderse así mismo.

Estaba desesperado buscando salidas y sólo se encontraba con puertas cerradas.

- ¡Comprendo que estés alterado pero tienes que calmarte! –Al contrario que él, ella permanecía inalterable.

De acuerdo –dijo respirando hondo pero ahora usted va a explicarme en qué coño ando metido y por qué quieren matarme –dijo con un tono poco amistoso

Se volvió a sentar en el sofá cruzando los brazos, no aceptaría un no por respuesta.

Mónica sirvió agua para los dos. Esto iba para largo.

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Sus manos no paraban de sudar. No podía creerlo. ¡No podía creerlo! ¡Un asesinato! y él lo había visto todo, absolutamente todo, y lo tenía todo grabado en video, tenía que ir a la policía.

No, de ninguna manera, si aquellos eran agentes del FBI, que lo eran, ir a la policía sería como entregarse. Sin embargo había presenciado un asesinato, si no iba a la policía podrían acusarle de cómplice.

De pronto lo vio todo claro. Tanto que se sorprendió de que no se le hubiera ocurrido antes.

Entregaría la cinta de forma anónima y asunto resuelto.

Pero tenía que tranquilizarse sino quería tropezarse o caerse, y era crucial que llegara lo antes posible a su coche e irse de allí inmediatamente.

Su coche estaba lejos, apartado, no quería que quedara registrado en ninguna cinta de vigilancia de aquel edificio, lo cuál había sido un acierto teniendo en cuenta como se habían desarrollado los hechos.

Al menos nadie le había visto, de eso estaba seguro, había sido muy precavido en eso.

Estaba nervioso, sus manos apenas podían mantenerse firmes el tiempo suficiente como para meter la llave en la cerradura del vehículo.

Se metió en el coche y se llevó las manos a la cara. Esperó hasta que su corazón dejara de martillearle las sienes, permaneció inmóvil hasta que los puntitos rojos que veía se desvanecieron del todo. Y entonces se dio cuenta.

Había alguien en el asiento de atrás.

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Mónica llevaba un largo rato hablando, empezó a darle datos, fechas, acontecimientos y un montón de información que no parecía ayudarle en nada. Hasta que llegó a Sussan, la mujer atropellada. Al parecer tenía información de máxima seguridad sobre un proyecto secreto del gobierno. Por supuesto había personas a las que esto perjudicaba. Personas que matarían por esa información. También por borrar las huellas.

Y él parecía ser una de esas.

Todo había ido muy rápido, y la agente Reyes se había dejado grandes lagunas por el camino, pero esencialmente, querían matarle por algo que desconocía.

El silencio comenzó a ser bastante incomodo después de que ella le rebelara los detalles de la muerte del forense.

Le asesinaron, no sin antes limpiar su apartamento y llevarse todo lo referente a lo que encontró en la cápsula.

Oír sobre su muerte no era especialmente reconfortante, aún menos teniendo en cuenta de que él parecía estar en lista de espera. Luego Mónica empezó a hablar sobre los números del misterioso papel. Había que romper el hielo, y al parecer, ella tenía mucho que contar sobre el tema.

Comenzó hablando sobre numerología y teoría de números. No había que ser muy listo para percatarse de que la apasionaba. Sobretodo por su forma de referirse a ellos.

Aquella mujer era una verdadera caja de sorpresas. Después de algo de historia y de datos curiosos, William casi había olvidado que había una bala con su nombre, así que se relajó y se mostró mucho más participativo.

Y al fin ella le contó su teoría.

Se trataba de unas coordenadas cifradas, pero había algo más. Algo que por ahora le había resultado imposible descubrir y era todo un reto para ella. Era poco más que una intuición pero sabía que el significado de aquellos números sería tan importante como las coordenadas. Algo que debería saber.

Se había devanado los sesos durante horas y no conseguía ni acercarse a la solución.

William miraba aquel diminuto trozo de papel con atención. Sintió como un zumbido detrás de su oreja. Un suave ronroneo que iba aumentando más y más. Pronto perdió la visión de todo lo que le rodeaba excepto del trozo de papel. Visión de túnel que le llaman.

El zumbido ocupaba todo su espectro de audición, no oía nada aparte de ese zumbido atronador que le taladraba los tímpanos. Quiso gritar pero no podía saber si lo estaba haciendo.

Sintió como si una aguja le atravesara el cerebro. Su cuerpo se tensó por completo.

- ¿Te encuentras bien? –Preguntó preocupada

- No. –Dijo mientras se agarraba el cráneo como si quisiera arrancárselo. Sus uñas se clavaron en su piel dejando heridas en forma de medias lunas.

