El eco de su mente se adormecía tras la penumbra. Sabía que tal vez fuera la
última oportunidad, la última vez que se encontrase justo en aquel punto.
Sus manos temblaban, pero no era miedo lo que forzaba el movimiento, sino
la inmensidad en su misma esencia. Un vacío tan grande que lo engullía todo,
abandonado ante su capacidad de enfrentarse a lo desconocido.
El misterio de un sabio camuflado bajo su pecho y una sombra tras de sí.
Quizás fuera la luz que no veía, o la oscuridad que le acechaba, pero le hacía
sentir
cada vez más decidido, más seguro...
Era todo lo que quería y poco más de lo que esperaba, aunque, aún así,
aquella telaraña de confusiones le había atrapado por completo y ya
empezaba a sentir el suave balanceo de lo que se
acercaba.
Un
yo incierto bajo una piel de dudas, mucho más de lo que algunos desean.
Al fin y al cabo, fuera lo que fuese, era él.
Centro Nacional de Plagas. Afueras de NY
Frank Estaba nervioso,
sus manos apenas podían mantenerse firmes el tiempo suficiente como para meter
la llave en la cerradura del vehículo.
Se metió en el coche y
se llevó las manos a la cara. Esperó hasta que su corazón dejara de
martillearle las sienes, permaneció inmóvil hasta que recobró la visión. Y
entonces se dio cuenta.
Había alguien en el asiento de atrás.
-No eres muy bueno siguiendo a la gente, ¿lo sabías?
-¿Quién...? ¿Qué...?
Sintió el tacto de algo metálico y caliente que en una danza peculiar le acariciaba la nuca. Frank sabía que era un arma, y que había sido recientemente disparada. El olor a pólvora quemada se le pegó al techo de la nariz y al cielo de la boca, podía saborearlo, pastoso y adherente sabor metálico... o quizás se lo estaba imaginando. Al parecer no había escapado del desastre.
- Mire, no sé lo que quiere, pero yo...
- Cuando se detuvo a comprar flores, debió intrigarte ¿verdad?
- No entiendo nada de lo que usted me dice, debe haberse confundido de persona.
Frank intentaba pensar, estaba desesperado por pensar, le habían descubierto, ¿pero haciendo qué? Siguiendo a la mujer ¿o sabía lo del asesinato? ¿Qué estaba pasando allí? Lo único que alcanzaba a comprender era que había un desconocido apuntándole y que la cosa pintaba muy fea. No podía hacer nada, no podía escapar, estaba atrapado en su propio coche. Miró por el espejo retrovisor, alguien lo había movido, ya no reflejaba la parte de atrás. ¿Quién era aquel tipo y qué quería de él?
- ¿Qué es lo que quiere? ¿Quién es?
- Eh, yo hago las preguntas ¿Dónde esta tu educación?
Frank apenas podía asimilar lo que aquel hombre decía.
- ¿Qué es lo que quiere?
- A usted Frank.
Estaba a punto de sufrir un colapso nervioso, sintió cómo sus pulmones se cerraban, le faltaba oxigeno, empezó a ver puntos rojos, todo le daba vueltas y empezó a gritar. Sintió un golpe muy fuerte en la cabeza, y pensó que le habían disparado. Su cuerpo se relajó y perdió conciencia de sí mismo, se imaginó a su cuerpo desangrándose desde lo alto.
Y pensó, que era demasiado joven para morir.
Tuvo un sueño muy raro, en él había una chica rubia a la que seguía, esta iba a infinidad de sitios, iba a la lavandería, al supermercado, a una pastelería, y después de salir de cada lugar mataba a alguien. También estaban William y Natalie, llorando ante su tumba en el cementerio, e igualmente había un tipo, un tipo que vestía de negro, que le miraba fijamente, y sus ojos eran como los cañones de una pistola.
Se despertó sobresaltado sobre el sofá de su casa, estaba sudoroso, le dolía la cabeza y tenía muy mal sabor de boca, como si hubiera vomitado.
- He de reconocer que nunca me había pasado esto.
Frank aun estaba recuperándose de su sueño, y no sabía si la voz que oía era real o parte del mismo. No entendía nada, estaba vivo y en su casa, aquello no tenía sentido, ¿qué había pasado? Y sobre todo, ¿quién era el tipo que estaba sentado delante de él con los pies en la mesa?
- ¿Sabes? Ha estado muy feo que te desmayaras, he tenido que cargar contigo hasta aquí, y eso no me ha gustado nada.
- ¿Qué...?
- Abre la boca para hacer otra pregunta y no la volverás a cerrar, ¿entendido?
- ...
Frank no sabía si se trataba de un delirio atroz o todo aquello estaba realmente sucediendo.
- Creo que está claro que no quiero matarte, además, debido a lo de tu desmayo he decidido que no necesito mi pistola. Puedo estar equivocándome y subestimarte, pero sinceramente, lo dudo mucho. Tú sólo asiente si me entiendes ¿vale?
Frank asintió, no había arma apuntándole, pero se sentía igual de coaccionado.
- Bien, como te estaba diciendo, antes de que montaras el numérico de la epilepsia, eres bastante malo siguiendo a la gente, así que mejor deja tus andadas callejeras para otros porque, sinceramente, das pena. Ella se dio cuenta de que la seguías, y también de quién eras. Te acercas demasiado, aunque aún así, ella siguió adelante con su plan. Verás, eso me intriga, me intriga mucho y las cosas que me intrigan no me gustan. Sé que tú no sabes la razón, y quiero que la averigües, quiero que averigües todo sobre esa mujer. Absolutamente todo. Sé que tienes medios y también razones personales para hacerlo.
- Yo no sé nada de eso, no creo que pueda...
- Sí puedes, y lo harás, y no sólo porque te mataría en caso contrario, sino porque yo sé dónde está tu padre.
- ¿Cómo puedes saberlo?
-Haré como si no hubieras hecho una pregunta. Mi negocio es la información, ¿quieres saber algo?, yo lo sé. Y hay algo entre Michelle y tú y quiero saber qué es, me da igual lo que tengas que hacer para averiguarlo, pero quiero saber qué es lo que quiere ella de ti.
- ¿Michelle es la chica rubia?
- Me sorprende que puedas ir tú solo a mear sin la ayuda de nadie, sí, ese es su nombre.
- Lo único que sé de ella es...
Por un momento dudó, iba a decirle lo de la exposición, pero no quería mezclar a William en esto.
- ... que tiene algo que ver con mi padre.
- Averigua en qué esta
metida, y yo te diré dónde está tu padre. Por cierto, lo que ha pasado esta
tarde, el tiroteo... y demás asuntos desagradables, no necesitas saber nada,
así que me he tomado la libertad de coger prestado todo, las cintas, la
libreta... todo, ¿vale? No te molesta, ¿verdad?
- ¿Entonces cómo voy a
investigar?
- ¿Es que hay que explicártelo todo? Proyecto Cisne, es una tapadera, empieza con eso.
Frank le miró perplejo, ya no dudaba de la realidad, pero rezaba por encontrar una cámara oculta y que la rubia misteriosa le entregara un ramo de flores. Sin embargo, nada apuntaba a una tomadura de pelo.
- No se te ocurra hacer ninguna tontería ¿vale? Esas cosas me molestan, me las tomo como... cosas personales, y... no te gustaría que tuviera nada en tu contra, ¿verdad?
- En absoluto.
- ¿Ves? Ya hemos terminado, no ha sido tan grave ¿eh?. Ahora sé buen chico y consígueme esa información. Cuando la necesite, te encontraré.
- ¿Y cuándo será eso?
- Cuando la necesite, así que no pierdas el tiempo.
- Pero...
- Sólo para asegurarme, quiero que sepas que esta conversación nunca ha tenido lugar y que si no tienes lo que quiero, cuando lo quiera, no tendrás que preocuparte nunca más por nada. ¿Alguna pregunta?
- No
- Ah! Puedes llamarme Señor Slevin. Tengo grandes esperanzas en ti, no me defraudes.
Y
se fue. Dejando a Frank con un principio de infarto y una crisis de nervios.
El
proyecto Cisne, tropezó con la mesita de noche de camino al ordenador, pero eso
le daba igual. Por fin había encontrado una pista fiable sobre su padre,
aquella gente, el señor Slevin y Michelle eran gente de recursos, si ellos no
lo sabían, nadie más lo sabría, el único inconveniente era si él seguiría vivo
para contarlo. Al fin y al cabo, nadie vive eternamente.
Día siguiente.
Natalie
jugaba con un mechón de su cabello enredado en el dedo. Siempre lo hacía cuando
se sentía inquieta. Era algo que en cierto modo la tranquilizaba, la distraía y
la mantenía entera. No sabía por qué estaba tan preocupada, al fin y al cabo él
era médico, uno de esos que siempre salía airosos de los momentos más
delicados. No era la ni la última ni la primera vez
que llegaría tarde y sin avisar por esa razón, pero sin embargo algo le decía
que no era ese el motivo.
Ese
lazo, ese vinculo que los unía, que les hacía saber cuando uno necesitaba al
otro, ahora estaba en def con dos.
Sus ojos miraban al frente, evadidos de cualquier cosa que no fuera sus propios pensamientos, divagando por toda la habitación, recordando cuándo compraron aquella lámpara, o la vez que le regaló aquel pisapapeles tan particular...
Había pasado lo mejor de los últimos años dentro de aquel lugar. Ese piso era como su casa, más incluso que su propio apartamento. Su pequeña parcela de recuerdos y sueños, el lugar donde se sentía a salvo.
Cada rincón tenía un recuerdo, cada objeto una historia y cada segundo que permaneció allí estaba lleno de esperanza y alegría.
Bueno, quizás eso no era del todo cierto, pero en estos momentos necesitaba pensar que sí.
Estaba acurrucada en una cálida manta de lana, donde su espíritu la acompañaba entre las sombras, observando impotente como la incertidumbre y su soledad la atormentaban lánguidamente.
Su enfado se había tornado en preocupación y ésta flirteaba peligrosamente con la desesperación.
Acariciaba
el teléfono con la punta de los dedos, como si así, con
una suave caricia se
animara a sonar antes. Lo había descolgado varias veces para
comprobar la línea
y había probado otras tantas el cable para asegurarse que todo
estaba bien. En el contestador había mensajes no escuchados pero
ninguno
era de él ni daban pistas acerca de su paradero.
Sus presentimientos no la inducían a nada bueno, pensaba en que tal vez si llamaban, fuera del hospital, y eso no la tranquilizaba en absoluto.
Miraba
hacia la mesa de madera que tenía delante de sí.
Ante
ella un retrato de William abrazándola en la nieve. Ella estaba sentada y él la
abrazaba por detrás. El gorro le tapaba casi toda la cara pero dejaba ver
amplia su sonrisa, aún casi podía sentir sus manos haciéndole cosquillas.
Era
una foto de las navidades pasadas, cuando fueron a visitar a sus padres.
Todavía
recordaba su venganza, aquella pelea en la nieve fue memorable. Casi tanto como
cuando quedaron atrapados en el teleférico.
Las
recordaba como si aún no hubieran acabado. Lo mejor, sin duda, fue su creación
genuina del señor Snow, el enorme muñeco de nieve. Le había adornado con toca
clase de detalles, una zanahoria como nariz, botones por ojos, una bufanda para
que pasara la noche, un cordón de zapato viejo como boca y un sombrero de copa
redonda para su blanca cabeza.
Cada
año pasaban la navidad en casa de él.