- ¡Llamaré a una ambulancia! –Replicó mientras se alejaba al dormitorio en busca de su teléfono, aquello no podía ser normal.

William se incorporó, perdió el equilibrio y cayó al suelo. En su camino impactó con la mesa de madera maciza llena de grabados hasta la obcecación.

El dolor era insoportable. Empezó a sufrir alucinaciones. Veía aquel papel brillante, muy brillante. Tan brillante como el sol en Zenit. Le quemaba los ojos hasta las corneas. La aguja que le estaba atravesando el cerebro se retorcía sobre sí mismo. Su cerebro estaba a punto del colapso…

….Y entonces vino la calma.

Se encontraba en un lugar inmaculado, lleno de luz. Estaba solo, desnudo.

Entonces algo le golpeó con la fuerza de un huracán, una columna de imágenes le arrolló sin compasión mientras un torrente de voces clamaba por su atención. Pero sólo una lo consiguió. Los números le estaban hablando.

Su cordura pendía de un único hilo azotado por gigantes.

El dolor desapareció tan pronto como vino, poco a poco fue recuperando la conciencia.

Había tenido algo parecido a un ataque epiléptico. Mónica le había puesto algo en la boca para evitar que se mordiera la lengua.

Ella le miraba realmente preocupada, era la segunda vez que una mujer se preocupaba por él de esa manera en el mismo día. Pero esta vez, había algo diferente, aquella mujer parecía estar interesada en algo, algo que aún ni el mismo tenía del todo claro.

Las fuerzas le fueron volviendo poco a poco hasta que pudo reincorporarse.

Mónica permanecía a su lado, ahora le miraba como las madres saben mirar a sus hijos.

- Vienen hacia acá  -le dijo en tono conciliador.

- No, diles que se vayan  -volver al hospital era lo último que necesitaba.

- ¿Qué? ¡No! ¡Acabas de sufrir un ataque! y esta mañana has sufrido un accidente.

Había preocupación en su voz.

- Soy médico, uno muy bueno por cierto, y esto no tiene nada que ver con lo de esta mañana.

Era crucial que confiara en él, no podía volver.

- Sea lo que sea no estás bien.

- Lo sé. Pero no me dirán nada que ya no sepa.

- De acuerdo –dijo.

Mientras, marcaba el número en su móvil contrariada, no estaba del todo conforme, pero ahora parecía estar bien.

- Iré al cuarto de baño a por un par de tiritas, te has cortado en la cara mientras sufrías esas convulsiones que para ti no tienen importancia, ¿te pasa esto muy a menudo? –la ironía de Mónica impregnaba cada una de sus palabras.

William cogió de nuevo el papel, le dolían las manos y aún no conseguía enfocar muy bien la vista.

Se quedó observándolo hasta que Mónica volvió del baño con esparadrapo, algodón y mercromina.

Estaba absorto en los números, y había algo que lo turbaba. De una manera que a Mónica se le hizo extraña. Ella tuvo un presentimiento. Fijó su mirada en el horizonte hasta que las palabras de William chocaron ante ella.

- Dime una cosa, ¿crees que unos números pueden hablarte? –al escuchar sus propias palabras dudó de su cordura, había gente dentro de habitaciones con las paredes acolchadas por menos de eso. Pero ella le observaba de manera distinta. Como si le comprendiera. Tuvo la extraña sensación de que esto era sólo la punta del iceberg.

- Pienso que las cosas nos transmiten vibraciones, desprenden energías, y sólo algunos podemos captarlas. ¿Por que lo preguntas?

No supo cómo responder, estaba apunto de adentrarse en un terreno totalmente desconocido para él. Había razones por las que algunas cosas permanecían escondidas, quizás ésta era una de ellas.

Entonces llegó el momento de la verdad, tenía que decidirse. Ella empezaba a impacientarse. Si iba a hacerlo tenía que ser ahora.

El sonido del teléfono interrumpió la atmósfera del momento. Parecía que hubieran entrado en un estado de karma o quien sabe qué y todas esas payasadas que hablaban por la tele o que había leído alguna vez en aquellas revistas de seudo ciencia que abundaban en las salas de espera de su hospital o peluquería. Las mismas que había visto sobre la mesita del salón en la habitación de Mónica.

Ella contestó el teléfono.

William seguía pensativo, estaba organizando lo que había visto, dándole una forma coherente. Ajustando los detalles oscuros de su explicación. Poco a poco las piezas iban encajando en su cabeza y no sonaba tan descabellado al fin y al cabo.

- Acabo de llegar –respondió la voz de al otro lado.