Ella
se había criado con sus abuelos, y éstos fallecieron hace años, de modo que los
Van de Kamp se habían convertido en su única familia. La habían aceptado como
un miembro más, sin reservas, como si realmente fuera su hija. Nunca se había
sentido una extraña, más bien todo lo contrario, ellos la arropaban con cada
gran decisión que había tomado en su camino y la consolaban por sus fracasos.
Le debía mucho a aquella familia.
Mientras
daba un sorbo a su taza de chocolate de extraño diseño pero exquisito gusto, se
dedicó a observar otras fotos que colgaban en la pared.
Había
multitud de ellas. Todas artísticas, todas desprendiendo justo el sentimiento
que correspondía a cada momento.
A
William le encantaban las fotos, era un aficionado a todo tipo de arte. Su vida
era el arte y el arte le rodeaba constantemente, como un torbellino, como un
aura especial. Él sabía diseccionar y leer de objetos que no desprendían sentimiento
alguno. Tenía una particular forma de captar la esencia de todas las cosas e
imprimirla en sus creaciones como si de una huella dactilar se tratara.
Natalie
se levantó y se situó enfrente de una de ellas arropada en la manta de lana y
con la cabeza levemente inclinada. Contempló
largo y tendido cada una de aquellas imágenes, acariciando el marco a fin de
absorber la esencia de lo ensalzado. Su mente volvía a perderse en sus
pensamientos.
Había
una tira de fotos de carné donde los dos hacían tonterías. Un buen momento a
inmortalizar. Aquel día, se enfadaron y él fue a su casa con una bolsa con dos
peces y un viaje a las estrellas...
William
era de esa clase de personas que sabía cómo hacerte sonreír incluso en el peor
de los momentos.
Cuando
murieron sus abuelos la abrazó y le susurró al oído que ahora sería él quien
cuidara de ella toda su vida.
La
apretó tan fuerte, que el miedo a la soledad desapareció entre sus brazos.
Después de todo lo que habían pasado juntos, ella nunca volvería a estar sola.
Era
un hombre excepcional. Y como todos los artistas, bohemio y narcisista.
Necesitaba tiempo para sí mismo, necesitaba tener secretos y pasiones únicas,
sentirse diferente y solo. La soledad de los genios o algo así, pero en
realidad sabía que ella era lo único que realmente quería.
Natalie
lo sabía, por eso había perdonado tantas cosas. A veces se preguntaba si no se
estaría equivocando, si aquel hombre no dejaría de hacerle daño nunca, si no
dejaría de cometer los mismos errores una y otra vez... pero cuando regresaba
con sus charlas profundas, con sus regalos genuinos y con su pasión a cuestas,
volvía a comprender que no habría mejor persona con la que compartir su vida.
Se
conocían desde pequeños y habían sido siempre uña y carne, los mejores amigos.
Pero
cuando llegaron al instituto todo cambió.
Natalie
siempre le había visto como la persona más importante de su vida, esa que
siempre está ahí, que nunca te falla. Y justo en su catorce cumpleaños él le
dio su primer beso.
Ese
beso que la atrapó y nunca más la hizo querer marcharse de su lado.
Su
relación era muy especial, cualquiera que los viera juntos lo notaba. Son esas
pequeñas cosas, esas sonrisas cómplices o miradas a escondidas lo que les
delataban.
Cualquiera
que le conociera a él tanto como ella, podía darse cuenta de todo lo que la
amaba, y de lo infame que podía llegar a ser sin pretenderlo. Era imposible no
amarlo, o no odiarlo.
Habían
tenido altos y bajos, como toda pareja, pero nunca habían dejado de tener
presente que ambos formaban parte del mismo equipo, y por muy enfrentados que
pudieran verse a veces, nunca llegaban a ser rivales.
Natalie se sonrió para sí misma y volvió a mirar el teléfono.
La hora que marcaba la
pantalla se volvía preocupante por segundos, hacía demasiado que debería haber
llegado, que debería haber llamado... y ese nudo en la garganta la estaba
ahogando en un mar de penumbras.
Ya
era la sexta vez que marcaba su número, y la cuarta que conversaba con su
contestador. Cuando volviera se merecía una muy buena excusa.
Oficinas federales NY
4.00
am
Un
grupo de personas permanecía reunidas en un despacho. Estaba oscuro, como la
ocasión lo requería, el ambiente estaba muy cargado, casi espeso, la luz de la
única lámpara luchaba por adentrarse en la espesura y no lograba más que
arrancar oscuras sombras de las caras de los allí reunidos.
El
suelo era algo inalcanzable, como una noche sin estrellas.
Era
un lugar poco acogedor, y la tensión podía respirarse en el ambiente.
Todos
discutían sin llegar a ninguna solución. Discutían de la misma forma que se
conspira, hablaban por turnos, sin mostrar emoción alguna en su voz, ni miedo
ni preocupación. Cada frase sonaba a solución perfecta que se llevaría acabo
sin la menor vacilación por el mejor de los hombres. Era como una partida de
póquer en la que todos saben que las cartas están amañadas sin suponer un
impedimento para jugarse mucho dinero. Nadie confiaba en nadie, todos recelaban
unos de otros, pero sin embargo sabían que la única forma de conseguir lo que
querían era permanecer unidos, aparentar una cohesión invisible y luchar hasta
su último aliento para conseguir llegar intacto al día siguiente, porque lo
necesitarían.
Las
voces se mezclaban en la penumbra y resonaban por toda la sala.
Todos
exponían sus opiniones. Todos menos uno. Pero los demás sabían cuándo hablaría,
porque después de él, ya no lo haría nadie más.
-Está
viendo demasiado- Dijo un hombre con voz cansada
-¿Quieres
matarlo ahora? ¡No tendría sentido después de haberlo mantenido con vida todo
este tiempo! –replicó una voz femenina
-¿Qué
sugieres?
Preguntó
otra persona desde el fondo del despacho. El ambiente sufrió un severo revés,
aquellos hombres que decidían la vida o la muerte, se hicieron invisibles y
aguardaron pacientemente a que la chica respondiera.
Pero
entonces alguien respondió por ella.
-Hay
que controlarlo desde dentro.
Todas
las miradas se tornaron hacia él. Se permitió un leve murmullo, apenas un
susurro, una leve nota de discordia y de desaprobación. Pero inmediatamente
alguien se destacó del resto y preguntó.
-¿Y
cómo piensas hacerlo?
-Eso,
déjenmelo a mí.
Respondió
el hombre desde el otro extremo de la habitación. La reunión había concluido.
Ya se había dicho la última palabra. Daba la sensación de que estaba decidido
de antemano pero no por ello parecía preocuparles. Aquellos hombres no se
reunían si no llegaban a una conclusión, la mayoría de ellos parecía conforme,
y los que no, no eran lo suficientemente poderosos como para cambiar las cosas.
En
esta disección de la sociedad, las voces discordantes o triunfaban o callaban
para siempre.
Una
vez terminada la reunión principal, las personas presentes se fueron dividiendo
en grupos más pequeños, aún quedaban muchos cabos que atar.
Y
no todos aquellos hombres volverían a su casa esa noche, ni ninguna otra.
El
cruce de miradas personales cesó justo en el momento que el último hombre cerró
la puerta.
Aún quedaba mucho por hacer...
Desierto de
África
El
viento seco mecía su cabello. Su piel, abrasada por el sol, presentaba un
aspecto poco saludable. El sudor empañaba cada centímetro de su tez y la arena
se enfrentaba a ella en una pelea cuerpo a cuerpo.
Su
garganta permanecía seca, pero no era la escasez de agua y la ferviente sed el
problema.
Hacía
mucho calor. Era como una manta que se pegaba bajo su
piel y no la dejaba respirar. Sentía como los rayos del sol penetraban
en ella y abrasaban lentamente.
Pero
ahora todo eso no era ni remotamente importante.
Se
lo repetía una y otra vez. John Doggett estaba en peligro, y ella, de algún
modo u otro, le había fallado.
Llevaba
dieciocho horas desaparecido, y los incompetentes de sus antiguos compañeros
aún conducían sus jeeps. Nadie había logrado llegar aún. El primer equipo había
aplazado su intervención debido a una tormenta de arena. Tormenta que aún
persistía cuando ella llegó allí.
En
el campamento avanzado dijeron había surgido de la nada y que no era posible
determinar su duración, también apuntaron que eran muy comunes en el desierto y
que ni siquiera los tuareg se atrevían con ellas.
Era
curioso, John sería capaz de dar su vida por cada una de las personas que
encabezaban el equipo de búsqueda, y sin embargo, éstas no movían ni un dedo si
veían peligrar su integridad.
Pero
aquellos hombres no conocían a Mónica Reyes, y ninguno de esos marines curtidos
del desierto iba negarse ante sus ojos.
Cuando
llegó tuvo que dar más de un discurso moralista, e insultar a más de uno, pero
finalmente lo consiguió.
Reunió
a un grupo de hombres y emprendieron su búsqueda hacia el ojo del huracán.
Por
suerte la tormenta pareció ceder a medida que se adentraban en el desierto,
pero no era un alivio, puesto que allí donde antes había columnas de arena,
ahora había un infierno de calor.
Parecía
imposible que algo pudiera sobrevivir en aquel lugar, ante semejante crematorio
de la naturaleza.
El sol se reflejaba en la arena y hacía enormemente daño a los
ojos, a pesar de sus gafas especiales.
El jeep avanzaba sin demasiada dificultad tras los pasos del radar y
directamente hacia las coordenadas. El desierto pareció perder toda su tierra.
Ya sólo quedaban las piedras que el viento no había conseguido arrastrar.
Las
rocas eran afiladas, como dagas y el jeep tuvo que aminorar la marcha para no
pinchar sus ruedas. Mónica dirigió una mirada fría cuando el soldado pisó un poco el freno, tan fría que se notó
en el ambiente.
Tenía
un presentimiento, un mal presentimiento, algo no había salido bien, y no sólo
era el hecho de que Doggett no se hubiera puesto en contacto con ella. Había
algo más, como un aura de muerte, un grito de auxilio... Si lo hubiera sabido,
si hubiera descifrado aquellos números, si hubiera hablado antes con William...
¿pero qué podía saber ella? No era culpa suya, todo habían sido una serie de
catastróficas desdichas.
El
segundo a bordo le hizo una señal para captar su atención, le señaló al GPS y
le hizo una seña de confirmación, se acercaban al lugar.
Dio
la orden y se detuvieron, el segundo jeep les adelantó, era el momento de los
chicos del ejercito.
La
espera se le hizo eterna, aunque no debieron pasar más de tres minutos hasta
que el grupo de reconocimiento dio luz verde. El camino estaba despejado.
En
el lugar exacto de las coordenadas se encontraba una casa, que desde luego
había tenido momentos mejores, quizás llamarla casa era sobreestimar la palabra.
Estaba parcialmente derruida, y parte de ella había sufrido un incendio
reciente. Todos los indicios apuntaban a un enfrentamiento.
Por
fin sus pies rozaron la arena y fue en ese momento exacto cuando su corazón le
dio un vuelco.
El
suelo estaba teñido de sangre.
Mónica
intentaba guiarse por sus vibraciones. Le habían dado buenos resultados antaño,
pero con tanta gente a su alrededor, le resultaba imposible concentrarse.
El
general al mando se dirigió hasta ella. Acababa de llegar uno de sus hombres de
dentro de la casa.
Ambos
le miraron intrigados y la petición del general no se hizo esperar.
-
Teniente, informe.
Su
hombre se apresuró en responder.
-
Siete cadáveres,
todos en el exterior, a primera vista parecen un grupo de mercenarios de asalto
que intentaron tomar la casa. Armamento pesado, de última generación, sea lo
que sea estaban preparados para lo peor, y parece que lo encontraron, fíjese,
estas armas han sido modificadas para soportar balas de alta velocidad, ¿ve la
culata? Está reventada. No hay nada que sobreviva a esto, sin embargo no hemos
encontrado ninguna baja en el otro bando. Quizás se llevaron a los heridos,
pero con esta munición no suele haberlos...
-
¿Qué hay del
interior?
-
No hay mucho que
quede señor, lo que no ha sido destruido por el ataque ha sido borrado por la
tormenta, sin embrago hemos encontrado cuerdas manchadas de sangre y dos sillas
destrozadas. Es posible que hubiera dos prisioneros, pero no hay rastro de
ellos.
-
¿Cree que
pudieron escapar?
-
No lo sé señor,
todo es posible, pero sea lo que sea lo que les hizo esto, no son de la clase
de gente que deja escapar a sus prisioneros.
-
Bien, retírese,
quiero que asegure el perímetro, necesitaremos transporte para los cadáveres y
un equipo de rastreo, aunque no creo que sirva para nada después de la
tormenta.
Dijo
esto último casi para sí mismo.
-
Sí señor. Una
cosa más, los del equipo de asalto, no muestran heridas de bala señor, todos
han muerto de múltiples traumatismos, como si les hubieran golpeado con algo
contundente.
-
Retírese, buen trabajo
teniente.
Le respondió con un asentimiento militar mientras
dirigía de nuevo su mirada hacia Mónica.
-
Bien agente
Reyes, ya lo ha oído, ¿en qué más podemos servirla?
Mónica
estaba conmocionada, sus peores presentimientos ahora se revelaban ante ella en
forma de cadáveres, pero había dicho dos prisioneros. Y eso la tenía
desconcertada. Si uno de ellos era Doggett, ¿quién era el otro?. Y ¿quien había
causado esta masacre? Ningún ser humano podría haber causado semejante...
Antiguos recuerdos vinieron a su mente, ¿podía ser posible? ¿Acaso se
encontraba ante aquello que tanto había temido?
¿Pero
por qué? ¿Qué podía querer aquella gente de Doggett?
-
Quiero ver el
interior de la casa, general.
Ordenó
ella con su voz más decidida.
-
Claro, el
sargento Ryan irá con usted.
Le
respondió éste mientras su hombre la acompañaba.
El
interior de la vivienda no se diferenciaba mucho del exterior, había casi más
arena dentro que fuera, las ventanas habían desaparecido y con ellas la pintura
de las paredes. Las vigas estaban resecas y ennegrecidas por el humo, los
muebles se habían evaporado o nunca habían existido, tan sólo se distinguía una
mesa con una pata rota y restos de lo que bien pudieran ser dos sillas.
Del techo colgaba un cable del que antes
pendía una bombilla. Del suelo semienterrado en la arena se podía observar una
especie de alfombra de varios colores y dibujos toscos.
Se
acercó a los restos de las sillas, con la ayuda de una linterna, pues el
interior estaba extrañamente oscuro, a pesar de la claridad de fuera. Gracias a
este haz de luz pudo observar con mayor detalle cada una de las pruebas, y se
le aceleró el pulso cuando distinguió manchas de sangre entre aquellas.
El
sargento rompió el silencio.
-
Es posible, que
los prisioneros fuesen torturados.
Mónica le miró despreciando
lo inoportuno de su comentario, pero antes de que su réplica se
materializara en
palabras, uno de los hombres del equipo se dirigió hacia ellos.
-
Hemos encontrado
un cadáver. Parecía que pretendía huir y fue alcanzado con un proyectil de
largo alcance.
La
agente Reyes suspiró
-
¿Es... él?
Él
dudó un segundo en su respuesta.
Apartamentos Deep Side
7.00 am
Natalie
se había quedado dormida en el sofá, con una mano cerca del teléfono, y la otra
debajo de su cara. Acurrucada entorno a su cojín favorito había perdido al fin
la noción del tiempo y se había sumido en un sueño intranquilo vigilado siempre
por el segundero eléctrico de un reloj digital.
Parecía
un ángel sacado de un cuento de hadas, era el primer momento del día en el que
realmente descansaba. Y sin embargo al despertar no encontraría nada que la
consolase.
Ya
lo había escuchado acercarse a la puerta pero fue el sonido del timbre
estridente quien la hizo levantarse de golpe.
Su
primer pensamiento fue dirigido hacia William, pero se fue tan rápido como la
deducción veloz de que nadie llama al timbre de su propia casa.
Aquello
le devolvió a la incertidumbre masiva, si no era él... tal vez fueran noticias
suyas, pero... ¿qué noticias? El corazón le martilleaba detrás de la oreja y
tropezó con la mesilla cuando se dirigía a la puerta. Demasiada adrenalina para
estar recién levantada.
Abrió
la puerta mientras miraba extrañada a su visita. No se parecía a nada de lo que
ella hubiera podido imaginar, y eso no la tranquilizó, pero sí la hizo tomarse
cierto tiempo para recomponer un poco su aspecto somnoliento. Parecía un
vendedor de enciclopedias, no era eso lo que ella necesitaba.
-Buenos
días, siento haberla despertado.
-Si
es algo de venta no se moleste, no voy a comprar nada.
Dijo
ella sin pensar demasiado lo que estaba diciendo.
-Lo
siento, creo que me confunde con otro. Si me permite un momento por favor.
Ella
frotó sus ojos en señal de cansancio, e hizo el intento de cerrar la puerta
dando por zanjada la conversación.
Era
un hombre maduro, alto y tras aquel traje de chaqueta se podía imaginar un
cuerpo atlético y fuerte. Desprendía olor a colonia cara y su mirada esquiva
algo de inseguridad. Era atractivo, pero de esas bellezas que atraen más por lo
que ocultan que por lo que enseñan. No era un vendedor de enciclopedias.
Natalie
tuvo tiempo de examinarlo minuciosamente, y también tiempo para perder la
paciencia.
-Bueno...
¿quería algo en particular?
-Sí,
perdone. No se me dan bien estas cosas...
Contestó
mirando al suelo.
Natalie
había sabido tomarse con calma el asunto, pero esa frase llevó al traste todo
su temple. En estas circunstancias era un torbellino de sentimientos.
-¿Tiene
que ver con William?? ¿Le ha pasado algo??
-No,
no... exactamente.
Respondió
rápidamente, mientras estiraba su corbata. Se notaba que aquel hombre había
llegado al punto exacto que buscaba.
-Aunque
mis motivos no van desencaminados
-No
entiendo...
Dijo
Natalie con una mirada confusa y aún somnolienta.
-¡Perdone!
¡Soy un maleducado! –contestó mostrando una sonrisa tímida mientras buscaba en
el bolsillo de su chaqueta y finalmente sacaba una identificación - Agente
Folmer de la oficina federal de investigación.
La
cara de Natalie tornó a extrañeza. Podía leer claramente su insignia de
director ejecutivo del FBI.
-Ahora
sí que me he perdido.
Dijo
con una sonrisa como excusa.
-Veo
que su novio no la tiene muy informada...
Aquel
comentario empezó a exasperarla.
-Si
ha venido a discutir sobre mi relación de pareja...
-He
venido para que pueda ayudar a William, para ayudarle a ambos en realidad, ¿la
invito a un café?
Natalie
miró su reloj.
-No
le quitaré mucho tiempo. Y no le vendría mal despejarse un poco, no ha dormido
mucho, ¿verdad?
Dijo
Folmer adelantándose a su respuesta.
Desierto de África
-
¿Es... él?
El
general dudó un segundo en su respuesta.
-¡Responda!
-El cuerpo está completamente
calcinado, me han pedido que la busque para su reconocimiento.
Mónica devolvió su respuesta en forma de suspiro.
A
medida que se acercaba al sitio sus peores
sospechas cobraban forma.
Había
un grupo de hombres rodeando el cadáver, un grupo de hombres que se giraron
todos a su llegada.
Mónica
respiró hondo. Reconocer el cadáver de tu compañero y amigo no era un plato de
buen gusto. Y menos con la culpa en la garganta. Si se trataba de Doggett
tendrían que preparar otra funda de sobra para su cadáver.
Al
acercarse su pulso cobró fuerza, un pálpito, un leve presentimiento...
El
cuerpo era poco menos que un cúmulo de cenizas, era extraño, parecía que el
fuego había comenzado de dentro a fuera... La ropa estaba en mucho mejor estado
que el cuerpo que se encontraba dentro.
-
Hemos encontrado
esto, estaba en su bolsillo, es parte de una identificación. Tiene el sello del
FBI, ¿la reconoce?
El soldado le entregó parte de una identificación
carbonizada, no había ni foto, ni nombre ni nada reconocible, estaba tan
quemada y arrugada que era imposible decir nada. Sin embargo parecía una
identificación de alto rango, como las que les dan a los directores del FBI...
Volvió
a mirar al cadáver, aquella imagen no se borraría de su mente en mucho
tiempo... Llevó sus manos a su cara, y salió rápidamente de aquel lugar.
Alguien
pagaría por esto.
Cafetería NY Atlhantis
7.30 am
Natalie dio un sorbo a su zumo mientras el agente Folmer llevaba a la mesa un poco de bollería industrial.
-
No sabía cuál le
gustaría mas, así que he traído un poco de todo.
-
Gracias, pero no
tengo hambre.
-
Oh, no se
preocupe, la camarera me aseguró que era todo bajo en calorías.
Le contestó con una sonrisa cómplice que Natalie esquivó
rápidamente. Hoy no estaba para bromas, ni si quiera de las agradables.
-
No es eso, verá,
no tengo demasiada hambre.
-
Como quiera,
Natalie, ¿puedo llamarla así?
Ella asintió apenas sin mirarle.
-
Gracias, si no
le importa cogeré uno de estos bollitos de crema, tienen muy buena pinta.
Natalie vivía con uno de los mejores cirujanos de la
ciudad. Estaba bien acostumbrada a ver cómo daba malas noticias, y los rodeos
nunca la habían convencido.
-
Bueno, ¿qué es
lo que quiere decirme? Si no le importa.
Dijo ella por fin, haciéndole ver que no pretendía
mantener ninguna conversación más allá de la estricta información sobre
William.
- Oh claro, le pido disculpas de nuevo, no suelo hacer estas cosas, soy más de archivar papeleo, ya sabe.
Natalie empezaba a cansarse de tantas disculpas. Y él
debió notarlo en su mirada.
-
Bien, iré al
grano. –Contestó mientras carraspeaba y tornaba su mirada seria, muy diferente a esa expresión sonriente de
segundos atrás-
Sé dónde está William.
-
¿Usted lo sabe?
¿Y está bien?¿Le ha pasado algo?? –preguntó con un brillo de inquietud en su
mirada-
-
Bueno, sé dónde
estuvo anoche.
-
¿Anoche?
-
Verá,
seguramente habrá podido apreciar un comportamiento fuera de lo normal en el
doctor Van de Kamp últimamente ¿me equivoco?
-
¿Adónde quiere
llegar?
Folmer clavó su mirada en ella. Pudo observar cómo la
duda, el miedo y la ira se fundían en un todo que emanaba de su piel. Veía como las manos de aquella mujer
temblaban nerviosamente mientras las frotaba.
-
¿Confía en él,
Natalie?
La mirada del señor Folmer se cernió sobre ella como
una traición por la espalda.
-¡Por supuesto que sí!
-¿Cree
que él sería capaz de mentirle?
-¿Qué
es todo esto?!
Dijo
ella alzando el tono. La conversación se había vuelto exasperadamente tensa.
-Bien.
Dijo
él por fin cortando la tensión con un cuchillo.
Folmer
buscó en su bolsillo y sacó una fotografía de éste.