- ¿Ves algo fuera de lo normal, John? –dijo Mónica mientras se levantaba y caminaba hacia el dormitorio.

- No. Totalmente desierto. Aquí no hay nada. ¿Y tú estás con el doctor?

- Sí, le estaba poniendo al día, un tipo interesante.

No era el momento ideal para dar muchos detalles.

Mónica escuchó un extraño ruido, la línea tenía ruido, pero eso era algo diferente.

- ¿Ocurre algo?

- No, me había parecido ver algo, sí, espera un momento… parece una casa. O una cabaña, no se ve muy bien, me acercaré.

Había algo más que no le estaba contando.

- No te oigo bien.

- Esto es el desierto, no es para extrañarse.

Su voz se interrumpió bruscamente.

- ¿Ves algo?, ¿John? Contesta.

- Sí, es una casa Y hay gente pe… n… recen….

El sonido comenzó a entrecortarse cada vez más, hasta que acabó escuchando el eco del tono del teléfono. Se había perdido la conexión.

Mónica golpeó el teléfono, inmediatamente después recobró la compostura y marco la tecla de rellamada.

Nada, no había línea.

Giró su cabeza en tono de reproche.

Volvió al salón y al mirar al joven doctor pensativo recordó rápidamente el punto exacto en el que se habían quedado.

John estaba en el desierto, quizás solo había perdido la cobertura. Tenía que centrarse en sus posibilidades, había dejado algo pendiente cuando se fue de la habitación.

- ¿Vas a contármelo?

William la miró dudando de su respuesta. Aún había grandes lagunas en su cabeza.

- Es una tontería. Quizás solo fue un sueño, o un desvarío por la fiebre, aún no lo se.

- No te hagas el interesante, suéltalo.

El doctor vaciló unos momentos convencido de lo absurdo de aquello. Pero finalmente se decidió a intervenir, al fin y al cabo nunca tendría mejor público.

- ¿Te dice algo la palabra ‘praise’?

Su impacto creció al ver la cara de Mónica, se había puesto pálida. Había conseguido captar toda su atención. Desde luego, había dado en el clavo, mejor, porque esto no era lo más descabellado que tenía que decir.

- Supongo que eso es un sí.

Si él se estaba volviendo loco, al menos no estaría solo.

- ¿Qué más te han dicho esos números? –Dijo con esa mirada tan preocupante

- Pues….

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Había cruzado la línea y ahora todo era cuesta abajo y sin frenos. Sus pies se hundían en la arena caliente. El viento la levantaba y ésta se le metía bajo los pies. La corbata parecía no estar dispuesta a quedarse con él. Intentaba caminar deprisa, pero le era realmente difícil avanzar. De todas formas no sabía muy bien por dónde iba andando. A veces pisaba duro, y otras se hundía bajo el suelo.

En la lejanía comenzaba a perfilarse una casa. Era sorprendente, encontraba justo en medio de ninguna parte.

Siguió avanzando, no cabía duda, eran siluetas humanas. Había al menos diez de ellas, estaban rodeando a la casa y no parecía importarles ni la arena ni el calor insoportable.

El viento árido del norte se estampaba en su cara. Se mezclaba con arena produciendo una sensación desagradable.

Una vez le destinaron al desierto en una misión de reconocimiento, echaba de menos las gafas, pero no los treinta kilos de equipo.

Había dejado su jeep a unos kilómetros, no estaba por la labor de llamar más la atención.

Le superaban en número y no estaba muy seguro de lo que allí encontraría, quizás debiera llamar a la caballería, pero prefería asegurarse sólo. Dar explicaciones era lo último que pretendía, mientras menos gente lo supiera, menos posibilidades de que alguien se fuera dela lengua.

Todo aquello era muy extraño, pero ¿que había en ese lugar? ¿Qué misterios escondía?

La duda se incrementaba a medida del transcurso de sus pasos. Sus huellas desaparecían detrás de él. Se llevó la mano a la chaqueta, sintió el tacto de su arma, y eso le dio confianza.

- Como en los viejos tiempo John –se dijo a si mismo.

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William la miró intensamente, no sabía cómo ni por qué, pero ese papel le había dicho algo. Y por muy absurdo que eso fuera no parecía ser lo que se dice irrelevante.

Mónica tenía verdadera preocupación en su rostro. Su respiración se había tornado fuerte, como con ansiedad, la sensación de su estómago no la ayudaba en absoluto, algo estaba a punto de pasar y necesitaba saber lo que William iba a contarle antes de tomar ninguna decisión precipitada.

Él se mantenía pensativo.