Natalie
empezaba a sentirse indignada, pero el miedo no abandonaba su estómago.
Folmer
puso la foto sobre la mesa y la deslizó suavemente hacia ella. Lo hizo
despacio, cuidadoso, como un jaque en ajedrez.
Ella
la observó en silencio. Era William, parecía una foto tomada de una cámara de
seguridad, el encuadre no era muy amplio pero podía distinguirse una puerta, y
una mujer apoyada en su marco. Natalie no podía creerlo.
Pero
nada encajaba, ¿por qué iba a interesarle al FBI los problemas de una simple
pareja? ¿Qué tenía esa foto de particular para llegar al bolsillo de aquel
director ejecutivo? Y sobretodo, ¿quién era esa mujer?
Folmer
le dejó su tiempo para que pensara. No hacía falta ser muy listo para intuir
los pensamientos de la pobre chica, pero él tenía la última sorpresa
especial...
Esperó unos segundos más, aunque sabía que ella no
iba a intervenir. Aquel golpe la había dejado conmocionada.
De
modo que decidió hurgar un poco más en la llaga.
-Seguro
que tiene una gran explicación. O no...
Su
tono se había vuelto altivo.
Natalie
alzó la vista hacia él. Parecía una boxeadora reincorporándose al Rin.
-Por
favor, ahórreme la pregunta.
Dijo
ella sin apartar la mirada.
-Hotel
Sun Delay, la hora y la fecha están por detrás. Y ahora me toca a mí, su
prometedor doctor ha estado involucrado en un asunto federal, esto no tendría
mayor importancia si no fuera porque ha dado con ciertas personas poco
recomendables que le están llevando a poner su vida en peligro.
-Y
va a decirme que me ofrece su noble interés por
servicio a la ciudadanía...
La
frase de Natalie le provocó una carcajada. Al fin y al cabo estaba resultando
más inteligente de lo que parecía.
-Parece
que empezamos a entendernos. Verá, los dos queremos algo, y ambos necesitamos
colaborar juntos para obtenerlo. Yo, le ofrezco ayudar a William.
-¿Y
qué quiere de mí?
-Va
usted muy rápido
Le
contestó él pausadamente mientras alineaba las migas de pan en la mesa. Era un
hombre meticuloso.
-No,
creo que el que se ha pasado de la ralla es usted. Me da igual cuántos culos
haya lamido para colgarse esa insignia,
pero si piensa que voy a jugársela a William
por usted, es que no me conoce.
Respondió
Natalie levantándose de la mesa indignada.
-Se
está confundiendo, pero aceptaré sus disculpas mañana.
Váyase,
haga lo que tenga que hacer y pregúntele.
Le
dejo mi tarjeta para ahorrarle buscar mi número en la red.
-Se
equivoca si piensa que voy a llamarle.
-Ojalá,
porque querría decir que su novio no se deja lavar el cerebro tan fácilmente,
que le dirá todo sobre su estancia en ese hotel y el porqué de su retraso.
Suerte.
Ella
se marchó sin responder.
Llevaba
su tarjeta en la mano y ya empezaba a sentirse culpable por haberla cogido.
Sabía
que William la había engañado en alguna ocasión, pero sobre tramas federales y
vidas en peligro jamás.
Natalie
estaba muy confundida, todo aquello era de locos, ¿qué querría aquel agente del
FBI de ella?¿De qué extraños asuntos hablaba? ¿Y qué podría pintar William en
todo eso? Nada encajaba. Nada en absoluto.
Estaba
muy enfada, enfadada y confusa, sólo quería volver a casa y esperar a William,
¿qué se había creído aquel hombre? ¡Esto era un atropello a su intimidad!, aún
resonaba en su mente aquel tono de superioridad.
Pero
su voz interior le chillaba al oído. Confiaba en que la persona que quería
fuera sincero y le explicara punto por punto lo que estaba ocurriendo, y al
mismo tiempo la tarjeta que llevaba consigo era una sospecha material de que no
lo haría.
¡Pero
tenía que hacerlo! Tenía que confiar en ella y ser sincero.
Natalie
paró un momento y recordó sus pensamientos de atrás, todos esos sobre buenos
momentos vividos y un amor contra fronteras. Definitivamente, William no era de
esa clase de personas, no, él no jugaba sucio.
Después
de sus reflexiones, Natalie rompió la tarjeta y la tiró en una papelera.
Abrió
la puerta del portal, y subió las escaleras. Tenía el presentimiento de que
estaba allí.
Desierto de África
Mónica
llevaba horas pensando. Horas allí sentada, apartada del mundo y la compañía.
Sus
indicios no eran más que sospechas, y los presentimientos pura esencia.
No
sabía cuál era el siguiente paso, el camino se había tornado confuso, y las
sombras no hacían más que difuminar la claridad.
Estaba
junto a su teléfono, esperando que los del equipo pudieran hallar los datos de
la placa.
Era
muy probable que fuera la suya, pero aún así quedaba esperanza.
Esperanza
de que un milagro ocurriese, y otro hombre hubiera muerto en su lugar.
También
pensaba en William, y sus extrañas dotes adivinatorias. ¿Cómo consiguió leer de
esos números? Y ¿por qué ella no fue capaz de hacerlo?
Si
lo hubiera sabido antes esta espera no tendría lugar...
Unos
pasos la sacaron momentáneamente de su abstracción.
Era
el teniente, y no parecía traer buenas noticias...
Apartamentos Deep Side
8.42 am
Natalie
abrió la puerta cuidadosamente. La habitación del dormitorio estaba abierta.
Había unos zapatos al pie de la cama y un zumo abierto sobre la mesa. Corrió al
dormitorio y encontró a William durmiendo a pierna suelta, apenas se había
quitado la ropa y estaba a medio tapar. El torbellino de sentimientos que
sentía en ese momento se multiplicó por mil y perdió la noción del tiempo,
allí, de pie junto a la puerta, contemplando al responsable de todos sus
pesares. Un leve sonido de respiración profunda la sacó de quicio, se le tensó
la mano y frunció el ceño hasta un ángulo peligrosísimo.
Quiso
despertarlo, pero parecía cansado, además ahora sólo quería estar junto a él,
ya habría tiempo de bronca cuando despertara. El ceño divergió y volvió a su
posición normal.
Todo
el agotamiento y la tensión de la noche anterior la atacó de repente, se sentía
tan abatida...! Se tendió a su lado, le abrazó y un par de lágrimas rebeldes
recorrieron su mejilla.
Al
fin un poco de paz.
Desierto de África
-Llevo
un buen rato buscándola.
Dijo
el teniente con voz de alivio.
-Necesitaba
estar sola.
Sus
palabras emergieron casi sin despegar los labios. Su mirada seguía ausente, por
mucho que intentara disimular.
-Comprendo...
El
teniente se sentía incómodo, se notaba en su forma de hablar.
-¿Ha
venido a decirme algo?
-Sí,
-dijo mirando hacia abajo- se ha confirmado que la placa pertenecía al director
John Doggett.
Mónica
se levantó de golpe y le miró a los ojos.
-No
era suya.
-¿Qué?
El
teniente empezaba a incomodarse más de la cuenta.
-Que
no era suya.
-Verá,
sé que es duro, y que ambos compartían una gran amistad, pero los resultados no
mienten, agente Reyes.
-Sí,
lo entiendo, pero no creo que John esté muerto.
El
teniente asintió con la cabeza comprendiendo los duros momentos por los que
pasaba Mónica, quizás todos reaccionáramos igual en su caso.
Mónica
podía leer sus pensamientos casi a la perfección. Era un joven inexperto, y
ella una mujer con razón.
-Sé
que no me cree, pero no me importa. Necesitaré un grupo de unos 6 hombres, he
visto que hay un poblado cerca.
El
teniente Leidlock no sabía cómo actuar. Las conversaciones con los perturbados
con delirios de grandeza no pertenecían a su especialidad.
-Eh...
el general Harrison está planificando la retirada total para esta tarde. Además
no creo que esos indígenas puedan ayudarla en nada.
Consiguió
finalmente decir.
-Pues
dígale al general Harrison que la agente Reyes ha solicitado un grupo de
búsqueda, y que lo necesito ya.
La
voz de Mónica sonaba autoritaria y locuaz, lo más persuasiva y autócrata que en
esas circunstancias pudiera sonar.
-No
creo que eso vaya a ser posible.
-No
le he pedido su opinión, teniente, le he dado una orden.
-Es
cierto, pero no le daba mi opinión, quise decir que eso no será posible, Agente
Reyes, usted nunca ha tenido el mando de la misión, simplemente le hemos
permitido acompañarnos y hasta ahora hemos apreciado su opinión, nada más.
-¿Cómo
se atreve? Lléveme inmediatamente ante el general Harrison.
Una
vez más, el excelente ejercito mostraba su cara más
amable. Los militares eran como un puñado de niños
malcriados. A la agente
Reyes le desesperaba tal incompetencia, muchas veces la habían
tomado por loca,
pero discutir en vano cuando la vida de un hombre podía estar en
juego,
martilleaba cada ápice de su paciencia.
Por
fin el teniente dio media vuelta y se encaminó al campamento. Ya sólo le
quedaba el segundo asalto con el señor Harrison.
Apartamentos Deep Side
11.22
am
Avisaba
de una cirugía interna al doctor Van de Kamp, y también de que su busca estaba
desactivado.
William
abrió los ojos con desvelo, y pudo comprobar como otra mirada se cernía sobre
él, desde luego no era presagio de nada bueno.
Intentó
besar a Natalie, sabía qué cara seguía a la que ya tenía y quería suavizar las
cosas antes de la transición, pero ésta apartó su rostro de él, ese truco no le
valdría de nada.
William
se puso en pie y abrió su armario en busca de ropa mientras Natalie se colocaba
a su lado de brazos cruzados y con gesto poco amigable. Expectante.
Pero
él se lo tomaba con calma. Eligió minuciosamente su camisa, y la conjuntó de
forma distinguida con los pantalones. Sentía cómo la mirada de ella se clavaba
en su nuca, y se quedaba allí, escrutando su coronilla, escudriñando su
cerebro, intentando anticiparse a cualquier excusa que pudiera inventarse.
Anudó
una corbata desenfada a su cuello, y escogió su chaqueta predilecta como toque
de contraste.
Desde
luego era un hombre que sabía lucirse, correr con una venda en los ojos pegado
al precipicio haciendo malabares.
Natalie
le había observado sin cambiar la expresión todo el tiempo, pero empezaba a
ponerse nerviosa, a desquiciarse. Apretó los dedos de sus manos.
Cuando
éste comenzó a peinarse sabiamente descuidado, ella explotó. No podía
soportarlo más, su tono dolido denotaba que había cometido un error muy grave.
-¿¡No
vas a decir nada?!
Preguntó
en un tono claramente molesto.
-Confiaba
en que lo hicieras tú.
Respondió
casi sin inmutarse. Estaba jugando duro, todo a una carta, no podía vacilar o
sería su fin.
-Tú
siempre tan prepotente...
Dijo
ella con repudio en cada una de sus palabras.
William
dudó un momento. Necesitaba planificar su estrategia, un solo paso en falso y
se lo tragaría el abismo.
-¿Es
que no vas a parar nunca verdad?
Le
dijo por fin medio indignado. Se dio cuenta de su error justo después de pensar
su frase, pero no antes de terminar de decirla.
Ya
había determinado su rol, sólo que no contaba con una baza sorpresa.
-¿¡Qué??!
Sabiendo
lo que sabía Natalie empezaba a alucinar con aquel hombre. ¿Pero cómo se
atrevía?!
Pero
William era un experto.
-¿Qué
es lo de hoy? ¿Celos? ¿Invenciones? ¿Apariencias?? ¡Dime!
-¡¡Serás...!!
Cómo te atreves...
Natalie
no salía de su asombro ni de su inminente animadversión hacia su novio.
-¿De
qué hablas??
-Has
estado toda la noche fuera, y parte de ayer también. No has ido a trabajar
¿quieres explicármelo?! ¡He estado preocupada, William! Después de tu
accidente.. ¿Cómo puedes ser tan egoísta?! ¡Podías haberme llamado!
William sonríe soberbio.
-Es
eso... ¿no puedes parar de controlarme, verdad?
-¡Serás...!
Natalie
ya no sabía si reír o llorar.
-¿Qué?!
¡Venga dime...!
Dijo
William plantándole cara. Desde luego era una de sus mejores interpretaciones.
-
Tanto amor propio para resultar ser tan rastrero...
-Si
tanto te preocupaba haber llamado a Frank, pero claro, la señorita no baraja
hombres en su lista, seguro que un club de alterne resultaba más viable para tu
búsqueda. ¡Pues ya lo sabes, no vengo de serte infiel!
Desde
luego una verdad de vez en cuando da realismo al asunto.
-Así
que con Frank... eh?
Contestó
ella con su despecho a cuestas.
William
cogió su móvil y se lo acercó.
-¿Quieres
llamarle? ¡Venga pregúntaselo! ¡Si te mueres de ganas...!
El
doctor era una provocación andante, ni si quiera había hablado con Frank, pero
el juego peligroso le encantaba. La adrenalina martilleaba su sien que la
inyectaba directamente al cerebro.
Ella
se rió con odio. Aquel descaro era demasiado. No sólo le mentía en sus narices,
sino que encima le plantaba cara!
-No.
Esta vez no.
Estaba
claro que no necesitaba hablar con ningún mentiroso más para dudar de la
verdad.
Cogió
su bolso y se marchó tan rápido como pudo.
William
respiró hondo y tiró su móvil al suelo, aunque pareciese falso, no podía hacer
otra cosa. De algún modo supo que había perdido.
Pero
no le impidió terminar de arreglarse.
Desierto de África
Mónica esperaba tranquila en el campamento. Ya estaba hecho, ahora más le valía permanecer tranquila y centrada en su objetivo.
Sabía lo que se le venía encima, pero no iba a dejar de pelear por lo que consideraba justo. Por mucho que les molestara que una civil les diera órdenes, tenían que obedecerla y bajo ningún pretexto se lo impedirían.
El general Harrison cruzó el pasillo con expresión seria. Se plantó enfrente de ella y la miró de arriba a abajo.
-¿Qué es eso de que quiere un grupo de búsqueda, agente Reyes?
-La vida del director del FBI puede estar en peligro.
-Lo veo difícil señora, ya tenemos su cadáver, no creo que le pase nada malo.
-No tenemos pruebas de ello.
-Tenemos su cadáver calcinado, y sé que esto le puede resultar duro de asimilar, agente Reyes, pero las evidencias son las evidencias.
-Es sólo un montón de cenizas y la única prueba es una acreditación medio calcinada, no sé cómo trabajaran aquí pero en el FBI eso no nos sirve.
-¡Esto es de locos! Evádase de la realidad todo lo que quiera pero mis hombres y yo nos vamos.
Al señor Harrison ya le habían advertido de aquella mujer, pero verlo con sus propios ojos le era aún impactante. Esa mujer convencería a todo un ejercito de agnósticos para ir al infierno con tan sólo una pala y una cantimplora.
-¡El que desvaría es usted si me niega los servicios del ejército para fines federales!
Mónica nunca se rendía.
-No se me ocurre cómo va a impedírmelo.
Harrison sabía como alterar a alguien.
-Le recordaré esa frase cuando sea destituido.
-Si me dieran cinco centavos por cada vez…
Le respondió él mientras se daba media vuelta.
Mónica se había quedado sola. Sola en medio del desierto. No era la primera vez, ni sería quizás la última, pero desde luego, no había dicho su última palabra.
Apartamentos
TheLight
1.30 pm
El timbre sonó en el silencio de entre canción de su nuevo NCD, quizás fuera la primera vez que sonaba, o quizás había estado sonando hasta ahora. Frank nunca acostumbraba a pensar en silencio, y menos cuando en su cabeza bullían cosas tan importantes.
La música le ayudaba a concentrarse, a abstraerse más fácilmente para poder centrarse en los verdaderos problemas.
Pero el ruido del timbre le hizo estremecerse por completo. Después de todo, ya no podía confiar en nadie... ahora tenía amigos peligrosos.
Miró cuidadosamente por la mirilla, y la imagen que encontró le hizo respirar tranquilo. Al menos por ahora.
Desactivó el sistema de seguridad de la puerta y ésta se abrió al instante.
-¿Pollo asado?
Dijo William ofreciéndole una bandeja recién comprada que desprendía un apetitoso olor.
-Llevo algo deprisa, pero siempre hay tiempo para comer.
Contestó Frank guiándole hasta la cocina.
-No esperaba menos.
William dejó la comida sobre la mesa y se sentó mientras su amigo ponía dos platos y cerveza.
El joven doctor permaneció un momento pensativo antes de su intervención.
-Oye, perdona por lo de ayer, pero es que he andado muy liado... y...
Frank le miró nervioso
-Por lo de... ¿ayer?
William le observó extrañado, Frank solía tomarse esas cosas muy en serio.
-Sí, tus llamadas.
Frank respiró tranquilo y sonrió inquieto.
-Ah... sí, no tiene importancia.
-¿No estás cabreado?
Le preguntó confuso.
-No, no, para nada. Era una tontería.
-Ah... ¿Y me llamas 6 veces para una tontería?
William no salía de su asombro. Había algo que no encajaba allí. Él podía sentirlo. Cualquiera hubiera podido.
-Te conozco, Frank...
Una gota de sudor recorrió su frente.
-Bueno, verás... –dijo carraspeando- el caso es que...
-Sí...?
El joven doctor arqueó su ceja.
-Pensé que había descubierto algo nuevo sobre mi padre pero...
-...pero resultó ser otra mala pista más...
Respondió William terminando su frase y dándole una flamante excusa para salir indemne de su improvisado interrogatorio.
-Pues... sí.
-¿Cuántas veces te lo habré dicho, Frank? Estás demasiado obsesionado con ese tema. Si supieras de las desgracias que hay por el mundo, no te angustiarían tanto las tuyas propias.
Al decir sus palabras, William pensó sobre su estancia en el hotel, y su incidente federal. Todas las adversidades parecían ahora más cerca que nunca.
Frank sonrió confiado. Sentía como la tensión había tocado fin.
-¿Bueno, y a qué has venido? Si traes comida es porque quieres algo...
-Y no te equivocas.
Teatro Nacional de Danza Carmina Burana
2.35 pm
Natalie llevaba su indumentaria de trabajo, pero no bailaba con las demás.
Yacía en el suelo con su portátil a cuestas. Parecía muy concentrada, y no era para menos. Indagaba por las páginas del FBI buscando el número de la secretaria del director ejecutivo Brad Folmer. Hacía escasamente veinte minutos que buscaba por la red y ya había averiguado todo lo que necesitaba sobre aquel hombre.
Lo cierto es que tampoco le había dado razones para desconfiar, sobretodo después de su charla con William.
Pensó en su conversación con el director Folmer, todo lo que le dijo, y lo equivocada que estaba...
Era el momento de tragarse su orgullo.
William la había mentido, y no sólo eso, sino que la había echado en cara sus celos, que de serlos, no serían ni mucho menos infundados. Se había portado muy mal con ella, debería haber aceptado la bronca y habérselo explicado, ¿por qué la mantendría al margen? ¿Es que quizás ya no confiaba en ella? Esa mujer le estaba comiendo la cabeza, le habían hecho un lavado de cerebro... ¿pero por qué? Nada de aquello tenia el menor sentido, todo era confuso y doloroso, y nada gratificante.
Los archivos públicos del FBI lo dejaban bien claro, su nombre, rango y hasta el número de su despacho. Aquel hombre decía la verdad, muy al contrario de otro... Su culpabilidad había desaparecido por completo, Natalie ya no sentía traicionarle, sino que intentaba creer que sus actos eran nobles, y tan sólo con fin de ayudarle.
Dejó el portátil en el suelo y se encaminó al teléfono de la pared. Respiró hondo mientras se convencía de que era lo correcto, seguidamente marcó el número y esperó.
-Despacho del director adjunto Folmer, ¿en qué puedo ayudarle?
-Verá, me llamo Natalie, Folmer... el director Folmer me dio una tarjeta y …
Su voz sonaba nerviosa.
-No entiendo ¿quién dice que es?
-Natalie Harnett, él sabrá quién soy.
-Espere un momento por favor.
Apartamentos
TheLight
2.51 pm
William y Frank charlaban como dos buenos amigos. Sin embargo, no tenían ni la menor idea del traidor que tenían ante sus caras.
Frank tomó un sorbo de cerveza y le miró fijamente.
- Espera, espera que lo adivino. Bronca con Natalie.
La suposición de Frank se basaba en años de experiencia, era casi imposible que fuera otra cosa. Por regla general nada solía afectarle demasiado como para necesitar una charla seria.
- Bingo.
Quizás fuera lo mejor, pensó William, al fin y al cabo los dos habían asumido que había tenido otro affaire, lo cual habría sido mucho más lógico que lo que en realidad estaba pasando. Pero empezaba a cansarse de mentir, había algo malo en eso, Natalie, ella era frágil, si le pasaba algo, él se moriría.
Mientras William reflexionaba en silencio Frank ya había encajado todas las piezas del puzzle.
- Vamos no me jodas, ¡cómo puedes ser tan cabrón!
- Eh, estas asumiendo que yo tengo la culpa.
- ¿Acaso no la tienes?
- Sí, pero un poco de presunción de inocencia ¿no?
William odiaba las charlas moralistas de Frank, y más aún sin motivo.
- ¿De quién? ¿De ti? ¡Vamos, no me hagas reír!
- Eh, que soy tu mejor amigo.
- Precisamente por eso.
El peligro para Frank había pasado, ya ni se acordaba de sus llamadas, de su interés, mejor, mantener lejos a William sería mucho más útil.
- ¿Qué ha sido esta vez?
Preguntó Frank sin curiosidad ninguna. Esperaba la misma respuesta de siempre.
- Pues...
- No te andes con rodeos...
- No... quiero decir...
Por un momento William se sintió perdido, desorientado, eran demasiadas mentiras para un mismo día. Pero Frank no pudo aguantar, estaba seguro de la clase de incidente que se trataba.
- ¿Es que no puedes mantenerla dentro de los pantalones? ¿Pero qué diablos té pasa?
Frank parecía que estar en racha con sus suposiciones, al menos para William. Cuanto más se inventara él, menos tendría que mentir el doctor.
- No, no ha sido eso.
- ¿Que no? Conozco esa mirada.
- Bueno... tal vez sí ha sido eso, pero joder, no lo he hecho tantas veces como para...
- ¿Tantas veces? Van de Kamp, una es DEMASIADO. ¿Sabes lo que significa demasiado? Significa olvídate de mí para siempre. ¡Es que no me lo puedo creer, otra vez!
- Eh! que la ultima fue...
William se sentía ofendido ¿así es como le veía todo el mundo? ¿Un déspota sin sentimientos que se calzaba a cada nueva blusa?
- ¿Te refresco la memoria? Hace cinco meses... la enfermera de la lencería roja...
Pensándolo mejor, quizás lo era.
- No, no, esa no fue, quiero decir... no era roja.
Ardería en el infierno.