Si el día pasado fue intenso, es porque no había vivido el de hoy. Su gran preocupación se centraba en su sistema neurológico, en el epicentro de sus pensamientos. ¿Y si se estaba volviendo loco? ¿Y si sólo eran meras coincidencias? O mucho peor aún, ¿Y si tenía razón?, no hay tratamiento si no estás enfermo.

De pronto su raciocinio golpeó a la paranoia.

¡Por Dios era médico! ¡Científico! ¿Qué clase de científico podía creer tales cosas?

De nuevo sintió la mirada de Mónica. Era una mujer paciente, pero todo el mundo tiene sus límites y William estaba bailando claqué sobre los suyos.

- William, necesito que me hables. Que me digas qué más te transmitió el papel, es de vital importancia.

- Entonces dime que significa ‘praise’ –respondió decidido. Estaba harto de que nunca nadie le explicara nada.

- Praise es el apellido del hombre que buscamos, el que tiene toda la información.

Lo peor de todo es que aquellas letras parecían tener mucho sentido, y eso no le tranquilizaba en absoluto. Coordenadas cifradas y apellido valioso. Aquello no tenía pinta de coincidencia ¿cuántas combinaciones de letras y números diferentes existían? Millones. Y entre todas él había dado con la correcta.

Al percatarse de eso, su rostro cobró un matiz de preocupación.

Las coordenadas cifradas. El desierto.

William terminó su pensamiento, mucho antes de completar su puzle mental.

- ¿John Doggett está allí? –preguntó nervioso.

Mónica asintió con la cabeza.

El suelo desapareció de sus pies y se sintió caer, profundo, muy profundo…

- Tienes que localizarle, ahora. –Había desesperación en su voz.

- ¿Qué? –Mónica no daba crédito, seguía cayendo y no tenía sito donde agarrarse.

- Es una trampa –dijo mientras los dos permanecían unidos por una intensa mirada. Sus ojos reflejaban verdaderamente miedo.

Sabía que ya era tarde. Demasiado tarde y quizás...

Las posibilidades se planteaban como sombras oscuras vagando por un mar de incertidumbre.

No podía hacer nada, no más que localizarle pero aún así, a tenía miedo de encontrarle. Marcó el número en su teléfono, su corazón se detuvo, debía haberlo sabido.

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El viento, cada vez más intenso azotaba la arena enérgicamente, como si estuviera en medio de una especie de tormenta del desierto que parecía cebarse sólo con él. Tenía arena en los ojos y dentro de los bolsillos. El calor era insoportable y la camisa se había pegado a él como una segunda piel. La arena tomaba extrañas formas a su paso, siniestras y amenazadoras.

John sacó su arma.

Aún le costaba ver bien, pero cada vez aquella imagen iba cobrando definición. Ahora había sólo unas cuatro o cinco personas, y no parecían propias del país. Sus ropas, su piel clara, todo indicaba a algo fuera de lo común.

Según avanzaba su cara iba tomando perplejidad. Desde luego no era lo que esperaba.

Se habían percatado de su presencia. Toda aquella situación estaba envuelta en un halo de misterio.

Le costaba comprender lo que sucedía.

Siguió avanzando hasta colocarse justo enfrente de la casa. Ellos aguardaban fuera como perros guardianes.

Uno señaló hacia la casa, parecían querer que él entrara.

No era una decisión sencilla. No sabía qué le aguardaba allí dentro, ni por qué Sussan tenía aquellas coordenadas dentro de sí.

Les miró pero hablarles era inútil.

Así que avanzó. Tomó aire y adelantó su paso hasta la puerta.

Ellos no le siguieron pero sus gestos le indujeron a depositar su arma en el suelo.

Su mirada no le transmitía confianza.

Después de quedarse sólo y desarmado reflexionó un instante.

Sabía que cada acto podía ser crucial.

De modo que decidió entrar. Cualquier sitio sería mejor que permanecer allí fuera.

Cerró la puerta detrás de sí haciendo un ruido de madera vieja.

Dentro reinaba la penumbra.

Empezó a caminar despacio. El suelo crujía bajo sus pies...

De pronto un ruido le sobresaltó. Se giró bruscamente. Y sus pupilas se dilataron a la par. Ya deseaba no haber entrado...

Sólo hizo falta una imagen para que el sudor frió impregnara su espalda y era esa…

 

Continuará...

 

Escrito por:

illanos y Diana_xfiles

Editora:

Scu

Idea Original:

Equipo FH:

Maitote,

Alhana,

Cassttao,

Scu,

illanos

y Diana_xfiles.

 

Disclaimer: Muchos de los personajes aquí utilizados pertenecen a Chris Carter y/o la Fox. Este relato es sin ánimo de lucro, y sólo con el afán de entretener.