- ¿Es que nunca te vas a tomar nada en serio?!¿Qué coño te pasa?!¿Qué es lo que tienes dentro de la cabeza?. ¡Natalie, por dios! ¿Qué ha hecho esa mujer para que le hagas esto? Dios la debe de estar castigando, en otra vida debió de ser Hitler o algo peor.
- Vamos tío, no lo hago por herirla, sabes que es lo más importante de mi vida.
- Si así tratas a las cosas más importantes de tu vida, Dios me libre de importarte algún día.
- Tú sabes que siempre has sido de mis preferidos.
- Déjate de cachondeo, esto es algo muy serio, ¿no puedes tomarte las cosas en serio?
De repente William cayó en la cuenta, hasta ahora había pensado en que lo mejor para ella era protegerla, engañarla, alejarla de todo lo que se le estaba viniendo encima. Pero ¿a qué precio?
- A la mierda, ya te he soltado el discurso tantas veces que me aburro. Espero que esta vez Natalie te deje y te dé una patada en las pelotas. Yo estoy harto, no pienso ayudarte esta vez.
- Tienes que ayudarme, será la última vez, te lo prometo.
- ¡No me hables como a ella! ¿Natalie es mi amiga sabes? No se merece esto.
William recordó a Natalie encima de la cama, su mirada ahora le atravesaba el corazón.
- ¿Qué quieres? ¿Me abro las venas? No puedo cambiar lo que hice, y esta vez, joder esta vez es...
Las últimas palabras de William fueron menos que un susurro, murieron en su garganta y nunca llegaron a sus labios, había llegado demasiado lejos con su mentira y no se volvería atrás.
- ¿Con quién ha sido? ¿Con la rubia esa de la exposición?
- ¿Qué rubia?
La mujer de la exposición, William la había olvidado por completo, al parecer Frank no, le daba igual, era perfecta, y probablemente nunca más volvería a verla, así que, simplemente lo dejó correr.
- Noooo, no me vengas con esas, lo sabes perfectamente. ¿O ha sido con una enfermera? ¿Es que esas chicas no escarmientan nunca?? ¡Si ya te has cepillado a media plantilla!
- La chica de la exposición.
Dijo William dejándose llevar por la corriente.
- ¡Lo sabía!
Frank se levantó de golpe como si acabara de resolver un acertijo.
- Parece que es imposible ocultarte nada...
Ya estaba hecho, y si se había equivocado, William rogó a Natalie que le perdonara, que por favor, le perdonara. Pero aquella nueva suposición de Frank, no fue tan dulce victoria como esperaba.
Acababa de complicar mucho las cosas...
- Y dime, ¿qué sabes de ella?
Frank sentía cómo se enredaba todo...
- ¿Qué? ¿A qué viene esa pregunta?
Su amigo tuvo unos segundos para pensar, pero pronto asumió cómo cubrirse las espaldas.
- Bueno, si quieres que sigamos hablando sobre el daño que le has hecho a Natalie y lo hijo de puta que puedes llegar a ser mintiéndole a la cara y encima implicándome a mí...
- Si te soy sincero... Carla y yo no hablamos mucho.
A William le salió casi sin pensar, fue poco más o menos que un acto reflejo, de lo más natural del mundo.
Frank volvió rápidamente su cara hacia él.
- ¿Carla?
Sabía perfectamente cómo se llamaba aquella mujer, y no era Carla.
- Sí, la rubia de la exposición, se llama así.
Algo estaba pasando. O William mentía, o Michelle le había mentido a él... Sea quien fuere, alguien se estaba mofando de los demás, y Frank esperaba no ser la víctima.
- ¿Qué pasa? ¿En tus fantasías la apodabas de otra forma?
William no comprendía el comportamiento de su amigo.
Frank se quedó absorto unos segundos, no sabía cómo reaccionar, la situación había dado un giro peligroso.
Los dos permanecieron callados largo rato, ninguno se miró directamente. Yacieron en silencio saboreando la comida.
Frank podía ver que su amigo estaba apunto de derrumbarse, había algo que William estaba deseando decirle, pero no podía.
Él por el contrario estaba confuso, ya no sabía si la información que tenía entre manos era fiable, ni siquiera sabía si William lo era.
Y a su nuevo amigo, esto no iba a gustarle nada...
---------------------------
Cuando Adam Jones cumplió los dieciocho años se le presentaron dos opciones. La primera era buscarse un trabajo decente, en el que probablemente le exprimirían por un mísero sueldo que además le consumiría todo su tiempo y vida sana y en el que jamás podría hacer nada de provecho siendo un honrado don nadie el resto de toda su vida.
La otra opción era seguir haciendo lo único que sabía hacer realmente bien.
La elección se le planteaba muy difícil, puesto que los de asuntos sociales le obligaban a trabajar o le encerrarían otros seis meses en el penal de Nueva Jersey para jóvenes desorientados.
No obstante, fue el mismo agente social el que tomó esa importante decisión por él. Y lo que empezó siendo un trabajo de camarero en un tranquilo bar del centro, resultó ser el bar de reparto de objetivos para los Limpiadores más caros de la ciudad.
En realidad eran como clientes habituales, venían, pedían comida, hablaban un rato con el dueño, y se iban, todo normal, todo tranquilo, sin embargo, cada vez que uno de esos hombres hablaba con el dueño, alguien moría.
Adam tardó cinco meses en enterarse de qué trataba aquello, los otros camareros ya lo sabían, pero simplemente se preocupaban más de que los clientes no se fueran sin pagar y de sonreír a la hora de la propina, sin embargo Adam estaba mucho más despierto, todas las mañanas leía el periódico buscando las muertes, y luego intentaba imaginar quién de los clientes habituales habría sido.
Un día se armó de valor, y decidió pedirle a su jefe ayuda, quería ser Limpiador. Su jefe le dijo que él no sabía nada de aquel asunto, y le despidió por su indiscreción. Adam quedó un poco abochornado, pero no tardó demasiado en percatarse de la dirección escrita a mano que escondía su carta de despido.
Allí le enseñaron todo lo que un Limpiador debía saber. Manejo básico de las armas de largo, medio y corto alcance.
Lo primero que aprende un limpiador es el manejo de las armas de larga distancia, ya sean rifles de precisión, ballestas, arcos y todo lo que te permita estar muy lejos de su objetivo y aún así matarle. Luego, el manejo de las armas de medio alcance, principalmente pistolas, rifles de repetición, automáticas y semiautomáticas. Por último, el manejo de armas de corta distancia, cuchillos, sables y navajas. Mientras mejor fuera el Limpiador, más cerca podía estar de su víctima, esa fue su primera regla de la supervivencia.
Después de entrenarse durante semanas con un rifle de fabricación coreana de baja calidad y en dudoso estado, decidió ir a por su primer encargo.
En los suburbios siempre hay alguna persona que desea matar a alguien, y por el dinero que le ofrecían, casi inferior al precio que había tenido que pagar por el arma, pensó bien si rechazarlo. Pero no pudo, sabía que la reputación lo era todo, y la popularidad se conseguía haciendo buenos trabajos, claro que siempre hay que empezar por algo.
Aquel hombre era tan gordo que a pesar de que el rifle tenía un desvió de un metro a la izquierda, en veinticinco metros era imposible no acertar el blanco.
Había hecho los deberes, era un jefecillo de poca monta venido a más por un par de golpes de suerte con las drogas, todo le iba muy bien y sin embargo había enfadado a los que no debía con la desafortunada consecuencia de morir por ello. Era tan tacaño que sólo tenía guardaespaldas la mitad del tiempo, y tan estúpido que creía que las calles eran su feudo y que contaba con inmunidad allí.
Debido a su tremenda obesidad, siempre hacía el mismo recorrido, desde su casa a la charcutería que le servía las veces de tapadera y restaurante.
Era un tipo bastante detestable, durante un día en el que no tenía guardaespaldas le siguió de cerca para comprobar el terreno. Por el camino buscó azoteas desde donde realizar los disparos, había un par de ellas que le habían gustado y las había apuntado en un papel, junto con la hora a la que había pasado por allí. Su andar patizambo y lento le hacía recorrer apenas tres manzanas en cuarenta minutos. Y Adam empezaba a estar bastante harto de aquel tipo. Hacía dos días que había conseguido el encargo y ya estaba deseoso de matarle. Le sacaba de quicio, tanto, que cuando decidió sentarse junto a un puesto de fruta callejero a decir groserías a la joven dependienta, Adam saco su Glock 9mm y vació el cargador sobre aquella forma sebosa de hombre. Pero la inexperiencia le hizo mella, había cometido dos graves errores, el primero, es que había pasado directamente al uso de armas de medio alcance con su primera víctima, lo cual era imperdonable, pero tolerable comparado con el segundo, y es que ninguno de los disparos había sido mortal. Aquel hombre se desangraba vociferando en medio de una calle repleta de testigos.
Adam no se puso nervioso, ni siquiera vaciló, al parecer su tremendo y desmesurado abdomen le había salvado la vida actuando como chaleco antibalas, sin embargo sabía como matar a las focas, lo había visto por la tele. Así que cogió el arma descargada por el cañón y la usó a modo de martillo con su cabeza. Durante los treinta y siete segundos que Adam se pasó golpeando a aquel hombre, nadie se atrevió a molestarle. Ni siquiera la dependienta del puesto de fruta, diríase que estaba más preocupada por que ningún aprovechado le robara que en la atrocidad que estaba presenciando a menos de medio metro. Desde luego la vida en aquellos tiempos era realmente difícil.
Cuando Adam se aseguró que la heridas eran mortales, supuso que era suficiente y se marchó sin más.
Caminó durante treinta manzanas a la luz del día con la camisa, los pantalones y las manos llenas de sangre y si le preguntarais a alguien de los que se cruzó acerca de aquel tipo, ninguno de ellos sabría decir con seguridad si lo habían visto. La vida en la gran ciudad consistía en desentenderse del mundo y evitar llenarse de porquería mientras éste se hundía en un pozo de mierda.
Un día después fue a cobrar, y se encontró con que todo el mundo había oído hablar de su trabajo, un trabajo brutal, basto, tosco... Le dieron el dinero y le dijeron que jamás volverían a contratarlo, un asesino debía ser discreto. Pese a ello le dieron otra dirección, a la mafia aquel tipo de trabajos le encantaban.
No tardó mucho en volver a tener empleo, y menos aún en convertirse en el sicario del contrabando de los bajos fondos de Nueva York, al parecer, allí necesitaban a gente con su talento.
Inmerso en la corrupción tuvo tiempo de aprender varias cosas útiles, como que la confianza es esencial y si alguna vez te pillan una mentira estás muerto, también se instruyó en que los jefes y los chivatos eran los que menos tiempo vivían, y que a la mafia no se le falla dos veces.
Adam tomó muy enserio sus nuevos mandamientos corruptos, y el empleo empezó a abundarle. Se le daba bien aquel trabajo, sin remordimientos, con su brutalidad natural y sin ningún exceso. Era el matón perfecto y no tardó mucho en ganarse un apodo y respeto dentro de la familia. Desde entonces todos le conocerían como Martillo.
----------
Lo
cierto es que las últimas horas había estado tan ocupado engañando a todo el
mundo, que no había parado a pensar seriamente sobre lo que le estaba pasando.
Sabía que no estaba bien, era médico, y no le hacían falta un par de mareos baldíos para percatarse.
Hospital Memorial
Tal
y como entró en el hospital, el caos abordó su
presencia. Nunca había sido un sitio tranquilo, pero ahora estaba
completamente desbordado. La cola de urgencias daba perfectamente la vuelta a
la manzana, la recepción estaba siendo abordada por unos cuantos pacientes amotinados, los médicos eran
constantemente increpados, y las enfermeras empezaban a no dar más de sí.
William
trató de deshacerse como pudo de unos jóvenes que reclamaban su turno, con la
fortuna de tropezar directamente con el director de cirugía.
Foreman
le miró sorprendido.
-¡Pero
si es el doctor Van de Kamp que nos honra con su presencia!
-Desde
luego no sabéis vivir sin mí. ¡Esto está hecho un asco!
Dijo
William mirando a su alrededor con cara irónicamente despavorida.
-El
que se va a ir acostumbrando a estar sin nosotros vas a ser tú cuando te dé tu
carta de despido.
Foreman
parecía cansado, y su rostro rebelaba un pronunciado desagrado.
-Oh,
Foreman! no seas cruel, tú mismo sugeriste que descansara.
-No
dije nada de que te saltaras la lipectomía de esta mañana.
En
el momento que William iba a contestarle, dos médicos de urgencias corrieron
hacia él con una mujer en camilla. Estaba cubierta de sangre.
-¡Doctor
Van de Kamp!
William
corrió hacia ellos
-Cuéntame
-Mujer
de 35 años vomitando grandes cantidades de sangre, se desmayó en el trabajo,
tensión, 8-2, frecuencia cardiaca 1-40
-¿Le
habéis puesto suero?
-
Tres litros de camino, le estamos poniendo otro.
William
meditó un segundo.
-Parece
una úlcera sangrante.
Foreman
compartía quirófano con William. Estaban realizando una cirugía laparoscópica,
viendo el interior del estómago de la mujer en un monitor.
-Estoy
en el estómago, no veo nada hay mucha sangre.
Indicó
William preocupado. Foreman, estaba a su lado.
-¿Una
arteria rota?
-No,
ahí –dijo señalando el monitor- burbujea, es una úlcera grave... Cauterizo, ya
está.
William
se tornó tranquilo, relajado, pero su compañero seguía con el ceño fruncido.
-Deberías
volver a mirar, creo que hay algo más.
Dijo
Foreman lanzando una mirada de superioridad.
-La
he cauterizado, no hay nada más.
William
ya casi se estaba quitando los guantes.
-
Te he dicho que me muestres el contenido del estómago.
-¿Pero
qué te ocurre? ¿No ves que está bien?
El
doctor Van de Kamp achacaba su comportamiento a la antipatía que Foreman sentía
por él, pero de pronto, todas las alarmas se dispararon, la tensión de la mujer
calló en picado y el corazón de William comenzó a latir frenéticamente.
-¡Tensión
sistólica en 7! –apuntó una enfermera -
-¿Qué
coño pasa? Debe haber una segunda úlcera...
William
buscaba furiosamente por el interior de su paciente, algo iba mal...
-Ya
no, se ha perforado...
Foreman
estaba realmente alterado, había dejado que el doctor se saliera con la suya, y
ahora estaba a punto de perder una paciente por ello.
-¡Sal
del quirófano!
William
no daba crédito
-¡¿Qué?!
-¡Ya
me has oído, largo de aquí!
No
hizo falta que Foreman volviera a mirarle para que William le hiciese caso.
El
joven doctor salió maldiciendo a todo el mundo mientras tiraba su mascarilla
enérgicamente al suelo.
Estuvo
esperando sentado en un banco apenas sin moverse.
Se
sentía abochornado, sabía lo que acababa de hacer, y desde luego no para
enorgullecerse.
Su
mirada descansaba en el suelo, y su mente daba vueltas entre equivocaciones y
muertes.
Perdió
la noción del tiempo hasta que Foreman regresó.
William
se puso en pie y le preguntó apenas sin mirarle.
-¿Cómo
ha ido?
-Logramos
suturar la perforación pero el contenido del estómago se derramó dentro de su
cuerpo, se infectó y la infección le bajó la tensión...-Foreman suspiró-
dañando el hígado y los riñones.
William
se llevó las manos a la cara, mientras, Foreman seguía, sabía lo que le
afectaban aquellas palabras.
-La
sepsis, la ha hipotensado tanto que se han formado trombos hepáticos. Le
bloquearon la arteria hepática cortando el riego, el hígado se colapsó...
William
conocía perfectamente el significado intrínseco de todo ello. Y no era
precisamente bueno.
-Mierda...
Foreman
le miró muy seriamente.
-Esa
mujer puede morir porque te dio pereza hacerme caso...
Hablaba
afectado, y William alzó su rostro hacia él, expectante.
-¿Qué
coño ha pasado, Van de Kamp?!
-No
lo sé...
-¿No
lo sabes?? ¡Tal vez no puedas decirme qué ha ocurrido ahí dentro, pero yo puedo
explicarte lo que va a pasar ahora...!
------------------------------------
Adam
estaba sentado delante del hospital Memorial de Nueva York, tenía una foto de
un hombre joven y bien parecido en el bolsillo. Esa mañana Adam se había
levantado temprano, como cada mañana había ido a ver a su Don, las cosas
andaban revueltas últimamente, las altas esferas estaban sufriendo
reestructuraciones y las antiguas alianzas entre familias comenzaban a advertir
cambios, no eran buenos tiempos, pero lo cierto es que nunca lo habían sido del
todo.
Por
el pasillo se cruzó con un par de hombres trajeados, no les conocía, no eran
los habituales de la familia, jueces, concejales y demás morralla política.
Aquellos eran tipos importantes.
Su
Don le estaba esperando, tenía un trabajo para él, le habían pedido a su mejor
hombre, y no cabía duda de que era Adam la viva estampa de su demanda. Los
nuevos eran demasiado verdes, demasiado impulsivos, impacientes, y sobre todo,
poco fiables, y los viejos... los viejos estaban muertos, heridos o protegiendo
otros intereses.
Escuchó
atento las indicaciones de su jefe, tenía que liquidar a un médico del
Memorial. Adam no preguntó, al Don no le gustaban las preguntas y aquel tipo
debía morir ese mismo día.
El
hospital era como una pequeña ciudad, tenía tres salidas principales y
cincuenta puertas laterales. Aquello era un caos, había gente por todas partes,
era una tarea imposible para un solo hombre, pero Adam era una persona de
recursos, y los quince años en la mafia le habían enseñado un par de trucos muy
útiles. Con unos pocos dólares se hizo con un grupo de seis observadores, a
cada uno de ellos les dio una copia de la foto del doctor y les dijo que si lo
veían, le avisaran. Los niños eran perfectos para este trabajo, harían lo que
fuera por un par de dólares. Mientras, él se sentó en la puerta principal del
ala norte, cirugía, ya sólo tocaba esperar.
Había
llegado una hora antes de que acabara el turno del doctor para ir reconociendo
el terreno, inspeccionando las vías de escape, haciéndose con los puntos de
vigilancia del hospital. La seguridad se centraba en los pacientes que estaban
dentro, no en los alrededores, de todas formas aquello era un completo
desbarajuste y ningún cuerpo de seguridad, por muy grande y profesional que
fuera, podría controlar a tal cantidad de gente.
Esta
vez no debería cometer ningún error, dos disparos, uno en la cabeza. Estando
tan cerca del hospital, tenía que asegurarse de que no hubiera ninguna
posibilidad de reanimación. Debía ser allí, al aire libre para que no
sospecharan demasiado acerca de su asesinato, matarle cerca de su casa hubiera
sido indicativo de encargo, sin embargo, en un lugar público, era más probable
de achacar a algún tipo de infortunio. Un enfermo descontento, algún
perturbado... y con tal cantidad de gente habría tantas versiones del asesino
como personas en aquel escándalo.
La
suerte estaba del lado de Adam, pues después de dos horas vio al doctor salir
por la puerta.
------
William
estaba desorientado, confuso, enfadado consigo mismo, era la primera vez en
toda su carrera que había cometido un error, un error que sin duda aquella
mujer pagaría durante toda su vida. Y todo por culpa de su orgullo, su ceguera
ante sus propios errores le habían llevado a aquella situación. Foreman le
había abierto un expediente, y le había expulsado de su grupo de cirugía hasta
nueva orden, le habían suspendido el suelto y anulado su pase al hospital.
Jamás
le había pasado algo parecido, antes siempre se había salido con la suya, pero
esta vez... esta vez la había cagado a base de bien y estaba pagando por ello.
Había
visto a médicos cometer sus mismos fallos, y se había alegrado de que les
echaran, gente así nunca llegaría a nada, y jugar con la vida de los pacientes
era algo imperdonable, pero ahora, al encontrarse él mismo en esa situación
todo se volvía confuso. Tenía ganas de vomitar y eso que sólo hacía 5 minutos
que había recibido sus vacaciones anticipadas. Pero se sentía completamente
hundido en el pozo. Comenzaba a perder el control de su vida, a sentirse
realmente impotente y desbordado, con un vacío reconcomiéndole por dentro y un
sentimiento de culpabilidad atroz.
Él
era un hombre fuerte y necesitaba sentirse vivo, trabajar, crear,
imaginar...
Creer en su capacidad para conseguir todo aquello que se propusiera
evitando
los obstáculos del camino. Pero ahora todo era distinto, su vida
a todos los
niveles empezaba a perder sentido. De cirujano prestigioso a medicucho
con
turbio expediente... de novio devoto a mentiroso sin
escrúpulos...
Indudablemente, la picaresca de su vida comenzaba a tomar tintes
negros, el color de la frustración e imposibilidad sobre el que
tantas veces había blasfemado.
William
respiró hondo con intención de deshacerse de todos los malos pensamientos que
le acechaban amenazantes. Ante él se abría un abanico de posibilidades, de las
que descartó algunas poco recomendables; tenía que organizar sus ideas, pararse
a pensar en su forma de actuar, ya que ahora todo parecía calmado. Aunque con
una serenidad superficial, análoga a la brisa que precede la tormenta.
Necesitaba
descansar y al mismo tiempo ser útil, valorar las adversidades que se imponían
ante él sin poder opinar al respecto.
Y
no era fácil, colaborar aunque el mundo fuera arrastrado por la marea, no
formaba parte del plan maestro, ese que yacía antes sus pies, y era incapaz de
asumir.
Salió
del hospital sin saber cuando volvería a él. El sol le dio directamente en la
cara y le hizo cerrar los ojos, le dolían, los tenía sensibles, quizás por las
lágrimas que se intuían. Intentaba ser fuerte, aunque todo empezaba a
superarle.
Era
el mejor doctor de aquel hospital, un mal día lo tenía cualquiera y sometido a
toda aquella presión, normal que hubiera cometido un fallo. Nunca deberían
haberlo dejado trabajar en aquellas condiciones, después del accidente y las
visiones y los asesinatos, era de locos.
Él
no tenía la culpa, al menos no toda.
Un
niño andrajoso se le quedo mirando, William le devolvió la mirada, pero no
llevaba nada suelto en el bolsillo. Éste desapareció y se escabulló entre el
bullicio que aún se sumía la entrada del hospital. Desde que llegó por la
mañana aquello no había cambiado ni un ápice. Daba igual, ya no era su
problema.
Se
encaminó por entre la gente hasta la parada de taxis, pero algo le sorprendió
en medio del tumulto.
Comenzó
como una vibración en su cabeza, algo que se agitaba en su cerebro y volvía
turbia su visión. Se detuvo en medio de la muchedumbre, empezó a sufrir visión
de túnel y a perder el oído. Los sonidos del exterior le llegaban
distorsionados y lejanos, como si no pertenecieran a la misma realidad que la
suya. Se llevó las manos a la cabeza y las apretó con fuerza contra sus sientes.
Estaba alucinando otra vez.
Pero
su visión, esta vez fue diferente a las demás, en esta había un hombre alto,
con un traje barato, le sonreía, William no sabía porqué, entonces vio el arma,
le estaba apuntando directamente a la cabeza. Sus ojos carecían de brillo
natural, estaban muertos, como los de un pez en la pescadería, vidriosos e
inertes. De pronto se vio sumido en la realidad, aquellas visiones no estaban
en su cabeza sino ante él, y William no lograba a encajar la situación. No
conocía de nada a ese tipo, ni entendía por qué le apuntaba con un arma. Pero
su cerebro intentaba hacerse el centro de atención activando todos los impulsos
nerviosos a su alcance. William cayó de rodillas e intentó gritar, pero sus
palabras murieron en su estómago mucho antes de llegar siguiera a su garganta.
Veía
todo difuso... y de pronto, escuchó un sonido de disparo. Tocó su hombro y su
mano se cubrió de sangre... Miró hacia arriba y pudo ver cómo aquel hombre le
observaba. Seguía apuntándole con el arma. Parecía que iba a volver a disparar,
esta vez en su cabeza, y se regocijaba por ello.
Pudo
escuchar cómo le hablaba pero no llegó a entender qué le decía, todo se volvía
confuso y oscuro, y de pronto pudo ver cómo sus dedos apretaban el gatillo.
William
cerró los ojos, apenas sentía nada. Apretó los dientes y se preparó para lo que
fuera que le había preparado el destino. Escuchó un golpe seco e
inesperadamente, el hombre calló al suelo.
Entonces
la vio, alta, rubia y ágil como un arcángel sacado de un lienzo de Boticceli.
Era la mujer de la exposición, su nuevo ángel de la guarda.
Con
una mano le había quitado el arma y con la otra le dio tal empujón brutal que
había tumbado a aquel hombre.
-
Tenemos que irnos,
ahora.
Su
voz era lo más sobrenatural que jamás hubiera vivido, le cogió de los hombros y
le levantó con la fuerza de diez hombres, tanta era su fuerza, su vitalidad, su
urgencia, que aún estando en trance, William consiguió controlar sus piernas y
huir de aquel lugar con aquella belleza rubia encargada de su protección.
Él
no podía hablar, apenas podía seguir el ritmo de aquella mujer que se
encaminaba a la boca de metro. Los taxis estaban sobre saturados y en el
tumulto del metro sería mucho más fácil perderse.
Parecía
preocupada, debía creer que los estaban siguiendo. Pero, ¿por qué no se
enfrentaba a ellos?
Entonces
William sufrió una convulsión, su cuerpo se quedó totalmente rígido a mitad de
un paso y lentamente fue inclinándose hasta que cayó de lado haciéndose un daño
tremendo en el hombro. La sangre empezaba a cubrirle, y ni siquiera tenía
fuerzas para juzgar su herida.
A
ella le cambió la cara por completo, más que preocupación ahora tenía un miedo
terrible, intentó levantar a William pero le resultó imposible, o su peso se
había multiplicado hasta el infinito o aquellos gráciles y delgados brazos no
tenían más fuerza de la que aparentaban, William contempló la impotencia de su
salvadora al no poder levantarle y algo muy dentro de él se sintió culpable por
haber causado tal desesperación en aquella cara tan bella.
Entonces
se acercó a su oído y le susurró algo que no logró entender, la rigidez remitió
y consiguió levantarse, estaba recuperando la normalidad en la visión aunque
aún los sonidos le llegaban muy distorsionados y la cabeza le estaba a punto
reventar, sin embargo consiguió centrar su enfoque en una sola persona, el
hombre del arma, estaba a pocos metros de ellos.
La
adrenalina le golpeó aún más fuerte que el zumbido de su cabeza e inyectó un
torrente de sangre a sus piernas. Se levantó de un salto y agarró a Michelle
del brazo. Tenían que salir de allí, consciente de la debilidad de su
salvadora, no podía fallarle.
Michelle
le echó por encima su chaqueta para ocultar la aparatosa herida.
La
boca del metro se hundía en la tierra a pocos metros de donde ellos se
encontraban, estaban a muy poco de su salvación. Entonces algo les detuvo.
Un
agente de seguridad les dio el alto.
-Sea
lo que sea, no hay necesidad de ir tan rápido caballeros.
Y
luego, les permitió el paso.
Adam
se quedó clavado, petrificado. Una vez dentro, podrían ir a cualquier parte,
era inútil buscarlos, además eran dos, aquella mujer enclenque había conseguido
tumbarle de un sólo golpe, debía de saber algún tipo de arte marcial. Adam no
salía de su asombro, le había pillado totalmente desprevenido, aunque aquello
era imposible, ¿cómo lo había conseguido?.
Al
Don no le gustaría nada aquel fallo, habían confiado en él, y les había
fallado.
Slevin
contempló todo el suceso atento, le había sido muy fácil camuflarse entre la
muchedumbre. La aparición de Michelle en el momento preciso le había encantado
aunque no podía ocultar su aspecto contrariado. Y la intrusión del agente de
seguridad había sido intervención divina sin duda.
Todo
había salido casi a la perfección, salvo para Adam y su Don.
Desierto
de África
10.46
pm
La
noche había caído bajos sus pies, las estrellas iluminaban un cielo negro y
profundo. Tan alejada de la civilización, de las luces modernas, la
omnipresencia de la naturaleza la sobrecogía, el poder de la tierra. El
desierto era el único lugar realmente virgen sobre en el que el hombre aún no
había logrado la supremacía, y era esa inmensidad de arena, árida y hostil, y
sin embargo tan bella, el único reducto natural que aún persistía vivo.
Sus
pensamientos se fundían con la maleza, y sus dudas entre la arena, ¿qué es lo
que hacía allí? Los militares la habían abandonado a su suerte, simplemente se
limitaron a disponer de todo el material que quisiera, excepto de ningún
recurso humano. El jeep había sido la mejor opción. El GPS de última generación
era todo lo que necesitaba para llegar a su objetivo, su intuición le hacía de
guía, era como si entre ella y Doggett les uniera una cuerda invisible, sólo
tenía que tirar de ella.
Aunque
la realidad no era tan simple, apenas le quedaba autonomía para 36 horas de
búsqueda, y después tendría que darse por vencida. Era poco más de lo que el
ejército se había dignado a darle, pero, aún así, ella estaba satisfecha,
decidida de su empeño por encontrar a John.
En su mirada no podía ocultar el miedo, la
incertidumbre de la resolución final, aunque de todas formas, sus respuestas
tendrían lugar en poco tiempo.
Fuera lo que fuera, costase lo que costase,
encontraría a John.
Fue aminorando la marcha según llegaba al poblado.
Había un fuego en el camino, y unos cuantos saharauis reunidos entorno a él.
Había llegado el momento.
Bajó del coche con cautela y dirigió su paso hacia
ellos, quienes la miraban con intriga.
Mónica
tuvo que hacer uso de su bilingüismo para comunicarse, hacía mucho que no hablaba
francés, pero aún así conservaba intacto su acento.
Les
explicó todo lo sucedido y les enseñó una foto de Doggett.
Ellos
la miraron atentos y hablaron entre sí en una lengua que escapaba a su
conocimiento. A pesar de sus ropas y viviendas primitivas, en sus ojos habitaba
la llama de la sabiduría, aquellos hombres quizás no entendieran de ciencias,
pero el desierto les había educado bien.
Unos
cuantos fueron a una especie de casa de paja, poco menos que un cobertizo.
A
Mónica la espera se le hizo eterna. Sabía que sus esperanzas pendía de un hilo
muy fino, y la tardanza de aquellos hombres podía acabar con cualquier
resquicio de anhelo.
Se
sentó junto al suelo y una mujer le ofreció una especie de bebida, no tenía muy
buena pinta, pero su sed podía con sus prejuicios, además, se sentía a salvo.
De
pronto reparó en su piel, estaba llena de picaduras, con tanto desasosiego ni
si quiera se había percatado.
Estuvo
observando a las personas que la rodeaban, miraba fijamente a una madre que
daba de mamar a su hijo, y su mente se abstrajo hacia momentos pasados. Pensó
en su hija, y en lo preocupada que debía estar. Recordó cuando dio a luz,
cuando la miró por primera vez y pudo leer de su mirada. El milagro de la vida
entre sus manos. También tuvo tiempo de reflexionar sobre la miseria que le
rodeaba, y que el mundo, tan desarrollado en algunos aspectos, era un nido de
egoísmo en cuanto a solidaridad se refería
Poco
tardó en volver en sí cuando advirtió a los hombres regresar hacia a ella.
Se
levantó con las pocas fuerzas que le quedaban y les observó expectante.
Ellos
le señalaron la foto de John e indicaron hacia una cabaña del este.
Mónica
no tardó en llegar hasta allí.
Sus
pies comenzaron a temblar a medida que avanzaba, sabía que su última
oportunidad estaba delante de ella, saludándola o despidiéndose, pero justo
ante sí misma.
Todo
por lo que había luchado los últimos dos días en aquel maldito desierto se
encontraba en aquella cabaña, fuera lo que fuera.
Intentó
alzar la voz, pero sólo le salió un susurro ahogado
-¿John?
Nada.
Vacío. Adelantó su paso un poco más, casi a la puerta de la cabaña. Respiró
hondo. Estaba muerta de miedo. Su cuerpo empezaba a no resistir más, aquel
desgaste del convencimiento, de la imposición de sus ideas a pesar de las
dudas, empezaba a acabar con ella. Su firmeza, su temple... todo se desmoronaba
como un castillo de arena.
Estaba
sola, completamente sola, y tal vez, tuviera que regresar de la misma manera.
Dio
un paso más, estaba a escasos metros de la puerta, miró al cielo y recordó las
veces que había compartido con él sus miedos, las ocasiones en que la había
apoyado... Recordaba en su memoria intacta las palabras con que le definía. Un
hombre fiel, cumplidor, carente de malicia e
incapaz de decepcionar a nadie.
-
¿John?
Su
voz fue cobrando fuerza, resolución, pero por dentro seguía desvalida y rota.
Recordó
su sonrisa, y sus ojos risueños, la mirada que le regaló cuando se despidieron,
sus palabras de consuelo...
Mónica
había vivido mucho a su lado, quizás menos de lo que hubiera querido, pero
ahora, había tantas cosas que decir...
El
miedo empezaba a tornarse en desesperanza, en angustia y pena.
Parecía
el final del camino, sus pálpitos así se lo indicaban.
Volvió
a tomar aire e intentó imaginárselo sonriendo, en cada una de las ocasiones que
había sonreído. Cerró los ojos mientras lo imaginaba, seguramente con su hijo.
Mónica permaneció un rato así, reflexionando en silencio, despidiéndose sin
palabras... John era un hombre ejemplar, con un humor sutil y una entrega sin límites.
Decidido donde los hubiera y con el valor necesario para arriesgarse por los
demás.
El
silencio se fundía entre su despedida, intima y personal.
-Buena
suerte, John.
Dijo
aún con sus ojos cerrados.
-
Mónica abrió los ojos de golpe. No podía creer lo que
veía. ¡El mismísimo John
Doggett!
-¡John!
Dijo
mientras le abrazaba. Nunca le había echado tanto de menos.
Le abrazó tan fuerte que ni se percató de sus heridas, ahora sólo quería sentirle vivo, ya habría tiempo para las preguntas...
Escrito por:
illanos y
Diana_xfiles
Editado por:
Scu
Idea Original:
Equipo FH:
Maitote,
Alhana,
Cassttao,
Scu,
illanos
y Diana_xfiles.
Disclaimer: Muchos de
los personajes aquí utilizados pertenecen a Chris Carter y/o